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Caras y Caretas

           

French y Beruti, dos tipos audaces

El dúo de porteños tuvo una participación decisiva y aguerrida en las jornadas de Mayo y en sucesivas defensas de los ideales de la Revolución.

Ese 22 de mayo, las bocacalles que desembocaban en la plaza del Cabildo amanecieron aseguradas por centinelas, que debían cumplir un estricto control. Franquear el paso exclusivamente a quienes portasen como salvoconducto las invitaciones despachadas la tarde anterior por el organismo que representaba los intereses de los vecinos de la aldea junto al río inmóvil. Confeccionadas por la Imprenta de Niños Expósitos en un número de 600, llegaron a distribuirse unas 450, pero no todos los convocados asistirían a la cita. El azote climatológico de la sudestada y la incomodidad de involucrarse en el complejo asunto de la destitución del virrey ralearon la concurrencia a menos de la mitad.

Y para asegurarse la mayoría de votos en favor de la causa, estaban ellos, los chisperos (por sus armas a chispa) de la Legión Infernal, un conjunto bastante heterogéneo de porteños, comandados por esa dupla de amigos entrañables, Domingo French y Antonio Beruti, dos tipos audaces.

Si la historia oficial, replicada para consumo masivo y caricaturizada en infinidad de representaciones escolares, los relegó al rol de meros volantineros de la Revolución en ciernes, que repartieron las improbables cintas celestes y blancas, la verdad que se revela en fuentes contemporáneas es que su participación en aquellas jornadas decisivas fue no solo relevante, sino también bastante más bizarra.

“Los patoteros de la Patria”, los resignificó el prolífico escritor Juan Carlos Martelli, en el subtítulo de su entretenida y documentada novela French y Beruti.

Es probable que los chisperos hayan practicado un control selectivo, y muchos españoles de Europa y partidarios del virrey Cisneros dieron la vuelta en redondo cuando se enfrentaron con la plaza ocupada por aquella plebe sin credenciales. Belgrano apunta que “una porción de hombres estaban preparados para la señal de un pañuelo blanco a atacar a los que quisieran violentarnos”.

En el largo y estrecho corredor exterior del edificio, bastante más amplio que la módica estructura remanente luego de sucesivas modificaciones y recortes, se apiñaban los vecinos principales, “la clase sana del vecindario”, dispuestos a debatir la cuestión de fondo.

No constan en actas los discursos pronunciados, pero se desprenden de sus posiciones. El primero en hablar fue el obispo Benito Lué y Riega, quien se manifestó en contra de la formación de una Junta, como querían los españoles de América (así se denominaba a los criollos).

Luego le tocó el turno a Castelli, excelente orador y partidario de la formación de un gobierno independiente de la península, irremediablemente caída en manos de Napoleón.

Pero el entusiasmo de los patriotas chocó contra la habilidad de los juristas españoles que, por boca del fiscal de la Audiencia, Manuel Villota, consintieron en la moción… pero postergándola hasta la convocatoria de los enviados de las provincias interiores. Una maniobra dilatoria que amenazaba con naufragar lo conseguido, hasta ahí sin necesidad de derramamiento de sangre.

El célebre y aun más astuto discurso de Juan José Paso, con su tesis extraída del derecho español de la “hermana mayor” (Buenos Aires) que debía velar por la seguridad y tranquilidad de las “hermanas menores” (el resto del virreinato) en ausencia del “padre” (la metrópoli), torció el brazo (y la razón) a los partidarios del status quo.

Habría Junta, a la brevedad.

Seguramente, esa noche French, Beruti y sus muchachos se fueron a celebrar por las pulperías, aunque no por mucho tiempo.

Cerca de la revolución

¿Quiénes eran? ¿De dónde provenía ese par de tipos de armas llevar? Domingo María Cristóbal French y Urreaga y Antonio Luis Beruti eran sendos porteños, casi de la misma edad (nacidos en 1774 y 1772, respectivamente), vecinos de barrio e hijos de buenas familias.

