La realidad bien entendida se retroalimenta. De la investigación nace la información; de la información, el testimonio; y de él, probablemente, una nueva idea a investigar, a informar, a testimoniar. La génesis de la película La Noche de los Lápices surgió de una nota periodística, más bien de una serie de notas que consignaron cada testimonio del Juicio a las Juntas Militares, en 1985. El director Héctor Olivera (firmante ya para entonces de más de una docena de títulos, entre ellos La Patagonia rebelde y No habrá más pena ni olvido) entendió que aquella historia macabra no podía quedar solo en el recuerdo de quienes la habían vivido y sobrevivido. “Recién ahí –contó años después– tomé conciencia de lo que querían decirme amigos exiliados: cuando viajaba me hablaban de campos de concentración, de desaparecidos. Pero primero esperé, consideré que otros directores con toma de conciencia acerca de la realidad iban a abordar el asunto. Después de tres años de democracia y al ver que colegas más comprometidos ideológicamente no se interesaban en el tema, empecé a trabajar el guion”.
Con la colaboración en los libros del periodista Daniel Kon, un pie en la investigación que habían publicado poco antes María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, y el otro en testimonios de amigos y familiares de los chicos, el 23 de junio de 1986 comenzó el rodaje de La Noche de los Lápices en La Plata. No fue otro ejemplo de cine testimonial, tendencia que comenzaba a dominar la producción nacional una vez restaurada la democracia, sino que fue poner en foco un episodio que implicaba adentrarse en un centro clandestino, mostrando la tortura, el dolor y la desesperación. Así lo señala el realizador en el ciclo “Estuve ahí”, de la ANCCOM (Agencia de Noticias de Ciencias de la Comunicación): “Es la película más dura que he hecho en mi vida, uno de los documentos más severos, más tremendos del cine nacional. Cada vez que la veo, me estremece. Un ejemplo fue el Pozo de Banfield: la escenógrafa María Julia Bertotto me dijo: ‘Héctor, ¿por qué en lugar de hacerlo con decorado, no lo hacemos sólido?’. Es decir, ladrillos, cal, cemento, hierro, todo dentro del estudio. Y fue perfecto, porque cuando había momentos de desesperación, que se aferraban a las rejas, nada era cartón pintado, todo era como debió ser”.
Hasta que las cámaras salieron a la calle, y entonces se encontraron with otra realidad, con la verdadera: la de compañeros, vecinos y amigos de los chicos secuestrados; y también, con sus presencias traducidas en objetos: “Fue muy fuerte filmar en las casas de los protagonistas, como en la de María Claudia Falcone. Filmar en el escritorio donde se sentaba para hacer los deberes del colegio fue realmente muy duro. Pudimos hacer la película sin ninguna censura y sin ningún tropiezo, salvo algunas situaciones puntuales. Un día estábamos filmando en una calle de La Plata. Una señora, madre de uno de los chicos, se me acerca y me dice: ‘Usted no tiene derecho, ¿cómo viene acá a hacer esto?’. Le contesté: ‘Usted está viviendo una tragedia, me da mucha pena, pero lo que estamos haciendo nosotros no tiene fin. Todos nosotros sí lo tenemos, pero dentro de cien años la película se va a poder seguir viendo. Estamos haciendo un documento para siempre’. La señora me agradeció, y le dejé mi silla para que se sentara hasta que terminara de calmarse. Pasaban cosas como esa”.
EL ESPEJO Y SU REFLEJO
Aunque nunca se negó el valor testimonial, ideológico y político de La Noche de los Lápices, sí se ha cuestionado el reduccionismo hecho por el guion a la militancia de sus protagonistas, circunscrita a la lucha por conseguir el boleto estudiantil. Una de las voces más críticas al respecto fue la de Jorge Falcone, hermano de María Claudia: “El relato oficial, mal que nos pese y con sus luces y sus sombras, lo ha instalado la película de Héctor Olivera, una visión rosa y romantizada, de una generación que tuvo sus luces y sus sombras”.
La explicación del porqué de tal decisión la dio el propio Pablo Díaz en 2006, involucrado desde el inicio en el proyecto cinematográfico: “Cuando decidimos contar la historia, la contamos simple. Con respecto a minimizar la militancia, tenía miedo a los prejuicios de la gente. Hubo una represión intelectual y moral, y desapareció también el sentido común, lo que estaba bien y lo que estaba mal. Creo que simplificarlo también sirvió”. Otro punto de reclamo fue la ausencia en la historia de Emilce Moler, también secuestrada, también sobreviviente.
La Noche de los Lápices se estrenó el 4 de septiembre de 1986, celebrada por la crítica (que vio en ella el primer acercamiento “real y descarnado” a los crímenes de la dictadura cívico-militar) como también por el público, que acompañó sus sucesivas proyecciones desde entonces hasta hoy. El año de su lanzamiento fue vista por 711 mil espectadores.
Ningún sector se mantuvo al margen del suceso, incluso aquel al que no le gustó nada que la película existiera y exista. La investigadora Sandra Raggio encontró archivos secretos de la Policía Bonaerense, fechados en 1993, que analizan el film y a sus responsables.
Por otra parte, en relación a la emisión en Canal 9 de la película, en el ciclo “Bajo el signo de Aries” dos años después (que marcó 50 puntos de rating), el diario Página/12 consignaba que el ex-jefe del Estado Mayor del Ejército, Dante Caridi, había declarado en 1991 durante el juicio a los carapintadas: “Yo le dije al ministro de Defensa que la tercera Semana Santa se iba a producir cuando se pasó La Noche de los Lápices por televisión. Se pasó antes de Villa Martelli, a cinco años de que el gobierno militar abandonara el poder”. Según el matutino, la inquietud de Caridi se centraba en “la preocupación de los hijos de los militares”.
La noticia promovió la respuesta de Héctor Olivera, en un texto que llevó a la reflexión de lo que significó para el cine argentino La Noche de los Lápices: “Lamento que, en lugar de servir para un mea culpa, para la autocrítica que tanto hemos esperado en vano, este hecho ha casi motivado que se alzaran nuevamente los ‘padres de la patria’, pretendiendo tapar un pasado que no se olvidará. No culpen los militares al espejo, sino a lo que el espejo refleja”.
