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EL ARTE, LA MILITANCIA Y LA VIDA

Pino Solanas fue un gran cineasta, un documentalista eximio que dio testimonio de la opresión de los poderosos sobre el pueblo, de las posibilidades de rebelión, de las causas justas. Fue también un militante en esos ámbitos que documentó, e incursionó en la política partidaria buscando estrategias para cambiar el mundo.

 “Sigo resistiendo”, dijo Fernando alias Pino, en el Hospital Americano de Neuilly-sur-Seine, los altos del Sena, París, atrapado ya por la covid-19. Pocos días después, el 6 de noviembre de 2020 a las 22.30 de Francia, había rendido sus últimos bastiones.

Los verbos seguir y, sobre todo, resistir fueron generadores en la peripecia de quien había nacido en Olivos, en 1936, y asomado a la vida con omnívora curiosidad: un primer plano para la música y ahí nomás filosofía, teatro, historia, ciencia, poesía. En ese borbollón plurivocacional había de todo menos lo que deseaba su padre: que fuera médico como él, ya que el hijo mayor, Héctor, era un gran iniciador de carreras universitarias que abandonaba para escribir versos y regresar por las madrugadas a la reyerta familiar. Para Pino, ese hermano fue aquel ídolo que le insufló las primeras tensiones estéticas, la Biblia cuestionadora del existencialismo sartreano con el latiguillo “leé este, hermano”. Y este, estos, eran Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Paul Éluard, Frantz Fanon. Héctor escribía también guiones de historietas: fue guionista del mítico El cabo Savino, gaucho fortinero que supo trotar por El Tony y D’artagnan.

Por entonces, los compases, las armonías, los arpegios le volaban la cabeza a Pino. Era un bicho del Teatro Colón, donde lo conocían los empleados, que le permitían colarse en los ensayos. Estudió piano para iniciar un camino que lo llevara a la composición y a la dirección orquestal. Al poco tiempo, sus maestros le derivaban alumnos para que se ganara la vida porque papá le había comunicado que no mantendría vagos. Y Pino, que quería tener plata en el bolsillo, vendió clavos, alarmas, limpió bares a la madrugada y hasta garabateó alguna nota en la revista Qué gracias al generoso periodismo.

La vidriera político-cultural era grande y agitada por entonces para un adolescente “con inquietudes”. Y encima, ahí nomás, a pocas cuadras de su casa, vivía Raúl Scalabrini Ortiz, y el pibe se animaba a tocarle el timbre para escucharlo. Y por si fuera poco, había unos boliches en Olivos a los que iba Enrique Wernicke, narrador, publicista, peceísta, chupandín y desmarcado, el aún casi ignoto autor de El agua y La ribera; o el paraguayo Augusto Roa Bastos, que mientras escribía los guiones para Armando Bó e Isabel Sarli, pergeñaba su aporte a la renovación de la narrativa latinoamericana. Desde allí saltó a las tertulias domingueras de Flores, donde estaba la casa de Gerardo Pisarello, poeta y narrador amasado con los dolores de su provincia natal, Corrientes, y su pertenencia al grupo Boedo, el de Leónidas Barletta y Álvaro Yunque, entre otros.

Pisarello oficiaba de padrino cultural de unos pibes ganosos: Juan Gelman, Jorge Sabato, Andrés Rivera, Roberto Cossa, Juan Carlos Portantiero y Pino Solanas, entre los consuetudinarios más o menos frecuentes. Sobre esa absorción cultural a lo Bob Esponja se dibujaba otra realidad político-social estremecedora: la caída del peronismo en septiembre de 1955, precedida, en junio del mismo año, por el atroz bombardeo a los civiles que caminaban por la Plaza de Mayo y las calles aledañas en una masacre con 308 muertos y 800 heridos. “Nuestro Guernica”, definió Solanas. La ineludible marca de derrota popular y la acción totalitaria de la Libertadora conmovió aun a quienes cuestionaban por izquierda métodos y verdades peronistas.

PINO CONTRA LOS GORILAS

Tocado por aquellos bombardeos –y por “las épicas lluvias de septiembre”, como escribiera el mal Borges–, Pino Solanas se empeñó por comprender y cuestionar los núcleos clasistas y criminales del gorilismo. Esa búsqueda lo arropó con una identidad político-cultural entrevista ya en las páginas de su vecino Scalabrini, y de los amigos de su vecino que a veces se acercaban a los bares del barrio: Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos. En la misma biblioteca que cruzaba ideologías de descolonización y filosofías emancipatorias leía y a veces frecuentaba a César Marcos, Carlos Astrada, Fermín Chávez, John William Cooke y a su primo lejano Rodolfo Ortega Peña.