Beruti era abogado, recibido en la Universidad de Salamanca (donde también estudió Manuel Belgrano). En tanto, French se convirtió por motu proprio en el primer cartero de la aldea, a comienzos del siglo XIX, recogiendo los pliegos que arribaban al puerto y distribuyéndolos luego por los domicilios particulares, donde cobraba por cada entrega. No fue un antecedente menor a la hora de reclutar adherentes, el avispado repartidor se conocía al dedillo las simpatías políticas de medio Buenos Aires. Tuvo un papel destacado durante las invasiones inglesas, cuando organizó junto con Juan Martín de Pueyrredon el cuerpo de Húsares y el virrey interino Santiago de Liniers reconoció sus condiciones nombrándolo teniente coronel hacia el final de su mandato.

A pesar de su origen acomodado, ambos supieron rodearse de personajes de toda calaña, con los que conformaron un grupo alegre y bullanguero, que en ocasiones se mostraban bastante impertinentes. No era extraño que en los círculos de alcurnia se indignasen con las andanzas de “los manolos”, como se los denominaba agriamente.

En las jornadas previas al emblemático cabildo abierto o congreso vecinal del 22 de mayo de 1810, French, Beruti y compañía fueron de los más activos en generar un caldo de cultivo para el cambio de régimen e irrumpieron de guapos en las galerías del edificio para presionar a las autoridades a la convocatoria. Cornelio Saavedra, comandante de Patricios, debió ser convocado de urgencia para bajarles la espuma.

La Junta formada a instancias de los cabildantes y aceptada tácita y explícitamente por los jefes militares contenía el huevo de la serpiente. La presidía el mismo virrey desplazado, que conservaba el mando de tropas, e incluía en calidad de vocales a los representantes del partido patriota Saavedra y Castelli, un religioso, Juan Nepomuceno Solá y un comerciante, José Santos Incháurregui. Lo posible para el establishment no era lo esperado por los revolucionarios más extremos y la Junta renunció a pleno al rato de asumir formalmente en el viejo Fuerte.

La fermentación en el vecindario volvió a poner en primer plano el protagonismo de French y Beruti, en una especie de asalto al Palacio de Invierno a escala rioplatense, cuando impusieron una nueva lista, refrendada por 411 firmas, algunas repetidas, otras estampadas por terceros.

La leyenda le atribuye a Beruti la confección de aquel pliego en un rapto propio de iluminación mística, “como inspirado desde lo alto” (Tomás Guido dixit) quizás porque escribió de corrido lo que ya estaba resuelto entre bambalinas.

Finalmente, ¿de qué color fueron las famosas cintas repartidas como contraseña? Fuentes contemporáneas señalan que eran blancas. Juan Manuel Beruti, hermano de Antonio, quien legó unas consultadas y coloridas Memorias curiosas, fue más allá: adjuntó una escarapela encarnada en el sombrero y un ramo de olivo por penacho. Un poco recargado de simbolismo.

El historiador José María Rosa, en su monumental Historia argentina (la Biblia del revisionismo), señala poéticamente y con fundamento que el blanco, que representa la plata, es el color argentino de la heráldica.

Vientos y tempestades

El día después encontró a ambos en funciones oficiales. Ahora, no solo se trataba de derrocar a un gobierno debilitado e ilegítimo, sino de llevar adelante una política revolucionaria.

Cuando Liniers fue ubicado en Córdoba y acusado de conspirar contra la Junta, hacia allá partió French al mando de medio centenar de húsares, escoltando al inflamado Castelli, con la orden perentoria de fusilarlo ahí donde lo encontrasen. “Arcabucearlo”, apuntaba el decreto debido a la pluma de Moreno, en una anacrónica filigrana del lenguaje, cuando los arcabuces ya eran de colección.

La orden incluía no solo a Liniers, sino a todos sus acompañantes. Apenas el obispo Rodrigo de Orellana se salvó, por su condición de religioso.

