• Buscar

Caras y Caretas

           

De monarquía segura a República Islámica

En 1979, el país asiático atravesó una transformación política radical. El fin del sha dio lugar a un nuevo orden sostenido por religión y poder.

A principios de 1979, el sha Mohammad Reza Pahleví, hijo del creador de la novata monarquía, tras un año de duros enfrentamientos, huyó del Irán que había gobernado por décadas en un avión lleno de oro. En febrero, un viejo y austero clérigo, el ayatolá Jomeini, retornó al país. Durante diez años, guio los destinos de su nación, instauró un sistema de gobierno firme, construyó una élite dirigente y movilizó multitudes. ¿Cómo pudo este país pasar de ser una monarquía segura a una república islámica firme y vigorosa en un santiamén?

El territorio ancestral sobre el que se asienta Irán fue sede de poderosos imperios. La Persia omnipotente albergó milenarias dinastías en Asia occidental, que se sucedieron amuralladas por montañas, desiertos y ejércitos. En el amanecer del siglo XVI, la dinastía safávida impuso el islam chií como religión de Estado. Se trata de una rama menor de la fe, derrotada tras la muerte de Mahoma, pero superviviente tras siglos. Mientras los musulmanes sunnitas, mayoritarios, se referenciaban en el Imperio otomano, los chiíes podían hacerlo en Persia. Sin la fuerza de su rival, les alcanzó para resistir los embates.

A la sucesora dinastía qajar las cosas se le complicaron al llegar al siglo XX, cuando la modernidad capitalista e imperialista se convirtió en una realidad ineludible. Tras fracasar un levantamiento interior que pretendía una democracia parlamentaria en los albores del siglo —algo que resonó en otras potencias decadentes—, la dinastía comenzó su colapso en medio de la Gran Guerra. Si bien se declaró neutral, esto no impidió que otomanos, rusos y británicos transitaran su geografía. Concluida la conflagración, bajo el acoso británico la desprestigiada monarquía debió ceder frente al general Reza Khan, cuyo poder se acrecentó de tal modo que en 1926 se proclamó como nuevo sha de Persia, inaugurando la dinastía Pahlaví.

Renombrada una década después como Irán, envuelta por una pomposa fachada de tradición, asumió el capitalismo como un mantra que le permitiría emerger de las ruinas. Y aunque su éxito resultó bastante menor que el de su vecino turco, al menos evitó las calamidades que azotaron a China.

Si bien durante este período apareció una clase trabajadora en Teherán, la capital, y a la par afloraron los comunistas y el laicismo se impuso desde el Estado, el grueso del país siguió sumido en relaciones rurales atrasadas. Entre tanto, las potencias europeas, sobre todo los británicos, posaron sus ojos en su petróleo. En ese contexto, el sha se inclinó por la Alemania nazi, con la que reivindicaba una raíz aria común; también como un modo de contrarrestar la influencia británica. Pero la Segunda Guerra Mundial volvió a exponer una gran debilidad de esta nación, otra vez invadida.

En medio de la crisis, la dinastía se salvó heredando el poder su hijo Mohammad. Concluida la guerra, su alteza debió además ceder frente a un gobierno civil parlamentario. En ese marco, la figura de Mohammad Mosaddegh, flamante primer ministro, eclipsó su figura. La reforma social que este impulsó, apoyada por la Unión Soviética, llevó a la nacionalización del petróleo, que estaba en manos de British Petroleum. Sin embargo, en 1953 su programa renovador se encontró con el freno del nuevo amo imperial, los Estados Unidos. La CIA, al igual que haría con Jacobo Árbenz en Guatemala, organizó un golpe que derrocó a Mosaddegh e impuso al sha como una autoridad confiable.

Aupado por esta alianza, Reza Pahleví consolidó, en los años 60, sus sueños absolutistas. Durante su largo mandato coqueteó con la reforma agraria y la modernización económica autónoma, aunque la dependencia y la pobreza continuaron. Mientras el precio del petróleo lo favoreció, pudo mantenerse en el poder y desbaratar con mano firme a cualquier opositor. Pero cuando el precio del barril cayó, tras el récord de 1973, la estructura social atrasada y el sistema político agobiante devinieron en un lastre para sus pretensiones imperiales.

