Aníbal Troilo es una de las figuras más genuinas de la historia de nuestro tango. Será por siempre su Bandoneón Mayor, como lo bautizó Julián Centeya. Así quedará ligado por siempre a la identidad cultural de la Argentina, porque logró expresar con su instrumento los sentimientos más recónditos de varias generaciones. Conocido como Pichuco, Troilo fue mucho más que un extraordinario músico: fue un intérprete del alma porteña y un referente que transformó el tango en una expresión artística de alcance universal. “Yo nunca me fui, siempre estoy volviendo”, escribió. “Alguien dijo una vez que yo me fui del barrio. ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando.” Nada más gráfico para expresar su vínculo profundo con Buenos Aires, su gente y el tango. Así quiso explicar que aunque viajara y se alejara por un tiempo siempre regresaba a sus raíces y a los barrios porteños que tanto amó.
Nació el 11 de julio de 1914 en el Abasto, una zona donde el 2 por 4 era el fundamento del hacer cotidiano de la gente trabajadora. Desde chico sintió una atracción especial por el bandoneón. Se dice que insistió tanto para que le compraran uno que su madre hizo un gran esfuerzo económico para cumplirle el deseo. Ese instrumento sería su compañero inseparable durante toda la vida y el medio con el que narraría sus emociones que eran imposibles de decir con palabras. Su talento era increíble. Tenía una manera de tocar con la que combinaba precisión técnica y emoción de forma muy pareja. Cada nota parecía tener un significado especial. Buscó siempre ser diferente a otros intérpretes que luchaban por el virtuosismo. Troilo privilegiaba la manera de expresarse. Su bandoneón “hablaba”, respiraba y contagiaba nostalgia y melancolía.
El sonido de su orquesta era la síntesis del equilibrio. No era una formación que buscara el impacto por la velocidad, sino por la intensidad de cada acorde. Troilo comprendía que el tango era, antes que nada, un lenguaje que se comunica con sentimientos. Sus arreglos permitían que cada instrumento pudiera expresarse sin sobresalir de la unidad en medio de un conjunto de virtuosos que no pretendían lucirse técnicamente. Uno de los aspectos más admirables de Troilo fue su enorme capacidad para acompañar a los cantores.
Escuchaba con atención la respiración, los silencios y la intención de cada una de las frases. Por eso quienes cantaron con él siempre hablaron de su generosidad. Nunca buscó protagonismo; al contrario, entendía que la música debía construirse colectivamente. Un raro en un mundo de guapos. Un dotado que nunca permitió que su presencia fuese esencial, como sí lo era ese todo al que le daba vida y alma a este ritmo. El vínculo de Troilo con Buenos Aires fue inseparable. Cada uno de sus acordes parece recorrer calles empedradas, cafés, las esquinas iluminadas por faroles y los barrios donde nació el tango y donde se hacen esfuerzos por convivir con la alegría de los abrazos de los encuentros y la tristeza de las despedidas. Los músicos actuales y de cualquier ritmo reconocen la capacidad de Pichuco para transmitir emociones universales y encuentran en su música una belleza que conmueve. “Yo soy del barrio. Y el barrio es una manera de sentir”, sostuvo en tiempos complicados como otros muchos que la Argentina atravesó y atraviesa sin rendirse. Troilo es todos los barrios de Buenos Aires. Una de las maneras más genuinas de resistir, sin perder identidad. Cueste lo que cueste. Y contra todos los intentos.
