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LAS TRINCHERAS DEL SIGLO XXI

Las redes sociales son la arena donde se dirimen todas las disputas. No son ni buenas ni malas. Están ahí para que las usemos. Ellas, a la vez, usan los datos y el tiempo que les dedicamos, y en esa amalgama de favores se producen, circulan y se consumen cientos de miles de informaciones, más o menos veraces, más o menos falsas, que posibilitan que el mundo gire en el sentido de la globalización.

El jueves 23 de junio de 2016 los tirapostas de Twitter frenaron sus tuits por varios minutos. Un cisne negro llamado Brexit ganó el Reino Unido y lo que no podía pasar pasó: la irracionalidad y las posturas oscurantistas se impusieron sobre el futuro luminoso y sin pliegues que la posmodernidad progresista e inclusiva nos había prometido.

Cuatro meses después, Colombia votó un oxímoron que haría las delicias de Groucho Marx: se imponía el “No a la paz”.

Se empezó a hablar de las publicaciones maliciosas o fake news y la influencia de las redes en su propagación. Cientos de explicaciones; ninguna convincente.

Mi abuela decía que las desgracias vienen de a tres. El 8 de noviembre de 2016, la superpotencia mundial puso el botón rojo en manos de Donald Trump, un outsider que ganó con los demócratas y gran parte del establishment republicano en contra.

La influencia de las redes sociales, las plataformas digitales de comunicación instantáneas y el minado de enormes cantidades de datos conseguidos de maneras legales e ilegales no pudo ser dejada de lado. Con tres elecciones con resultados inesperados en fila, no sólo se cuestionó a las encuestas sino al sistema mismo de representación política.

LAS HENDIJAS DEL ODIO

Los cisnes negros siguieron llegando: al menos treinta en las democracias occidentales de los últimos dos años. AfD y la influencia de Alexander Gauland en Alemania; Kast y su Movimiento de Acción Republicana en Chile; Beppo Grillo, Mateo Salvini y Luigi di Maio en Italia; la ultraderecha sueca reunida en otro oxímoron llamado “Demócratas de Suecia”; VOX en España o Viktor Orban en Hungría, son algunos de los ejemplos claros de que los cisnes oscuros parecen ser cada vez más normales.

En cada caso pasamos por el mismo proceso: ironía (“Qué va a ganar algo así, es un cachivache”), indignación (“¡Mirá las cosas que dice este facho! ¡Hagamos algo, qué sé yo, un hashtag!”), sorpresa (“¿Posta ganó? ¿No se puede anular la elección por haber mentido?”), angustia (“Me voy del continente”, “El mundo es cada vez más oscuro”), empatía (“Voy a tuitear una foto de la Estatua de la Libertad llorando”) y normalización (“¿El vestido es azul o negro? ¿Qué dirá Tinelli de esto?”).

Y vino Bolsonaro, un confeso admirador de la tortura que, sin ambigüedades, detesta a los homosexuales, a los afroamericanos, a las mujeres, a los pueblos originarios y a cualquier otro grupo social que se aleje de su burbuja. Ya no son cisnes negros. Ni siquiera cisnes blancos. Son patos que aparecen por todos lados. Y que hasta pueden andar perdiendo pero, ¿y lo incubado?

En cada caso, casi como espasmo, se habla de la influencia de WhatsApp, las redes y las fake news. Pero otra vez nos paramos en un lugar donde creemos que un grupo (grupazo) es engañado por agentes del Imperio Galáctico. Y si son engañados es porque no tienen la suficiente inteligencia. ¡Seguro que se creen todos  los buzones! No como nosotros, que chequeamos todo y, además, sabemos cuál es “la verdad”, ¿no?

Un amigo solía decirme: “Si el árbitro te cobra una falta inexistente una vez, es casualidad. Si te la cobra varias veces, puede ser que esté comprado. Pero si te la cobra siempre y tanto el público como los periodistas no lo mencionan, fijate: en una de esas cambiaron la regla y vos no te enteraste”.

Quizá vaya siendo momento de dejar de hacer la cada vez más larga lista de nombres propios de estos malos, fascistas y peligrosos y meter la cabeza en el barro de la matriz que los trae. El odio no es un adjetivo. Ni siquiera es que en la cara te digan “te odio”. El odio es un proceso y, encima, es como el agua: hendija que encuentra, hendija por la que se cuela.

El día del triunfo de Bolsonaro tuiteé de modo maníaco. Puse esto: “Sopapeada (no por la sorpresa sino por la certeza) por el triunfo de Bolsonaro pero sobre todo incómoda por y con nosotros. “No pudimos leer y entender el fenómeno Trump, ni el Brexit y reducimos todo a una especie de mundo de seres idiotas (ellos, porque nosotros seríamos una especie de iluminados) que votan llevados de las narices por los grandes medios de comunicación”.

