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Las luchas feministas en la Argentina

Este presente expansivo en términos de derechos y nuevas demandas se construyó con compromiso colectivo, organización y protagonistas muchas veces invisibilizadas.

Una historia de las luchas feministas plantea desafíos: ¿cómo contar sin que parezca que todo estuvo ahí puesto para desembocar en un presente de derechos expandidos? ¿Toda lucha de mujeres es feminista? ¿Sólo hay mujeres en las luchas del feminismo? El recorte que aquí se propone es arbitrario. Al centrar la mirada en ciertos hitos existe la posibilidad de reconstruir un clima de época particular que atravesó –y moldeó– a lxs protagonistas de estas luchas. Verlos de cerca revela las complejidades, tensiones y ambivalencias de todo proceso histórico.

La obtención de derechos políticos hacia 1947 fue heredera de un largo recorrido previo iniciado hacia fines de la década de 1910, con la labor de militantes socialistas, comunistas y “librepensadoras” como Alicia Moreau, Julieta Lanteri y Elvira Rawson. El gobierno de Juan Domingo Perón inauguró la participación electoral de las mujeres –como sufragantes y como candidatas– tomando nota de su activa presencia dentro del movimiento peronista y del liderazgo indiscutible de Eva. Con el derrocamiento de Perón en 1955, la participación femenina tomó otros cauces. Fueron mujeres las que estuvieron detrás de algunas de las principales publicaciones durante la Resistencia Peronista. También fueron mujeres las que continuaron participando con nuevas estrategias dentro de sus sindicatos y partidos políticos contrarios al régimen de facto.

En 1968, el gobierno de Onganía derogó la minoridad legal de las mujeres casadas e introdujo la posibilidad de divorcio por consentimiento mutuo. Este mínimo gesto parecía querer tapar el sol con la mano. En todas partes, se gestaban cambios de proporciones inéditas que sacudían los cimientos del orden global: la Revolución Cubana, los procesos de descolonialización en Asia y África, los feminismos de la segunda ola, la oposición a la guerra de Vietnam, los movimientos de liberación sexual, el Mayo Francés. A nivel local, el Rosariazo y el Cordobazo, entre otras manifestaciones de repudio al onganiato, contaron con una activa participación femenina dentro de sindicatos, organizaciones de izquierda de viejo y nuevo cuño y como parte del movimiento estudiantil. Eran presencias que generaban tensiones. La falta de registro de lo específico de su participación en los relatos clásicos sirve de indicio de las jerarquías e invisibilizaciones que sufrieron las mujeres en el seno de la mayoría de los espacios revolucionarios. Hacia 1967, un grupo de maricas –sindicalistas, fugados de sus partidos, oriundos de Tucumán, Santiago del Estero, La Rioja y Buenos Aires–se reunían en el conurbano bonaerense para crear un boletín llamado Nuestro Mundo. Uno de sus principales reclamos era la derogación de los edictos policiales que permitían el arresto de “amorales”, quienes terminaban en el penal de Villa Devoto. Aquellas reuniones serían el germen del Frente de Liberación Homosexual (1971).

LA SEGUNDA OLA

En nuestro país, el feminismo de la segunda ola tomó cuerpo en nuevas organizaciones a comienzos de la década de 1970. Militantes viajeras que tradujeron y circularon textos, artistas, intelectuales y compañeras desencantadas de sus espacios políticos estuvieron entre sus protagonistas. La Unión Feminista Argentina (1970), el Movimiento de Liberación Femenina (1972) y el Movimiento Feminista Popular (1974) fueron algunos de los nuevos grupos en los que no faltaron desacuerdos: la doble militancia de algunas entre el feminismo y partidos políticos, la identidad lesbiana de otras, y los posicionamientos encontrados frente a sucesos de la coyuntura implicaron resquebrajamientos y distancias. Entre tanto, la ONU señalaba 1975 como “el Año Internacional de la Mujer” y la realización de una conferencia en México en la que se definirían acciones para erradicar la discriminación hacia las mujeres en el mundo. En la Argentina, el Frente de Lucha por la Mujer (1974) –coalición de organizaciones feministas–, elaboró un pliego de reivindicaciones de cara al acontecimiento del año 75. Salario para el trabajo hogareño, potestad y tenencia compartida de los hijos, ley de divorcio, derogación del decreto que prohibía el uso de anticonceptivos y aborto legal fueron algunas de las demandas. Expresaban un momento del feminismo local que atendía a libertades civiles, derechos laborales y posibilidades de sexualidad libre y maternidad no obligatoria.

El terrorismo de estado iba a interrumpir e intentar silenciar experiencias políticas emancipadoras como aquellas. El exilio de feministas en esos tiempos habilitó intercambios entre compañeras en lugares como Brasil y México. Mientras, en distintos puntos del país, madres de detenidxs-desaparecidxs comenzarían su lucha incansable por memoria, verdad y justicia.

El retorno democrático fue lugar propicio para ciertas demandas feministas. En 1983 se conformaba la Multisectorial de la Mujer, reuniendo sindicalistas, militantes de partidos y feministas, que liderarían la convocatoria a una masiva marcha del 8 de marzo al Congreso en Buenos Aires el año siguiente. Su dinamismo se expresaba en conquistas de derechos como la patria potestad compartida (1984) y la Ley de Divorcio Vincular (1987). Ese año haría su aparición la bandera de los Cuadernos de Existencia Lesbiana –publicación lésbico-feminista– en la marcha del 8 de marzo. Un año antes tendría lugar el primer Encuentro Nacional de Mujeres. Y en 1988, la creación de la Comisión por el Derecho al Aborto, de la mano de la militante Dora Coledesky.

LOS 90

Cabe recordar efemérides significativas al calor del neoliberalismo más crudo: la creación de la Asociación de Travestis Argentinas (1991) y el agite de compañeras en las revueltas de Cutral-Có y Plaza Huincul (1996). El inagotable accionar de referentas como Lohana Berkins, Nadia Echazú y Diana Sacayán sería también semilla de esa coalición de coaliciones que haría posible la Ley de Identidad de Género (2012). Entre tanto, 2001, asambleas, piquetes y cacerolas fueron terreno fértil para el nacimiento de diversas iniciativas que culminarían en la creación de la Campaña Nacional por el Aborto Legal Seguro y Gratuito, luego del XVIII ENM en Rosario.

Cada año, un nuevo Encuentro Nacional sirvió para poner en común agendas y para multiplicar y potenciar las luchas. El carácter fascinante y complejo de nuestro feminismo actual le debe mucho a esa red federal construida. Pandemia mediante, se sintió la falta del Encuentro ahora nombrado Plurinacional de Mujeres, Travestis, Trans, Lesbianas, Bisexuales y No Binaries, denominación que condensa también la amplitud de miras y diversidad de lxs sujetxs que cabemos ahí dentro del feminismo local.

En este flamante primer año de aborto legal, de cupo laboral travesti-trans y de iniciativas estatales para la erradicación de la violencia de género, cabe la pregunta por nuestra agenda por venir. Recuperarnos del Covid involucró reflexiones feministas en torno al cuidado, al teletrabajo, al trabajo informal, a los límites del lenguaje de derechos para imaginar futuros posibles. Ojalá un próximo Encuentro nos entrecruce para seguir pensando juntxs.

Escrito por
Gabriela Mitidieri
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