CRISIS Y REVOLUCIÓN

En los albores de la Revolución iraní se conjugaron todas las fuerzas para provocar el caos. En primer lugar, la burguesía piadosa, con centro en el Gran Bazar de Teherán, resultó arrastrada por la crisis económica y particularmente humillada por una monarquía que le daba la espalda frente al glamour importado. En segundo lugar, los religiosos chiíes se sentían crecientemente ignorados, cuando no perseguidos, por un orden que los declaraba obsoletos. En tercer lugar, los estudiantes universitarios oriundos de las capas medias vivían como una afrenta el atraso, la censura y la corrupción del régimen. En cuarto lugar, los cientos de miles de trabajadores jóvenes y pobres que se habían arrimado desde el campo a las ciudades para alcanzar una vida mejor la encontraban finalmente negada. Y, por último, esperaban los políticos opositores, fueran liberales, comunistas, toda clase de socialistas, laicos y religiosos, abroquelados en un fuerte nacionalismo que despotricaba contra la humillación imperial.

El caldo lo cocinó un viejo y olvidado clérigo desde París, en breve líder indiscutido de la oposición. Incluso quienes inicialmente pusieron reparos en Jomeini, hasta en las filas chiíes, terminaron por aceptarlo como tabla de salvación frente al insoportable sha. Así, el monarca, mandamás de uno de los ejércitos mejor armados y de una atroz fuerza represiva como la Savak, vio derrumbarse su poder. El propio Estados Unidos, sin soltarle la mano por completo, advirtió que su incompetencia abonaba el caos.

Entonces, Jomeini retornó al país en febrero de 1979. Las sorpresas siguieron cuando quien había sido vislumbrado como una figura de ocasión exhibió una capacidad política encomiable, que lo entronizó. Porque Jomeini no solo logró doblegar a las muy diezmadas fuerzas del sha, sino también a los estadounidenses —asalto de su embajada mediante— y poco después también a los soviéticos, que lo habían respaldado. Al mismo tiempo, los liberales y luego los jóvenes chiíes socialistas fueron seducidos con el poder, aunque prontamente eyectados. A ello le siguió una cruenta guerra con el vecino Irak, que terminó en empate a fines de los años 80, aunque para la naciente República Islámica fue como una victoria.

Desde entonces, la regla que tiñe la política iraní sostiene que el Consejo de Ayatolás, con el líder supremo en la cúspide, arbitra una élite forjada al calor de la revolución. Este puñado, no menor porque son miles, funciona de un modo relativamente cohesionado. Si bien en su seno conviven modernizadores y conservadores, los cuales se alternan en la presidencia, todos saben que su existencia sería imposible sin una férrea unidad. Esta conclusión se erigió aprendiendo de lo ocurrido con la Unión Soviética, cuyo diálogo complaciente con Occidente y posterior sumisión a su agenda no le trajeron nada nuevo. Luego, advirtiendo que ni la resurgida Rusia ni la potente China, sus dos máximos aliados, tienen por estrategia rendir pleitesía a sus enemigos. Así, en un orbe que abandonó la Guerra Fría y pasó a la unipolaridad, la rigidez política iraní, asentada en sus recursos naturales, se convirtió en un mecanismo efectivo de gobierno.

No obstante, en un mundo en pleno cambio, este mecanismo autóctono está lejos de ser una llave que abre todas las puertas. A casi medio siglo de la revolución, Irán, país con noventa millones de habitantes, no alcanzó el desarrollo pleno y constituye todavía una economía pobre, con un PBI per cápita un tercio menor que el argentino. Además, su dependencia hidrocarburífera le produce saltos bruscos, sobre todo cuando el precio se desploma.

Así, tanto durante la pandemia como en el último año, y como nunca antes, las manifestaciones opositoras arreciaron en sus ciudades. Pero lo cierto es que a la élite iraní este mecanismo le sigue siendo útil para mantenerse en el poder, para descabezar cualquier oposición interna y para aumentar la fuerza militar bien pertrechada. Le es útil, asimismo, para erigirse como una potencia regional y construir alianzas más igualitarias. Su fortaleza la exhibe, sobre todo, cuando sus máximos enemigos, Israel y Estados Unidos, lo desafían. Y le resulta eficaz porque logra abroquelar a su población y mitigar cualquier oposición. Es cierto que podría agrietarse y, a la postre, quebrarse, pero tras un mes de guerra la lección, también para los Estados Unidos, resulta clara: Irán no es Venezuela.

Escrito por
Juan Sebastián Califa
Ver todos los artículos
Escrito por Juan Sebastián Califa

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo