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Los enigmas de unas Paso marcadas por la pandemia

Las elecciones de este domingo ordenarán las candidaturas para la nueva composición del Congreso y permitirán medir fuerzas en tiempo real entre el oficialismo y la oposición. ¿La ultraderecha encontró un resquicio en la grieta?

Los últimos 18 meses han sido un tiempo totalmente excepcional. Quedarán registrados en la historia universal. Las imágenes fantasmales de las ciudades vacías, los barbijos transformados en el nuevo rostro de las personas. Miles de fallecidos. Vacunas descubiertas y fabricadas en tiempo récord. Este es el trasfondo con el que la Argentina llega a las PASO del próximo 12 de septiembre. La pandemia es como una bruma densa que lo cubrió todo y lo que surgirá detrás de esa bruma sigue siendo un misterio. Hay un cúmulo de enigmas.

El enigma cultural

Uno de los misterios de develará la elección es quién triunfó en la batalla discursiva que comenzó a librarse cuando finalizó la primera cuarentena estricta decidida por el presidente Alberto Fernández. La paz con el ala dura de la derecha y los medios de comunicación tradicionales duró sólo ese período de cuatro semanas. Luego, la oposición, la política y la corporativa, vio en la pandemia su gran oportunidad.

Era la posibilidad de instalar la sensación de que en el gobierno del Frente de Todos la situación era incluso peor que con Mauricio Macri. El Covid abrió la chance de sostener que la expectativa central de los votantes del peronismo, la mejora del poder adquisitivo, no sólo no se cumplía sino que empeoraba. Este objetivo precisó de una estrategia muy específica: señalar que lo que ocurría en el mundo era producto de la pandemia pero que eso mismo en la Argentina era responsabilidad del gobierno.

Apareció un discurso esquizofrénico en el que se cuestionaron al mismo tiempo las medidas de restricción, la cantidad de contagios y de fallecidos.  Un mensaje que mostraba estos sucesos como compartimentos estancos, como si no estuvieran relacionados. Lo mismo ocurrió cuando el flujo de vacunas era más entrecortado, negando que ocurría en todas partes.

El gobierno promete ahora retomar el rumbo que quedó trunco en marzo de 2020, cuando aparecieron los primeros casos de Covid. Sostiene que la pandemia fue la gran limitación para desplegar la gestión, especialmente en los terrenos económico y social.

La pandemia obligó a restringir la circulación y por lo tanto la actividad económica. Eso, para cualquier modelo que ponga el mercado interno como motor principal, es una bomba nuclear. Durante el segundo mandato  de Cristina Fernández, el Ejecutivo publicaba a principio de año todos los feriados puente que habría. La pandemia demandó hacer exactamente lo contrario. Es un ejemplo muy concreto de sus efectos.

¿Cuánto del 48 por ciento que votó al Frente de Todos en 2019 cree que es esto lo que ocurrió? ¿Hasta dónde pudo penetrar el discurso que culpó a la Rosada  por las consecuencias de la pandemia?

El enigma de las internas 

En medio de tantos enigmas provocados por el proceso excepcional de la pandemia hay una certeza que a su vez contiene otros interrogantes. La unidad del peronismo en 2019 terminó de consolidar un sistema en el que hay dos grandes bloques políticos que captan cerca del 80 por ciento de los votos. No es igual al bipartidismo tradicional, pero su resultado organizador es comparable.

Foto NA

Uno de los rasgos más sorprendentes –hay que decirlo– es que Juntos por el Cambio se haya mantenido unificado después de la derrota electoral de 2019. Incluso el actual proceso de tensión interna es transitado por la coalición antiperonista sin fracturarse.

Para Horacio Rodríguez Larreta, el resultado que obtenga su juego de enroque distrital, con María Eugenia Vidal en la Ciudad de Buenos Aires y Diego Santilli en provincia, será un examen. Pondrá a prueba su intento de desplazar por completo al expresidente Mauricio Macri de la conducción de la coalición antiperonista.

Si los resultados para sus dos candidatos están muy lejos de las expectativas, su liderazgo entrará en crisis antes de haber terminado de nacer. No alcanzará con la millonaria caja porteña para sostenerlo.

El radicalismo aspira a poner un boina blanca como candidato presidencial del frente opositor en la próxima elección. Exprimirá cada centímetro de un mal resultado de Larreta. Lo mismo ocurrirá con la desplazada Patricia Bullrich  y Macri, pero dentro del PRO.