Ese muchacho Pino –el origen del apodo arbolado fue imposible de rastrear por él y aun por su madre–, hijo de un médico católico y antiperonista, era chozno por vía materna de un combatiente en las Invasiones Inglesas, de aproximados parentescos con Manuel Belgrano y Juan José Castelli. Crecido en la verde zona norte del Gran Buenos Aires –esa donde, según su dilecto Jauretche, el mediopelo crecía como en maceta– y egresado bachiller del Colegio Nacional de San Isidro, estaba marcado para brillar en cualquier profesión liberal. Pero Fernando Solanas tomó por el sendero que se bifurca y que confrontaría sus orígenes. Fue armado sesentista pleno por la nobleza pagana de la cultura porteña primero, y argentina y latinoamericana luego.

Las intersecciones que lo conforman y atraviesan acaso sean infinitas, y cualquiera de ellas, reconocible: el tango y la ópera; Marx y Perón; Brecht y Discépolo; Hugo del Carril y Leopoldo Torre Nilsson; Gardel y Piazzolla. Digamos: cruces de esquinas tangueras que, aunque de a pares, hacen saltar la opción binaria. Atrás se reconocía el impulso del positivismo duro del siglo XIX. Y un voluntarismo nietzscheano vía José Ingenieros, una fragua hacedora para llegar al Olimpo. Junto con eso, la mirada, el interés, el desafío de caminar con los “nadies”. Hay que procurarse fotogramas sueltos de una obra babélica y observar la iconografía documental: caras curtidas, niños tristes, pañuelos húmedos, palos policiales, hileras de desempleados, hacienda ajena, rejas carcelarias, basurales humeantes, aviones fumigadores, perros puro hueso, paisajes aburridos en la espera, multitudes acorraladas, multitudes desatadas, horizontes metafísicos, gestualidades aristocráticas, alienación pop, indigestas promesas de consumo, jarros abollados, mateadas pensativas. Siempre de cerca: aquí está todo lo que no aparece en las naves insignias de la comunicación, lo que no está en la tele, en Gente, en los diarios sábana y los de mayor circulación.

ENTRE LA POÉTICA Y LA POLÍTICA

Con estos metejones y credenciales se vertebra un peronista de nuevo tipo, teñido por el cosmopolitismo, con afición a esos artefactos culturales que se vapuleaban aún en las mismas tribunas del pensamiento nacional. La pasión política, popular, dramática y carnavalesca estaba barrio adentro, con asados y jodiendas y los altares con Evita y Perón; la curiosidad se desperdigaba en librerías y disquerías que se desparramaban en círculos concéntricos desde Corrientes y Callao. Solanas era ese militante renovado, del pelotón de jóvenes “apurados por hacerse peronistas” (otra vez Jauretche). La flamante cepa trajinaba por las oficinas y redacciones del prestigio urbano al barrio, el grupo, la célula. Se avanzaba entre la poética y la política tratando de soldarlas. El gusto estético era dictado en las aulas, los semanarios y las revistas independientes por los sabios de la tribu. Tras esos ejercicios de ósmosis, muchos se trepaban a un colectivo para ir “a la reunión” allá, donde termina el largo paredón de los sacrificios y las fábricas desmanteladas por el tozudo y eterno retorno del proceso desindustrializador.

En esa maraña, el joven Solanas decide estudiar teatro, como inicial vía regia hacia su sueño: la ópera total donde cupieran el mismo teatro, la música, la poesía, las artes visuales. Algunas películas le habían tocado el pecho: La batalla de Argel, La strada, el documental Tire dié. Cumplía los consabidos peregrinajes por el Lorraine, el cine Arte, las cuevas de los cine-clubs. Ahí exhibían lo suyo Federico Fellini, Serguéi Eisenstein, Orson Welles, Andréi Tarkovski en un primer pelotón. Según la película, se podría sumar a Vittorio De Sica, Ingmar Bergman. En un cuadro de honor con una impronta de documentalista que lo sacudió estaba el santafesino Fernando Birri, y como coagulante de una mítica latinoamericana, el brasileño Glauber Rocha. Sí: el encuadre, el plano, la toma podían cementar a las artes dispersas y devolverlas, en clave multitudinaria, en una sala penumbrosa.

