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Caras y Caretas

           

Un gato desde la luna en el corazón de los lectores

Ilustración: Osvaldo Révora

Escritor de gran popularidad, periodista formado en las redacciones, defensor de los derechos humanos, hincha apasionado de San Lorenzo, Osvaldo Soriano falleció a los 54 años, a finales de un enero caluroso como este. Casi treinta años después, su obra vuelve a editarse y Caras y Caretas lo homenajea como una de las plumas más versátiles de la Argentina.

Desde finales de la dictadura y a lo largo de quince años Osvaldo Soriano fue el escritor argentino contemporáneo más leído en el país. Todavía estaba en el exilio cuando a finales de 1982 se publicó aquí No habrá más penas ni olvido, su novela sobre el enfrentamiento entre distintos sectores del peronismo, ambientada en el bonaerense e imaginario Colonia Vela a mediados de los 70: enseguida encabezó los rankings de los libros más vendidos. Se sorprendió, porque además la editorial Bruguera, que ya lo había publicado en España, lo lanzó en Buenos Aires sin avisarle y se enteró mientras conversaba por teléfono con un periodista amigo. En febrero de 1983 el fenómeno se reiteró con la aparición de Cuarteles de invierno, que también transcurre en Vela pero ya durante el Proceso, la historia de un boxeador veterano al borde del retiro y de un cantante de tango fumigado por sus opiniones políticas que llegan al pueblo para una fiesta local y se chocan con el fascismo campante. En marzo, tras siete años en Bruselas y París, Soriano volvía a la Argentina. En la Feria del Libro lo ovacionaron un rato largo. “¿Por qué te leen tanto?”, le preguntaron en aquel momento. “Creo que hay un afán enorme de entender lo que pasó en los últimos años, una necesidad de leer cosas que metaforicen el destino del país.”

Se reivindicaba como un contador de historias y un cronista de su tiempo, un narrador nato impulsado por el entusiasmo y la pasión, que trabajaba con la épica, lo idealizado y sus derivas, el sentido del humor, el sentido de lo justo, el sinsentido, el delirio. “No sé escribir aburrido –decía–, porque ni bien algo se pone pesado el primero que se apoliya soy yo.” Solía largar incorrecciones literarias por el estilo y alguna vez se definió como un tirapiedras: “Yo estoy en la cornisa de la literatura”, supo decir, chispeado por las descalificaciones de algunas usinas de Filosofía y Letras de la UBA que lo tildaban de demagogo, pobre de lenguaje, oportunista. Escritores como Ítalo Calvino, Antonio Tabucchi o Alessandro Baricco, en contrapartida, disfrutaron y elogiaron sus libros, al igual que muchos de sus colegas argentinos, léase Julio Cortázar, Ricardo Piglia, Adolfo Bioy Casares, Juan Forn, entre muchísimos. “Detrás de esa escritura sensual y visual, aparentemente precipitada, había todo un trabajo sobre la lengua –observaba Isidoro Blaisten–. Lo que pasa es que no se notaba. Como quería Huidobro: ‘Poeta, haz que el sudor no se note en tu obra’.”

SENTIDO DE PATRIA

El contexto de la Argentina es mucho más que un telón de fondo ante el que transcurren las aventuras y desventuras de sus personajes, porque cada tanto aparecen sugeridos los relumbrones que hacen visibles los hilos invisibles que traman las historias individuales y las historias colectivas. Ahí andaba el cónsul Bertoldi, protagonista de A sus plantas rendido un león, sin brújula como diplomático de cuarta en Bongwutsi, cuando se entera de que los militares habían invadido Malvinas y se le aparece la chance de fugarse con un millón de dólares en un maletín. O el ingeniero informático Zárate, el narrador de Una sombra ya pronto serás, “un científico que podía ser útil en un país en crecimiento”, en un viaje sin señales de tránsito por las destrozadas rutas bonaerenses, sin destino y cruzándose con personajes estrafalarios que andan tan perdidos como él a comienzos de los 90, con la nación descuajeringándose y las promesas primermundistas del neoliberalismo. O el espía Carré en París, protagonista de El ojo de la patria, que recibe el encargo presidencial de repatriar la momia de un prócer de la Revolución de Mayo recauchutado con un chip de última generación, en un escenario global en el que está normalizado andar con caretas de famosos.