“¿Que los medios tienen influencia? ¿Me lo van a venir a explicar a mí? Pero esa influencia ha pasado, en nosotros, de ser descubrimiento a ser reiteración y, por ende, significante vacío y zona de comodidad”.

“Yo podría tribunearla aquí y repetir como loro lo que digo desde hace más de treinta años sobre la influencia de los medios. Pero, ¿es sólo eso? ¿No sucede algo más? Elijo la dirección del salmón, la difícil. Y antes que juzgar desde el banquito, prefiero intentar comprender”.

2020 no es 2015. Este mundo necesita otras explicaciones y otras coordenadas. No para abandonar las anteriores, sino para salir del modo estático.

UN EXPERIMENTO SOCIAL

¿Qué son las redes y qué nos hacen? ¿Qué son las interfaces y plataformas digitales, cómo nos influyen? ¿Qué implica la imposibilidad de estar desconectado en este mundo? Parecen preguntas básicas. De hecho, lo son. En un mundo donde para introducir un nuevo medicamento realizamos años de estudios coordinados y controlados por agencias gubernamentales (hello, vaccine), a donde para importar un ananá tiene que pasar por decenas de controles y trámites, en un mundo donde no te aprueban una pared de un metro de tu casa si no tiene el cálculo de seguridad correspondiente, ¿no es rarísimo que hayamos permitido un experimento social a gran escala (probablemente el más grande de la historia de la humanidad) y más de 4.000 millones de personas nos entreguemos a probar qué pasa si pasamos nuestra vida social a un sistema de plataformas online? Estamos hablando de más de la mitad de la humanidad  entregándose  voluntariamente  a reemplazar la mayor parte de sus interacciones sociales a plataformas que no sabemos qué efecto nos producen.

¿Son nocivas las redes, los mensajeros, los smartphones prendidos 24/7 y la conexión permanente? No lo sabemos. Pueden serlo. Pueden no serlo. Lo escalofriante es que no lo sepamos. Lo ingenuo es pensar que no generan per se cambios en nosotros, en nuestra sociedad y en nuestra civilización. Son fenómenos omnipresentes, imposibles de eliminar de nuestras vidas y con efecto desconocido. Nos modifican la vida, modifican nuestra cultura y el concepto mismo de humanidad.

EL NEGOCIO DE LA GRIETA

Empiezo con una hipótesis: las redes modifican de manera radical los resultados electorales. Muchos están de acuerdo con esta hipótesis, pero extrañamente indultan a las redes y las dejan en el simple lugar de canal o mensajero del odio. Silicon Valley detesta a Trump. Entonces, seguro que no son las redes. Las redes son “usadas por”. Bueno, vamos a pisar algunos callos: la noción vetusta e inocente de ver a las redes como canales que un Bolsonaro, un Trump, Dios en la Tierra o el mismísimo Lucifer podrían utilizar para enviar a millones sus mensajes de odio o sus fake news para convencerlos es errónea.

Las redes no son usadas. Las redes usan. Las redes (Facebook, Instagram, Twitter, los buscadores, las plataformas, YouTube, WhatsApp y todos los etcéteras que impliquen interacción) tienen sus propias lógicas. Y por eso es urgente preguntarse cuántas de estas necesidades y lógicas se combinan con las nuestras y cuáles nos perjudican.

Puedo agradecer la existencia de WhatsApp porque me permite comunicarme y resolver en segundos contactos que antes llevaban más tiempo. Sin embargo, el señor WhatsApp necesita otra cosa. No necesita que yo me contacte más rápido. Necesita que use lo más posible su plataforma, que mande más mensajes, más audios y pase más tiempo frente a la pantalla. Cada vez que me meto en una discusión eterna y sin sentido con alguien en WhatsApp pienso lo mismo: yo no necesito eso, pero la plataforma sí.

¿Con las “grietas” que han surgido en todas las democracias, radicalizando la población para ambos lados de la disputa, pasa lo mismo? Quizá la pregunta que debemos hacernos no es “en qué fallamos que terminan votando a un monstruo” sino comprender cuánto de la propia lógica del odio, el señalamiento, el escrache, el decir lo que sea y que eso sea aplaudido, que es la razón de ser de las redes sociales, construye un clima que hace que los Bolsonaro, los Trump y los que vengan tengan tierra firme donde pisar. Se extrema en las redes lo que luego se polariza en la calle. Y, mal  que nos pese y nos duela, es más allá de lo que escribamos en el estandarte.

No se trata, por supuesto, de negar el conflicto. Es el motor de la historia. Se trata de salirse del negocio de la grieta, que no es lo mismo. En ese negocio unos son los irritados y otros los que ganan.

