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LAS MUJERES QUE ACOMPAÑARON A GÜEMES

Las figuras femeninas del círculo íntimo y familiar del prócer salteño fueron su sostén afectivo, pero también estuvieron comprometidas con la causa patria y le brindaron su apoyo en las guerras por la independencia.

La primera presencia femenina en la vida de Güemes fue su progenitora, Magdalena Goyechea de la Corte y Rozas, nacida en Jujuy en 1763. Era hija de doña Ignacia de la Corte y Rosas y el maestre de campo Martín Miguel de Goyechea. Esta dama fue muy celebrada entre las mujeres de su época, por su belleza y cualidades morales. En 1778 se casó en Jujuy con don Gabriel de Güemes Montero, ministro tesorero de la Real Hacienda, por lo que fue conocida desde entonces como “la Tesorera”. Posteriormente, la pareja se radicó en Salta. Tuvieron nueve hijos.

A la muerte de su esposo, contrajo nuevas nupcias con Francisco Martínez de Tineo y Escobar Castellanos. El matrimonio tuvo un hijo varón, fallecido en la infancia.

Magdalena Goyechea ocupó un lugar destacado en la sociedad de su tiempo. Fue una constante colaboradora de la causa de la emancipación, ayudando con todos los medios como la mejor lugarteniente de su hijo.

Cuando el pueblo llevó a Güemes al gobierno, aquella hermosa jujeña sería introducida al salón de las grandes fiestas del brazo del joven gobernador, que era aguardado con ceremoniosa etiqueta, para que ella, sostenida por su hijo, vestido de brillante gala, formara con él pareja iniciando la fiesta con el primer minué.

Durante los azares de la revolución llegó a alcanzar predominio, prestigio y aceptación entre las masas populares de la ciudad y de la campaña. En una ocasión, llegó a intimidar y colocar en aprieto al gobierno que sucedió a su hijo en 1821, forzándolo a confesarse impotente de proceder ante el empuje de popularidad tan inmensa y tan temida. Participó en la revolución que derrocó al gobernador José Antonio Fernández Cornejo, que lo había sucedido. Posteriormente, intervino en incidencias políticas, en unión con su hija Macacha.

Falleció en la ciudad de Salta en 1853 a edad avanzada.

MACACHA Y LA CAUSA PATRIOTA

Personaje femenino relevante fue su hermana: Magdalena Dámasa Güemes, nacida en Salta, en 1787, y conocida como Macacha.

Tuvo la educación de las mujeres de su clase, en aquella etapa colonial, pero también cualidades que le permitieron ser una fiel asistente en la vida militar y política de su hermano.

Era poseedora de una belleza sin igual. El general José María Paz, en sus Memorias póstumas, la describe como “mujer ambiciosa, intrigante y animosa al paso que dotada de garbo y de hermosura”. En 1803, con sólo 16 años, fue desposada por don Román Tejada, perteneciente a una antigua familia de Salta.

La Revolución de Mayo fue el acicate para que se despertara en ella el fervor por la causa patriota. Esto la llevó a convertir su casa en taller de confección de uniformes para los soldados de la partida de observación organizada por su hermano. A partir de entonces, Macacha fue su más entusiasta colaboradora.

Más tarde, cuando se produjo el conflicto entre Güemes y Rondeau, fue su hermana quien intervino eficazmente por su talento político y habilidad diplomática, gestión que concluyó en el Pacto de los Cerrillos el 22 de marzo de 1816.

A la muerte del prócer, intervino en la “Revolución de las Mujeres” que derrocó al gobernador Fernández Cornejo. Macacha fue muy querida por el pueblo. Bautizada como “la madre del pobrerío” por su generosidad. Abandonó este mundo en 1866.

La mujer que Martín Miguel de Güemes amó y desposó fue Margarita del Carmen Puch, nacida en Salta el 21 de febrero de 1796, hija menor de don Domingo Puch, de origen vizcaíno, y de doña Dorotea de la Vega Velarde. Era la única hija mujer del matrimonio.

El padre de Carmen fue un hombre de fortuna. Era propietario de los establecimientos agropecuarios El Sauce y El Arenal, en Rosario de la Frontera. También era dueño de una extensa fracción de lo que hoy forma parte del pueblo de El Tala, en el límite con Tucumán. Y poseía otra extensa fracción en Tagarete Sud, actual canal de la avenida Hipólito Yrigoyen en la ciudad de Salta, por entonces un sitio despoblado, con algunas quintas y chacras.

Pese a ser español, Don Domingo Puch fue generoso con la causa de la Patria, pues fueron numerosas sus contribuciones a las fuerzas patriotas en dinero y en hacienda.

Carmen, la mujer más bella de su tiempo, fue educada en el seno de una familia de una gran cultura. Pasó parte de su infancia y juventud en las posesiones de su familia en Rosario de la Frontera y en Miraflores, en el departamento de Anta.

Sus grandes cualidades morales fueron apreciadas por sus contemporáneos: Juana Manuela Gorriti la describió como “una mujer maravillosa con todas las seducciones que puede soñar la más ardiente imaginación”. Y el general José Rondeau la llamó “Carmen divina”.

El matrimonio con el gobernador don Martín Miguel de Güemes fue gestionado por Magdalena Güemes. El historiador Abel Cornejo expresa: “Cuando la vio por primera vez, Güemes sintió como una corriente eléctrica de un rayo. Ante sí tenía a una joven mujer de rostro suave, ojos azules claros y melancólicos, pelo rubio ensortijado y con cierta timidez que le agregaba a su encanto un aire de misterio que la hacía más cautivadora”.

COMPAÑERA DE AVENTURAS

El matrimonio se celebró el sábado 10 de julio de 1815, dos meses después de haber asumido Güemes la gobernación de Salta. Él tenía treinta años, y Carmen, diecinueve.

La vida marital no sería un lecho de rosas, pero Carmen le correspondió plenamente, en forma abnegada y heroica. El secuestro de Carmen Puch siempre fue un objetivo posible en la mira española, y allí apareció la figura entrañable de su tío Francisco Velarde, quien la cuidó, la protegió, la guareció y la ocultó tantas veces como peligros se avizoraban para la estoica primera dama.

Los realistas especularon que Güemes abandonaría la lucha si tomaban prisioneros a Carmen y a sus hijos, razón por la que estos debían cambiar continuamente de residencia. En cualquier momento llegaba la orden de traslado y de inmediato debía cumplirse. Esta situación fue especialmente dramática en 1820, durante la invasión del general Ramírez, quien avanzó sobre El Chamical, donde Güemes había enviado a su esposa. Protegida por una partida de gauchos comandados por su tío Francisco Velarde y con sus hijos Martín y Luis, de tres y un año, y esperando la llegada del tercer vástago, Carmen Puch debió partir rauda hacia la estancia de su padre en Rosario de la Frontera, a través de cerros y quebradas. Una división del ejército español, acosada por los gauchos, la persiguió sin alcanzarla hasta el río Pasaje.

Influyó ante su padre y sus hermanos para que, cada vez que Güemes necesitara, se lo proveyera de ganado, de caballos y hasta de dinero. En la casa de los Puch, la causa de la independencia fue un motivo de unión inquebrantable; fue cuestión de honor irrenunciable servir a la Patria.

Carmen fue siempre bienvenida al campamento de guerra. Para los gauchos, sus mujeres y sus niños, Carmen era “doña Carmencita”, y esa figura pequeña y rubia, con alma noble y modales suaves, era como una suerte de hada madrina que cada tanto se aparecía acompañando a su marido, para colaborar o para conversar con esos hombres que daban todo de sí por un ideal, por una utopía. Los gauchos la querían y respetaban. El matrimonio tuvo tres hijos: Martín del Milagro (luego gobernador de Salta), José Luis e Ignacio, fallecido en la infancia.

La noticia del fallecimiento de Martín Güemes le provocó un desmayo que duró horas. Cuando volvió en sí, se alzó con una resolución rapidísima, se cortó su cabellera enrulada y buscando en el arcón un velo negro, se envolvió en él, yendo a reclinarse en el ángulo más oscuro de la habitación. Allí estuvo días, sin ver a nadie. Una tarde debió sentirse muy mal y expiró el 3 de abril de 1822, a los 25 años. Sus restos descansan junto a los de su esposo.

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María Irene Romero
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