“Muchas veces me han preguntado acerca de los porqués de mi éxito, pero esto es algo que nunca llegué a resolver –decía–. Los lectores dicen que las novelas expresan de algún modo lo que está pasando en el país. Es curioso, porque en general son novelas que hablan del fracaso.” Una edición tras otra de cada uno de sus libros, decenas de miles de ejemplares de cada título: esa enorme popularidad se tradujo, entre otras cosas, en grandes sellos editoriales que se disputaban tenerlo entre sus filas. Después de nueve años en Sudamericana, la editorial colombiana Norma pagó medio millón de dólares por los derechos de su obra y la publicación de sus últimos dos libros, La hora sin sombra y Piratas, fantasmas y dinosaurios, su cuarto volumen de recopilación de relatos y artículos periodísticos.

El 29 de enero de 1997, un mes y medio después de la aparición de Piratas…, enfermo de cáncer de pulmón, Soriano murió en Buenos Aires. Tenía apenas 54 años. El velatorio, en la sede del sindicato de prensa, fue multitudinario; luego su familia y sus amigos lo acompañaron hasta la Chacarita. Allí estaban Catherine Brucher y Manuel, su mujer y su hijito, y Osvaldo Bayer, Antonio Dal Masetto, Eduardo Galeano, Tito Cossa, Héctor Olivera, entre otros. “Venimos a honrar a un socialista sin partido, a un hombre de izquierda –dijo en la despedida su amigo José María Pasquini Durán–. Soriano estaba orgulloso de ser izquierdista, y con su vida y su obra enalteció a la izquierda. Venimos a recoger los sueños de un soñador de espíritu noble, un hombre que pensó siempre en la injusticia como un crimen de lesa humanidad y que pensó que cada hombre y mujer de esta tierra deberían tener la oportunidad de vivir en dignidad y de alcanzar la mayor felicidad posible. Venimos a rescatar a un patriota que estudió en las raíces de la historia nacional los sentidos de nuestra grandeza y nuestra miseria, de un patriota que pudo adivinar en la mirada de hombres y mujeres de todo el mundo un igual sentido de patria. Por sus ideas tuvo que exiliarse, pero esas mismas ideas lo trajeron de vuelta para siempre en su patria y en su suelo, entre nosotros.”

CONTINUARÁ

“El día que nací había un gato esperando al otro lado de la puerta –escribió en ‘Educación sentimental’–. Mi padre fumaba en Mar del Plata, en el patio. Mi madre dice que fue un parto difícil, a las cuatro y veinte de la tarde de un día de verano. El sol rajaba la tierra. Los jóvenes Borges y Bioy Casares paraban cerca de ahí, en Los Troncos, alucinando las historias de don Isidro Parodi.” Único hijo de emigrantes españoles que llegaron de chicos al país, Soriano nació el 6 de enero de 1943. Su padre trabajaba en Obras Sanitarias y la empresa cada tanto le cambiaba el destino, así que la infancia transcurrió de ciudad en ciudad, sin terminar de asentarse: San Luis, Río Cuarto, Tandil. En 1955 se mudaron a Cipolletti, una geografía y un tiempo que retratará muchos años después en sus Cuentos de los años felices: el Far West traccionado por el impulso de las cooperativas fruteras y la obra pública, un lugar sin calles asfaltadas, ni cloacas, ni librerías. “Los diarios llegaban con tres días de retraso. Mi padre, como buen gorila, compraba La Prensa.” En su casa no había libros, decía, pero sí diarios y revistas; adoraba las historietas. “La revista semanal, el ‘continuará’ que a uno lo dejaba en suspenso una semana, pesó mucho en mi escritura, porque casi siempre termino los capítulos de mis novelas en una suerte de ‘continuará’ que invita y empuja a seguir leyendo. Mi mundo era la historieta, el cine y la radio, que fue otro elemento muy importante. En los tiempos en que la televisión era un fenómeno circunscrito a Buenos Aires, las grandes ficciones sucedían en la radio, con el elemento perturbador y hermoso que tiene la imaginación del oyente.”

En tercer año abandonó la escuela industrial. Soñaba con ser futbolista, con llegar a la primera de su amado San Lorenzo de Almagro, pero lo suyo pasaría por la narración. Ya desde Cipolletti escribía cartas a la revista El Gráfico y fantaseaba con publicar allí. A comienzos de los 60 la familia se volvió para Tandil. “Que, al lado del Far West, me parecía Nueva York”, decía. Y ahí sí aparecen los libros, que le va pasando el novio de su prima Nilda, “una suerte de intelectual de provincias”; el primero fue Soy leyenda, de Richard Matheson. Y desde ahí fue un aluvión de lecturas: Maupassant, Hemingway, Dostoyevski, Poe, Cortázar, Arlt, Quiroga. Aluvión. Entró como redactor de deportes primero al diario Eco y luego a Actividades. Publicó sus primeros cuentos sueltos (“malísimos”, decía), formó parte de una compañía teatral, coordinó un cineclub en el que pasaban películas de Favio, Kubrick, Truffaut, Visconti, proyecciones con debates posteriores, un ciclo que terminó censurado durante la dictadura de Onganía.