A la hora cumplirse la ejecución, el martirio del francés fue especialmente horroroso. Tal vez por la poca convicción de los integrantes del pelotón, que lo conocían y apreciaban, ningún disparo atravesó un órgano vital y quedó retorciéndose en tierra. Fue French quien tomó a su cargo la tarea de rematarlo con el tiro de gracia.

La Revolución se cobraba sus primeras víctimas, y pronto serían muchas más, incluyendo a sus propios padres fundadores.

En la interna fundacional entre el dubitativo presidente Saavedra y el enérgico (y terrible) secretario, French y Beruti, que compartían la milicia en el Regimiento de América, se pusieron del lado de Moreno. Cuando el misterio de su muerte ya alimentaba los enroques y desplazamientos, se produjo un episodio disruptivo. En la madrugada del 6 de abril de 1811, grupos de jinetes provenientes de los suburbios ocuparon por primera vez la plaza y exigieron el relevamiento de varios miembros de la Junta (ampliada con los enviados por las provincias) y otros reconocidos morenistas. Los amigos cayeron en la volteada y fueron confinados a Carmen de Patagones, un Finisterre de la civilización.

“La Providencia divina que mira por la inocencia permitió no llegasen al lugar de destino, por no haber querido los indios infieles dejarlos pasar”, escribió el otro Beruti en su diario.

Tras dos intentos frustrados de atravesar el piquete originario, quedaron alojados en la guardia de Chascomús, recuperándose de los rigores de la travesía.

Sin embargo, poco le duró a Saavedra el poder que nunca supo manejar. Sucesivos desastres militares lo obligaron a movilizarse hacia el frente y sus atentos adversarios no tardaron en aprovechar su ausencia para revocar el rumbo del gobierno.

En septiembre de aquel mismo, año, French y Beruti eran reincorporados con todas las prerrogativas y el pago de sus haberes atrasados.

En tanto, un tal José de San Martín, militar de prestigiosa carrera en España, planeaba sus próximos pasos en las colonias. Beruti iba a sumarse a sus filas, cumpliendo distintos roles, siempre dispuesto a cumplir el deber que le tocase en suerte.

Los caminos de la vida

Los amigos inseparables de los manuales escolares adoptaron distintos rumbos en las guerras civiles que principiaron incluso antes de asegurada la independencia.

French manifestó tempranas simpatías federales y colaboró en el periódico La Crónica, que dirigía Manuel Dorrego. Cuando el futuro gobernador de Buenos Aires fue arrestado y desterrado por oponerse al Directorio de Pueyrredon y cuestionar su vacilante política contra los portugueses en la Banda Oriental, que todavía formaba parte de las Provincias Unidas (pero-no-tan-unidas), el veterano de la Revolución volvió a padecer el exilio, ahora en el extranjero. Junto con otros adláteres, fue embarcado hacia las Antillas y terminó en los Estados Unidos.

Por ese mismo año de 1817, Beruti revistaba en el Ejército de los Andes y compartía los laureles ganados en la batalla de Chacabuco.

Con el tiempo, abrazó la causa unitaria, se plegó a las huestes de Lamadrid, un comandante tan valeroso como voluble en sus simpatías políticas, y fue tomado prisionero en el enfrentamiento de Rodeo del Medio (1841). Sus muchos méritos le valieron la condescendencia del vencedor, pero de poco sirvió a sus gastados huesos. Falleció en Mendoza en noviembre.

Por su parte, French, que logró regresar del exilio un par de años más tarde, se ciñó la espada para combatir por Buenos Aires contra las montoneras santafesinas de Estanislao López, que arrasó con los porteños en Cañada de la Cruz (1820). Dejó este mundo cinco años después y fue inhumado en el Cementerio del Norte (Recoleta), aunque hoy se desconoce la ubicación de su tumba.

Otro lugar común los asocia con el bautismo de calles paralelas con sus nombres, como ocurre en Buenos Aires y Mar del Plata.

Amigos son los amigos, así en la vida como en los libros de historia, y en la nomenclatura urbana.

Escrito por
Oscar Muñoz
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