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Los primeros feminismos

La revista Caras y Caretas publicó en 1932 una historia de lo que hasta entonces había sido la lucha de las mujeres por la igualdad de derechos y, sobre todo, por el voto. Una mirada desde el presente y los modos en que las reivindicaciones se complejizaron.

“Todas las cartas habían sido echadas para mí. Las niñas no podían hacer la mayoría de las cosas de las que los niños disfrutaban. Se esperaba de mí el cumplimiento de un trabajo de género y sexual eficaz, silencioso y reproductivo. Debía convertirme en una buena novia heterosexual, en una buena esposa, en una buena madre, en una mujer discreta. Crecí escuchando las historias acalladas de las niñas violadas, de las jóvenes que viajaban a Londres para abortar, de las amigas eternamente solteras que vivían juntas en secreto. Estaba atrapado”. El filósofo español Paul B. Preciado, con nueva identidad de género desde 2016, interpela así a un auditorio conformado por 3.500 psicoanalistas, en las jornadas de l’Ecole de la Cause Freudienne, realizadas en diciembre de 2019 en París. Su ponencia fue editada por Anagrama en un libro provocador y audaz titulado Yo soy el monstruo que os habla.

El gesto de Preciado, ese plantarse ante un auditorio que “continúa trabajando con la antigua epistemología de la diferencia sexual”, dice mucho de esta época y dice mucho de la historia de los feminismos, de la lucha de las identidades de género no binarias, de la complejidad de un conjunto de temas vinculados con la subjetividad que cuestionan el régimen patriarco-colonial, tal como el filósofo lo define.

En esta historia, la marea verde se despliega y fluye, se cuela por los reveses de la trama e invita a pensar y repensar no sólo las relaciones entre mujeres y varones, no sólo las identidades de género, no sólo la potestad sobre los cuerpos gestantes, sino también el propio estatuto de una subjetividad que ya no es una y lineal sino múltiple y diversa, subjetividades, que reclaman igualdad y liberación tras siglos de dominación patriarcal.

Por eso es interesante reconstruir la genealogía de la lucha de los feminismos y de los movimientos LGTBIQ+. El relato hegemónico de la historia argentina, escrito por varones blancos, ubica el comienzo de ese derrotero entre fines del siglo XIX y los albores del XX, con mujeres mayormente venidas de Europa. Porque aunque muchas de ellas fueron socialistas o anarquistas, mejor europeas que mestizas. De este feminismo “pionero” tratan estas líneas, aunque sin desconocer una historia antes de la historia, protagonizada por las habitantes originarias de estas tierras, aniquiladas en el genocidio de la conquista, que importó la civilización judeocristiana y la cultura del patriarcado en ella implicada.

Recordar a Julieta Lanteri y a la generación de las sufragistas es anclar una historia y una lucha que no fue la primera pero sí pionera, porque en el marco de lo institucionalmente establecido, desde unas posiciones de privilegio (clase media con posibilidad de estudiar en la universidad), estas mujeres pudieron enfrentar al Estado patriarcal. Su lucha fue aguerrida, y por ella fueron reconocidas pero también estigmatizadas, y algunas dejaron la vida en ello (o se la arrebataron).

UN GESTO INCIPIENTE PERO DECISIVO

La revista Caras y Caretas publicó, en su edición del 28 de mayo de 1932, un artículo de la periodista Ada Strozzi titulado “Historia del feminismo en la República Argentina. El voto a la mujer”, que da cuenta de la lucha de estas “primeras” feministas. La autora la circunscribe a 1906, cuando se fundó en Buenos Aires el Centro Feminista –presidido por Elvira Rawson de Dellepiane e integrado entre otras por Lanteri–, “cuyo programa marcó época por incluir en él todos los derechos para la mujer”.

Luego de ese hecho fundante, el artículo menciona la sanción de la Ley de Derechos Civiles, en 1926, basada en un petitorio que el Centro Feminista presentó ante la Cámara de Diputados y que Alfredo Palacios presentó en 1911.

“En un ambiente como era el nuestro de aquella época sonaba mal la palabra ‘feminista’, por lo cual se resolvió cambiar su denominación al precitado centro por el de ‘Juana Manuela Gorriti’”, cuenta Strozzi. En 1919, tras un período de inactividad, la agrupación fue rebautizada como Asociación Pro-Derechos de la Mujer. Era apartidaria y militaba sus reivindicaciones en el Congreso de la Nación, con apoyo de otras organizaciones feministas del país. Con los años, consiguió varias gestiones valiosas para beneficio de mujeres y niñes en situación de indefensión.

Uno de los reclamos centrales fue solicitar a la Cámara de Diputados, en julio de 1920, “la derogación de todo artículo que en los códigos coloque a la mujer en condiciones de inferioridad”. Si bien hubo algunos proyectos de diputados varones en ese sentido, no llegaron a ser tratados en el recinto.

En paralelo se desarrollaba la lucha por los derechos políticos. Lanteri fundó en 1918 el Partido Feminista Nacional, “de tendencia netamente política”, relata Strozzi: “Salió valientemente a la palestra en 1919, para disputar votos en las elecciones para diputados. El electorado no le respondió como debía, pero ella no desmayó en su propósito, presentándose meses después como candidata a concejal en las elecciones municipales. En años sucesivos, hasta que se interrumpieron las garantías constitucionales, se presentó en todas las elecciones, costeando de su peculio los gastos que demandaba la campaña”.

La institución de la Unión Feminista Nacional (1918) y la del Comité Pro Sufragio Femenino (1920) fueron hechos de vital importancia en la lucha por los derechos políticos de las mujeres. Ambos espacios fueron fundados por Alicia Moreau, que había estudiado en los Estados Unidos “la forma en que las mujeres del norte encaran los problemas feministas”, y se nutrió de esas experiencias.

En diciembre de 1931, se fundó el Comité Argentino Pro Voto de la Mujer, luego rebautizado Asociación Argentina del Sufragio Femenino, y el Consejo Nacional de las Mujeres abandonó su postura pasiva y se sumó al reclamo del voto por las mujeres.

Hasta aquí llega la reseña publicada en Caras y Caretas en 1932, en plena Década Infame. Para la conquista del voto, habrá que esperar la llegada del peronismo y la militancia activa de Eva Perón. Ampliación de derechos mediante –patria potestad compartida, divorcio, cupo legislativo femenino, matrimonio igualitario, paridad de género, interrupción voluntaria del embarazo, cupo laboral travesti y trans–, la Argentina tiene en la figura de Cristina Fernández de Kirchner a la primera presidenta elegida por voto popular, en 2007, reelecta en 2011 y ahora vicepresidenta. Todavía lejos de la igualdad, todavía víctimas de la violencia patriarcal, las mujeres y disidencias avanzamos en aquello que la filósofa estadounidense Judith Butler llamó, en su revolucionario trabajo El género en disputa, “teorizar lo binario” (problematizarlo) y en la reivindicación de “actos corporales subversivos”. Mucha agua bajo el puente desde 1932.

Escrito por
Cecilia Fumagalli
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