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EL HÉROE DE BUENOSAYRES

Invierno de 1967, más precisamente, un agosto ventoso y frío que más que lilas muertas de T. S. Eliot daba árboles desnudos. Gobernaba la dictadura del general de labio leporino. El silencio no era salud, así que había que ponerle palabras a todo; ir a buscar la libertad donde la hubiera fuera de la censura y la vigilancia enfermiza de los sabuesos del régimen. El mandato era transgredir. En una habitual recorrida por las librerías de la calle Corrientes, como una estudiante universitaria perdida entre libros y malaria económica, me atreví a pedirle al librero que me prestara Adán Buenosayres, de Marechal. Acababa de leer con pasión Cien años de soledad, y no sé por qué pensé que Buenos Aires tenía en sus entrañas la rara locura de esos personajes tan lejanos pero tan increíblemente mágicos y metafísicos como contaba García Márquez, aunque todavía no los había encontrado. Me faltaba el olor de la guayaba y la vegetación exuberante y la infinita lluvia torrencial del trópico, pero tenía la certeza de ser, por entonces, un personaje en busca de su destino como los de Macondo: estaba meditando cómo luchar contra el oscurantismo y aún buscaba en la clandestinidad de los pasillos vigilados de mi facultad desde qué trinchera batallar.

El librero –después mi querido amigo Horacio González Trejo– me miró con sorpresa. “En general no los piden prestados”, se rio. Tenía razón. Los estudiantes no solíamos tener la buena costumbre de pagar. Lo cierto es que me llevé el libro al bar El Colombiano y me sumergí (él vendría a buscarlo más tarde, me dijo) en las páginas del Adán… Y allí descubrí que Macondo podía ser Villa Crespo. Que ese libro (después supe que había aparecido el año de mi nacimiento pero que por su adscripción al peronismo, Marechal había sido vapuleado y despreciado) era la historia más increíble y potente sobre el alma de Buenos Aires. “La historia de un destino completo”, como había dicho Macedonio Fernández. Intuí entonces (ahora lo sé) que era una novela total de la Argentina. El caos, la locura, la creación, sin embargo, aparecían marcadas en un personaje que me deslumbró: el filósofo del kimono de la serpiente enroscada Samuel Tesler. Cuando llegué a este fragmento: “Digo, pues, que Samuel Tesler, no bien estuvo de pie, metió el pucho de su cigarrillo en un cenicero y lo reventó con la uña de su pulgar. Luego fue hasta el pizarrón y borró con esmero las anotaciones del día veintisiete. Salió por fin a la ventana y sus ojos dominaron la ciudad, que reía desnuda bajo el arponeo del sol. Entonces, como llevado por una idea fija, tendió un brazo elocuente y mostró los techos de zinc, las terrazas de color ladrillo, los campanarios distantes y las chimeneas que humeaban al viento.

”–¡Ahí está Buenos Aires! –dijo–. La perra que se come a sus cachorros para crecer”.

No recuerdo cuánto tiempo estuve saboreando esa frase, que era mi sentimiento de la ciudad amada y rabiosa que tantas veces había sentido en los textos de Roberto Arlt, que él había recorrido, contado, sufrido, señalado entre invento e invento: su otra vida. Hasta que el café se enfrió, y llegó Horacio a pedirme el libro. “Te lo voy a robar”, le dije. Horacio largó una carcajada: “No, te lo voy a regalar”. Entonces, disparé todas las preguntas sobre Samuel Tesler. Quién era ese personaje tremendo. Quise saber todo sobre él. Me contó que se llamaba Jacobo Fijman. Que había nacido en Rusia a fines del siglo XIX en una familia de campesinos judíos, inmigrados a la Argentina. Que era un sabio en matemática, filosofía, música clásica, griego, latín y religión. Que era poeta, pintor, músico, traductor y periodista. Que había frecuentado a Macedonio, a Oliverio Girondo y a los martinfierristas, y en París, a los poetas surrealistas Breton y Artaud. Que se había convertido al catolicismo y se creía santo por decisión divina. Que había sido torturado por policías y neurólogos con electroshocks, encerrado y encarcelado muchas veces, que había pintado desnudo mientras se persignaba, que vivía de la caridad, que su estado natural era la locura y que Marechal lo consideraba un héroe metafísico. Horacio concluyó: “Hace años está internado. Lo ayuda el poeta y abogado Vicente Zito Lema. Fijman pinta y escribe poesía que les regala a los enfermeros del Borda”.

Ya no recuerdo si fue ese día o en otros encuentros con Horacio cuando supe que nadie había podido contar como Marechal nuestra locura nacional. Tres años después, me esperaba la aventura de apasionarme con Megafón, o la guerra. Pero esa es otra historia.

Escrito por
Maria Seoane
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