Para abril de 1969 le llegó una oportunidad determinante: el semanario Primera Plana, “la catedral del periodismo”, según decía, le encargó una crónica sobre la procesión de la Semana Santa en Tandil. “Era tan corrosiva que mandé la nota por micro y atrás me mandé yo”, contaba. Se instaló en una pensión en Avenida de Mayo, y aunque a los dos meses Onganía también cerró “la catedral”, Soriano consiguió asentarse como redactor primero en la revista Semana Gráfica y luego en Panorama. Eso era estar ya en las grandes ligas: en las redacciones conoció a Mempo Giardinelli, Carlos Bosch, los hermanos Algañaraz, Tomás Eloy Martínez, Carlos Ulanovsky, Rodolfo Rabanal, Norberto Soares, Antonio Dal Masetto, Miguel Briante. Escribía sobre fútbol y boxeo, pero también sobre política, sociedad, cine, literatura. En mayo de 1971 Jacobo Timerman lanzó La Opinión y eso fue otro hito central en su trabajo como periodista, porque entre otras cosas trajinó el suplemento cultural del diario, que dirigía Juan Gelman. En esos años se fascinó con el policial negro, en especial con la obra y la figura de Raymond Chandler, una de sus grandes influencias iniciales, fundamental para su primera novela, Triste, solitario y final.

Desde chico a Soriano le encantaron los cortos de Laurel y Hardy, el Gordo y el Flaco. Había escrito sobre ellos ya en Tandil y tramaba algo más largo, pero sin encontrar forma. De pronto se le apareció la figura de Philip Marlowe, el detective de Chandler, y lo imaginó indagando acerca de por qué Hollywood había olvidado y marginado al dúo. Quien embarca a Marlowe en esa investigación es un periodista argentino de visita en Los Angeles llamado Osvaldo Soriano, una parodia de sí mismo. Es una aventura delirada, un homenaje a personajes queridos, un debut literario desfachatado que incluye el secuestro de Chaplin y trifulcas a las trompadas con Charles Bronson y John Wayne. Editada por Corregidor en 1973, la novela agotó pronto tres ediciones y tuvo lecturas elogiosas de Piglia, Dorfman, Cortázar. “Yo también, al doblar la última página me he sentido triste, solitario y final –le escribiría Cortázar, en los comienzos de lo que sería una gran amistad–. Pero encender otro cigarrillo y volver a llenar el vaso eran pequeñas ceremonias reconfortantes, signos de que la vida estaba aún ahí, y que me había dado tiempo a leer un hermoso libro.”

UNA ENORME RIQUEZA

Y el vértigo todavía estaba por llegar: el fin de la dictadura de Lanusse, Cámpora, el gobierno y la muerte de Perón, la Triple A, las organizaciones armadas, el golpe genocida. Cuando La Opinión dio un volantazo a la derecha Soriano renunció y pasó a escribir en la revista Mengano primero y luego en El Cronista Comercial. Intuyó que corría peligro, que no soportaría la caza de brujas, y se fue del país en 1976. El periodista y amigo Félix Samoilovich le dio refugio en Bruselas y allí conoció a Catherine Brucher, una enfermera francesa que sería su mujer, su compañera de vida. Los comienzos fueron duros, por la extrañeza del idioma y por el desarraigo, pero fue tejiendo una red de correspondencia fenomenal que le permitía seguir los sucesos en la Argentina y le tendió puentes en muchas direcciones: Bayer en Alemania, Cortázar en París, Daniel Divinsky en Venezuela, Giovanni Arpino en Italia. De a poco, mientras redondeaba No habrá más penas ni olvido y componía Cuarteles de invierno, fue consiguiendo traducciones para sus tres libros y muy buenas críticas en Francia, Polonia, México, España y sobre todo en Italia, donde todavía se lo sigue reeditando. A la vez, trajinaba la denuncia por las violaciones a los derechos humanos: junto con Cortázar, Carlos Gabetta e Hipólito Solari Yrigoyen armaron el periódico Sin Censura, que daba cuenta del panorama dictatorial en América latina y circulaba aquí clandestinamente.