MÁS ALLÁ DE LOS MEDIOS

Ante contextos diferentes, las respuestas también deben serlo. No voy (tan luego yo) a minimizar el peso específico de los medios y la comunicación dominante. Pero no voy a quedarme ahí por una razón muy sencilla: si lo hiciera me desmentirían al segundo los datos más simples. La red O Globo, frente a la cual el oligopolio Clarín queda como un chichipío, no apoyaba a Bolsonaro. Bolsonaro no era su candidato. No lo quería. Lo despreciaba. Trump es el enemigo número uno de todo el establishment mediático y de la industria cultural estadounidense exceptuando a los gritones de FOX, y el Brexit le ganó a la corona, el primer ministro y los medios británicos, las corporaciones mediáticas y de las otras de Europa y a la Unión Europea completa.

Es cierto, por supuesto, que dinamitan terrenos y destrozaron candidatos. Pero si “los medios” fueran todo, ¿por qué esos gigantes que pudieron contra Lula, su mística, la heroica de la prisión y la leyenda, no pudieron instalar a su candidato? ¿Por qué la fórmula Fernández-Fernández en la Argentina sacó a Mauricio Macri hasta de la posibilidad de acercarse al ballotage?

“Una buena parte de los votos a Bolsonaro se explican como reacción frente al ascenso de pautas identitarias o reivindicaciones sectoriales de ‘minorías brasileñas’. Al feminismo, responden feminidad; al aborto, maternidad; a la negritud, democracia racial; a las diversidades sexuales, familia. En los ‘bolsominion’, como se denigra a sus votantes, retumban ecos de un viejo anhelo de las élites brasileñas desveladas por un país unificado bajo un manto verde y amarillo basado en el ‘orden y el progreso’”, explicó en un texto fabuloso Nicolás Cabrera. En la misma línea, Nancy Fraser sostuvo con agudeza y brillantez: “La victoria de Trump no es solamente una revuelta contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue el neoliberalismo sin más, sino el neoliberalismo progresista. Esto puede sonar como un oxímoron, pero se trata de un alineamiento, aunque perverso, muy real: es la clave para entender los resultados electorales en los EE.UU. y acaso también para comprender la evolución de los acontecimientos en otras partes. En la forma que ha cobrado en los EE.UU., el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes dominantes de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos LGBTQ) por un lado y, por el otro, el más alto nivel de sectores de negocios “simbólicos” y de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización. Aun sin quererlo, lo cierto es que las primeras le han aportado su carisma a las últimas. Ideales como la diversidad y el empoderamiento, que en principio podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para lo que antes era la clase media”.

TITANES EN EL RING

Y el campo de batalla de estas nuevas guerras fue internet.

Estos personajes usan las redes mejor que nadie. ¿Por qué a ellos y no a otros las redes les cuajan tan bien? ¿Y si no es sólo que los Trump, los Bolsonaro saben usar las redes y llegar a gente que está loca, resentida o que no entiende? O lo más preocupante: ¿y si la proliferación de estas interfaces que modifican radicalmente la interacción social, la forma de adquirir información y la autopercepción de cada uno de nosotros nos está haciendo, como efecto colateral, más irracionales, nos hace creer que todo da lo mismo, que atacar al otro es gratis o que linchar es bueno cuando es al que piensa distinto? Quizá los Trump y Bolsonaro consiguen su éxito porque se animan a hablar de la misma manera que las redes nos enseñaron.

Sí, ya sé: Hitler no tuvo redes sociales. Stalin, Mussolini, el Gengis Kan y Atila, tampoco. Pero no es así. Las tuvieron. No fueron digitales, claro. El odio y la intolerancia no son un fenómeno nacido en el siglo XXI. Sin embargo, las sociedades fueron delimitando y conteniendo el peligro que la polarización y la radicalización generan. Las plataformas digitales parecen estar borrando en menos de una década las defensas y anticuerpos que generaron las democracias ante los peligros totalitarios. Estas defensas que socialmente tenemos ante ciertos movimientos, ante ciertos peligros, no parecen estar funcionando. Hace una década alcanzaba con que un candidato cometiera un exabrupto para que sus posibilidades se derrumbaran. Hoy ya no.

¿Entonces, vale la pena seguir insistiendo con que al votante que vota enfurecido lo que le falta es saber esa verdad que nosotros sí conocemos? ¿Quiere decir todo esto que “la gente” se volvió loca? Es interesante porque, cuando hablamos de “la gente”, no nos incluimos. El bruto, el troll, el que no entiende, siempre es el otro. Sin embargo, que no votemos a Bolsonaro no implica que no hayamos consolidado nuestras creencias de la misma manera que vemos del otro lado. Nos consideramos los racionales e iluminados, contra los bestias y oscuros, mientras repetimos estereotipos.