Las disputas internas de Cambiemos hacen que un mala elección de Vidal en la Ciudad, aunque gane, y una derrota fuerte de Santilli en provincia, no sean mal negocio para otros miembros de la coalición que miran el 2023.

En el oficialismo, por supuesto, también hay internas. Hay más de un dirigente que aspira a ser presidente y nadie deja de mirar aunque sea con un ojo la contienda que se dará dentro de dos años.

El punto es que estar en el poder ordena más a los jugadores. Si el gobierno en 2023 no tiene suficiente respaldo a su gestión como para ganar, no lo tendrá aunque el presidente dé un paso al costado. Y, por el contrario, si el apoyo a la gestión está, porque se logró encarrilar al país en el sendero  de la recuperación de los ingresos, el más lógico pragmatismo indicará que Alberto Fernández deberá buscar un nuevo mandato, al igual que Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires.

El enigma del desencanto 

Las elecciones provinciales en Corrientes, en Jujuy, en Salta, vienen  mostrando una caída en los niveles de participación electoral. Hace cuatro años en Corrientes había ganado el gobernador Gustavo Valdés, en una elección más pareja que la última, con un nivel de participación que había alcanzado casi el 80 por ciento. En esta última contienda ese número bajó al 65.   

La apatía electoral no tiene una explicación lineal. En parte se trata de una elección de medio término, que lógicamente tiene menos tensión que una  presidencial.

Puede arriesgarse la idea de que una porción de la sociedad está enojada con el conjunto de la dirigencia política. El fracaso de la actual oposición en el gobierno todavía está fresco en el recuerdo y el oficialismo no logró crear un sendero de mejoría económica que la mayoría sienta en su vida cotidiana. Es uno de los síntomas más peligrosos en una democracia, la percepción de que no hay alternativa, no importa a quién se vote.  

Hubo elecciones en otros países en el marco de la pandemia que mostraron que los gobiernos que lograron la vacunación masiva tuvieron buenos resultados. Les pasó a los conservadores en Inglaterra. Hicieron en marzo de este año una de las mejores elecciones de los últimos tiempos, a pesar de los más de 120 mil fallecidos por el Covid y la caída de 8 puntos de la economía en el 2020. Y lo que explicó por qué a pesar de esto Boris Johnson se alzó con la victoria fue la extraordinaria campaña de vacunación en los meses previos a la votación. ¿Alcanzará con esto en la Argentina para cambiar el ánimo?

El enigma de la ultraderecha

La instalación figura como Javier Milei y José Luis Espert son otro interrogante. Por ahora son más un fenómeno mediático y de redes sociales que político. El economista violento y despeinado, que mezcla ideas conservadoras con un discurso antisistema, ha captado ciertos sectores juveniles. La incógnita es cuántos de esos sectores no son los históricos votantes de opciones de extrema derecha, que en su esencia más profunda reivindican la última dictadura militar. 

En las elecciones de 2005, el represor Luis Abelardo Patti sacó casi 400 mil votos en la provincia de Buenos Aires. Alcanzó el 3 por ciento de los sufragios y por eso fue electo diputado nacional. Luego, el Congreso, en una votación unánime, lo excluyó de la Cámara Baja por los juicios en su contra por crímenes de lesa humanidad.

¿Qué tan lejos está Milei de ser un Patti como fenómeno electoral? ¿Tiene realmente votos nuevos o canaliza los que en otras ocasiones tuvieron propuestas similares?

Tiene un estilo pintoresco, desprolijo. Fue asesor del represor Antonio Domingo Bussi en el Congreso. Quizás su discurso anti Estado tenga un matiz que sus predecesores no tenían.  Sin embargo, definirlo como un fenómeno nuevo parece aventurado. Su penetración en los jóvenes puede ser mayor, pero sería un error creer que candidatos como Aldo Rico no tenían juventud que los respaldaba.

Aunque pueda parecer un poco reduccionista, los números darán la prueba de la magnitud del fenómeno. Si queda por debajo del 10 por ciento o arañando  esa cifra, no habría demasiada novedad en lo que una expresión de extrema derecha puede generar en la Argentina en elecciones de medio término. Si se acerca al 15 o lo supera, será inevitable la preocupación por ese síntoma.

Escrito por
Demián Verduga
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