Vivió la guerra de Malvinas con el corazón en la boca y supo, desde el principio, que la jugada de Galtieri terminaría en tragedia. Para entonces ya enviaba algunas notas a la revista Humor desde París, donde se había instalado con Catherine en 1978. Con ella aterrizaría en Buenos Aires el 27 de marzo de 1983. Aquí Héctor Olivera ya encaraba su versión cinematográfica de No habrá más penas ni olvido, que se estrenaría en septiembre con muy buena repercusión. Cuarteles… también sería llevada al cine por duplicado, una versión argentina dirigida por Lautaro Murúa y una alemana que dirigió Peter Lilienthal. Años después compartiría con Olivera el guion de Una sombra ya pronto serás, protagonizada por Miguel Ángel Solá.

A pesar del éxito de sus libros, no le fue fácil el regreso a la Argentina, que se hizo definitivo en 1984. Le propuso a Andrés Cascioli un semanario que latiera a la altura de los comienzos de la democracia y armó íntegra la redacción para dirigir lo que fue El Periodista, pero una semana antes del lanzamiento tuvieron una pelea feroz en un restaurante y renunció. Fue una época de empantanamiento que destrabó trabajosamente con A sus plantas rendido un león, de cuya publicación se cumplen ahora cuarenta años. De 1986 son también sus primeros relatos futboleros, que aparecieron publicados inicialmente durante el mundial de México en el diario Il Manifesto de Italia y se conocerían en castellano al año siguiente, compilados en Rebeldes, soñadores y fugitivos. Con cuentos como “El penal más largo del mundo” Soriano es, junto a Sasturain y Fontanarrosa, un referente protagónico de la literatura futbolera. “A mí me gusta más el fútbol que la literatura”, llegó a decir: hincha apasionado de San Lorenzo, siguió desde el exilio la venta del estadio y luego el descenso. La sala de prensa del estadio cuervo lleva su nombre: estará encantado.

Fue uno de los fundadores de Página/12 y en el ADN inicial del diario estuvieron, sin duda, su estilo, su impronta. Un todo terreno: en sus contratapas escribía de libros y escritores, política y economía, cine y televisión, fútbol y box. Como le interesaba no repetirse fue desarrollando distintas sagas, como la “Llamada Internacional”, unos diálogos entre un periodista local que negocia notas con el editor europeo del Créase o no, con las trapisondas del menemismo como mercancías insólitas, o las historias con su padre que luego conformarían los Cuentos de los años felices, el contraste entre la valoración de la obra pública y la construcción de la patria y el proceso de privatizaciones de los 90, tironeos fundamentales que hoy se reeditan con el gobierno de Milei. En las contratapas también aparecieron sus lecturas de la Biblioteca de Mayo, una enorme compilación de textos fundacionales, y las “Memorias del Míster Peregrino Fernández”, los relatos insólitos de un director técnico en medio de la Segunda Guerra Mundial. La Opinión, Sin Censura, Página/12: como su obra literaria, la escritura periodística de Soriano es también de una enorme riqueza.

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En 2003 Juan Forn encaró en Seix Barral la reedición de su obra completa y sus novelas aparecieron con prólogos de Tomás Eloy Martínez, Fontanarrosa y Osvaldo Bayer, entre otros. Habían pasado seis años desde su muerte y ahí seguían sus lectores: entre 2003 y 2016 se vendieron 412.200 ejemplares de sus libros, más de 31.000 al año. Tan significativa fue esa vigencia como que dejaran de editarlo: desde hace años es difícil dar con sus novelas en las librerías argentinas. Pero hay buenas noticias: en marzo próximo, con un nuevo diseño y con la reedición de Triste, solitario y final y No habrá más penas ni olvido, Seix Barral volverá a poner su obra en circulación.

“Cuando contaba de sus pasiones era como plantar una bandera”, decía de él Antonio Dal Masetto, uno de sus amigos hasta el final. San Lorenzo y el fútbol, Borges y Roberto Arlt, Chandler, la literatura, la historia y el devenir del país, las computadoras en el último tiempo. Y los gatos: lo acompañaron durante toda su vida, eran fundamentales para algunas de sus decisiones y armó con ellos una mística entrañable, que perdura entre sus lectores. “Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo –escribió–. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos.” Y también: “La mitología dice que, al morir, los gatos van a sentarse sobre la redondez de la luna”. Ahí se lo ve, la curiosidad inagotable y la vocación intacta para seguir contando historias.

Escrito por
Ángel Berlanga
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