CINE Y MILITANCIA

Arte caro el cine, siempre lo supo Solanas. Pero con el mismo artefacto, la cámara, podía despojarse de su pretensión artística grandilocuente y desparramar cosas menores: jabones, autos, bronceadores, motocicletas, espirales, televisores, cremas humectantes, licuadoras, toda esa panoplia consumista que asomaba para calmar el hambre de las clases medias que se sentían ingresar al cielo poniendo primera en ese cochecito mediano donde la chica Courrèges de piernas largas se estiraba sensualmente sobre el capó. La publicidad, donde su bohemio hermano mayor también encontró cauce para resolver la ardua ecuación entre creatividad y sopa, le abrió sus puertas. La agencia de los Solanas se posó con toda firmeza en la primera línea, le caían tantos contratos como productos se exhibían en las vidrieras. Entre trabajos para el cine y la televisión, sumó seiscientos cortos publicitarios y compuso decenas de jingles con los que rescató su vocación musical. El cine le arrimó el recurso para vender el paquete completo: música, letra, idea, filmación y dirección de actores.

Ganó dinero como para acceder a mucho más que su primer Citroën 2 CV, “el coche rana”. Ganó para ir comprando insumos y hacer sus primeros documentales y también para comenzar a vertebrar una obra y una épica. La hora de los hornos se fue cocinando a fuego lento entre una obsesiva persecución de archivos y secuencias como filmadas por asaltantes nocturnos, en los años del onganiato represor y entre la seguidilla de cuartelazos que los capos del Ejército se daban entre sí para ocupar la Rosada.

Curioso circuito entre la lealtad política y el dinero que tantos publicitarios, artistas y periodistas conocen bien: trabajar para refregar en la cara de las mayorías los productos imaginarios del capitalismo y, con lo producido de esa conducta adaptativa, juntar guita para crear, para denunciar lo mismo que se propaga. Hacerle el jingle a la multinacional de cuño neocolonialista y en el tiempo libre pensar una política que la desaloje del país que quiere marchar a la independencia económica o, cuanto menos, obligar a respetar las reglas soberanas. Pero era así y en muchos casos así sigue siendo la vida también durante el devastador tardocapitalismo.

La hora de los hornos, una suerte de ópera documental centrada en la resistencia peronista, pletórica de historias ocultas –ocultadas– por la Libertadora y sus hijos putativos, hace también foco en la crueldad de la explotación patronal y en las posibilidades de plenitud productiva y cultural. Dibuja así el trazo político-estratégico de Solanas: la Argentina es uno de los pocos países del mundo que podría alcanzar para todos sus habitantes. Como si, por otra vía ideológica, le hubiera llegado la sentencia aún incumplida de Juan Bautista Alberdi: “Hacer la nación para descansar de ella”. En este número de Caras y Caretas está desarrollada la peripecia de ese filme de más de cuatro horas. Para esta introducción más vital que curricular cabe decir que con esa experiencia nació la aplanadora Solanas, que poética y política se ensamblaron tanto como cine y militancia.

Seductor a disimulada conciencia, envidiado, celebrante y conquistador de mujeres (“Son esenciales pero la verdad yo no sé cómo hago”), fatalmente enamoradizo, se había casado por primera vez a los 19 años con Cristina Ponsone, una pianista y poeta que conoció en el baile de egresados del secundario en las terrazas del Tigre Hotel. Siguieron –entre las conocidas– Trixie Amuchástegui, Chunchuna Villafañe, Dominique Sanda y quien lo sobrevive, la brasileña Ángela Correa. Con Trixie tuvo a sus dos hijos, Juan y Victoria.

La hora de los hornos había sonado como un atentado explosivo. Fundó por estos pagos las proyecciones clandestinas, en casas de familia, clubes, garajes. Perón se enteró en Madrid de que al fin un artista joven lo rescataba y lo mandó a llamar. Con Octavio Getino, y gambeteando al vigilante José López Rega, se quedó seis meses en Madrid para filmar Perón. Actualización política y doctrinaria para la toma del poder y Perón. La revolución justicialista. O sea: metros y metros de cinta a través de los cuales el líder renovaba sus míticas pero ya envejecidas comunicaciones vía bobina de Geloso o casete. A solas, paseando por el parque de Puerta de Hierro, el General le trazó a Pino, como al pasar, el vector trágico en el que terminaría su retorno: “El problema es que es muy tarde para mí y muy pronto para ustedes”.