Cuando empezaron a tener preponderancia las redes, eran un territorio virgen y lleno de desafíos. Cual pioneros, entramos a tomar posesión de nuestras arrobas y a conocer a los vecinos del vecindario: a Facebook llegaron los contactos de alguna otra vida y hubo reencuentro. Twitter fue ese bar lleno de desconocidos donde siempre son las 4 de la mañana y andan a los botellazos pero como todas eran “caras nuevas” empezamos a agruparnos temáticamente.

Nadie estaba pendiente de quién seguía a quién ni había forma de saber qué leía y a quién faveaba  el  otro. Sin embargo, a  la plataforma ese crecimiento no le servía. Era lento y armónico. Rápidamente encontraron que, a mayor discusión, mayor engagement. Una discusión no sólo puede durar cien  tuits sino que   se ramifica con aliados y enemigos de ambos “bandos”. ¿Mostrar quién favea a otro? ¿Ver quién sigue a quién? ¿Mostrarnos tuits que están teniendo éxito en nuestras cercanías? Todas las modificaciones apuntaron a lo mismo: generar mayor interacción, la mayor parte del tiempo gracias a las discusiones.

Entonces, estos clusters, guetos o barrios cerrados donde identificamos que “todos pensamos parecido” se convierten en el lugar ideal para estimular nuestra radicalización gracias a un sentimiento de mayoría. Con este mecanismo se crean los nichos de comunidades, cada vez más burbujas, más blindadas. En los últimos dos años, muchos autores notaron este efecto y apuntaron a que las redes deberían mostrar más material del “otro lado” de la grieta para lograr mayor empatía y bajar el nivel de enfrentamiento. Pero cuando se cruzan esas distancias entre burbujas aparece una relación totalmente antagónica basada en la rivalidad, en el estereotipo, en el prejuicio, en imágenes fáciles que tenemos del otro.

Parecería, entonces, que no sólo no ayuda a la tolerancia hacer “cruzar de barrio” los mensajes, sino que genera mayor grieta aún. El periodista español Javier Salas ejemplificó con una publicación de la política española Beatriz Talegón que recibir argumentos contrarios a nuestras creencias no sólo no nos abre a repensar, sino que consolida la visión que teníamos. Salas demuestra que Talegón, quien nunca había tuiteado  ni demostrado interés público en la homeopatía, al compartir una noticia que hablaba del tema, recibió centenares de respuestas. A cada respuesta que la atacaba, ella fue radicalizando su postura. Este fenómeno, denominado efecto backfire o efecto de retroceso, es una expresión psicológica, que consiste en negar hechos y datos que pueden cambiar nuestra percepción previa del tema.

QUIÉN ES EL TROLL

En los últimos diez años nos hemos pasado la vida en las redes indignándonos porque un Fulano decía que no debíamos permitir el avance de tal o cual “minoría”. Usamos hashtags intra Twitter, hashtags que saltaban de Twitter a las pantallas de TV y provocaban notas en diarios y portales. Llenamos de indignaciones el mundo textual, ese donde no hay cuerpo, y provocamos que reciba el mismo castigo textual quien dice “las mujeres que no se depilan me parecen feas” que quien violó y asesinó a treinta mujeres. Esto es así porque los recursos en red son mínimos. Podemos poner una carita de “no me gusta”, podemos insultar, podemos bloquear y escrachar. No más. En un mundo lleno de palabras no corpóreas que valen igual, o incluso son las mismas, juzgamos del mismo modo acontecimientos corporales, reales y con consecuencias diferentes.

Usamos las defensas para indignarnos con fakes, con tuiteros agorafóbicos que no salen de su casa, con periodistas ignotos que buscan la redención vía un “caso” y un día llega Bolsonaro. Y Bolsonaro dice lo mismo que un troll. Sólo que eso que dice él lo va a hacer.

Hablar de troll es el comienzo, la excusa. Pero introducirnos en el funcionamiento troll es meternos con todos nosotros y con cómo nos modifica la vida un puñado de mensajes tirados a la mar de bits y nubes; un océano que, al decir de Mark Fisher, funciona como un gigantesco vampiro, un hacedor de zombies, que se alimenta de carne fresca, la nuestra. Y los zombies que genera somos nosotros. El troll no es el otro: el troll somos vos y yo. Tengamos o no redes sociales. Ellas ya han cambiado el ecosistema comunicacional del planeta, mirá si les va a preocupar que nosotros nos creamos que por no tener un arroba lo suyo no nos va a rozar.

Escrito por
Mariana Moyano
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