Con eso tuvo que ver la derrota sin matices que significó la muerte de Perón, y el interregno de Isabel Perón como afluente primario del golpe. Por supuesto que a Solanas le cupo el destino de los escondites, las amenazas de la Triple A y el exilio breve en Madrid y prolongado en París, donde consiguió visa de trabajo para volver a filmar, en este caso otro documental, La mirada de los otros, sobre la discriminación a los discapacitados en la sociedad francesa.

LA VIDA POLÍTICA

En tanto, fue acopiando imágenes e historias para otra vuelta de tuerca creativa que completaría en Buenos Aires con su primer largo de ficción, El exilio de Gardel. Junto con la obra inmediatamente posterior, Sur, acometió síntesis culturales, generacionales, de Goyeneche a Fito Páez, de San Martín a Perón, para delinear frescos en pos de comprender gestualidades y empecinamientos nacionales. Contra cualquier previsión, abarrotó los cines del país y llenó su bolsa de premios internacionales, invitaciones, presidencia de jurados en los festivales más prestigiosos, alfombras rojas, trajes de gala y pajaritas que recuperaban con plasticidad sus genes de pibe “bien nacido”. Cuando estrenó El exilio de Gardel en La Rioja, el entonces gobernador Carlos Menem lo recibió con un asado y concurrió a la función. Pino lo acompañó en la campaña presidencial. El riojano lo metió en la trampera. Creyó Pino que Menem iba a facilitar su iniciativa de poner en valor las Galerías Pacífico de la calle Florida para que él construyera un monumental centro cultural sobre el imaginario latinoamericano. Fue el sapo de ingenuidad más indigesto que tragó en su vida de muchacho piola. Las galerías son un shopping por el que la Argentina, dijo Carlitos en su inauguración, se bautizaba como “país del primer mundo”.

Los festivales eran ahora de corrupción; los planes político-económicos, un catecismo recolonizador pensado y ejecutado por la oligocracia que Perón había enfrentado. Pino lo gritó a los cuatros vientos y acusó al patilludo reformateado de presidir un gobierno de “traidores, estafadores y corruptos”. Menem le inició una causa por calumnias e injurias. No se retractó en la primera audiencia sino que reafirmó sus dichos con rabia salivosa. Esa misma noche, el 22 de mayo de 1991, una patota baleó a Solanas en una playa de estacionamiento. Seis tiros impactaron en sus piernas mientras escuchaba un nada amable “¡callate, hijo de puta!”. Lo subieron con urgencia en camilla a una ambulancia mientras bramaba contra la entrega privatizadora. El atentado, claramente paraestatal, quedó archivado gracias a la empeñosa inactividad del ministro del Interior, Julio Mera Figueroa.

Tan descolocado como todo el peronismo, Solanas documentó el saqueo emprendido contra el trabajo, la cultura, los bienes públicos y los recursos naturales. Se proyectó entonces en la política activa: diputado, senador, más por afuera que por adentro del “movimiento”. Entre otras piezas retóricas inigualadas por tantos zapallos senatoriales, fue famosa y estremecedora su defensa de la ley a favor de la interrupción del embarazo en 2018: “Será ley contra viento y marea”.

Después entró en una máquina de humo y malgastó su capital para trajinar por los medios que siempre había denunciado por conspiradores, manipuladores y antidemocráticos. Se alió con Lilita Carrió y compitieron en las legislativas de 2013, donde él fue electo senador por la ciudad de Buenos Aires, y la chaqueña, diputada. Abundó en epítetos contra el gobierno y la persona de Cristina Kirchner: la acusó de abuso de autoridad y administración fraudulenta de bienes públicos. También se opuso al empleo de reservas para liquidar la deuda externa. Vociferó que los K no habían desactivado el aparato expoliador que había montado el menemismo. Cundió la desorientación entre quienes lo tenían en un pedestal; menos por sus objeciones concretas a la gestión que por su plástico trotar los templos que había dicho odiar como sujetos plenipotenciarios del coloniaje.

Salió de ese laberinto por arriba: se dio cuenta de que sin el campo popular unido, el Macrid-19 iba a profundizar la peste neoliberal. Volvió a ser Pino, para alivio de muchos y un resbalón difícil de olvidar para otros tantos. Ganó otra diputación porteña apoyando al famoso dueto de los Fernández. Lo premiaron con la embajada ante la Unesco en su entrañable París. Y allí, qué lo tiró, encontró justo lo que no había ido a buscar.

Escrito por
Vicente Muleiro
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