En el Abasto de los años 20, cuando el mercado era un hervidero de voces y carros, nació un chico que parecía mirar la ciudad con una intensidad distinta. Aníbal Carmelo Troilo, hijo de Felisa Bagnoli y Aníbal Troilo, llegó al mundo el 11 de julio de 1914, en una casa modesta donde el olor a sopa y a fruta madura se mezclaba con el ruido de la calle. El chico, al que llamaban Pichuco, creció entre el bullicio del mercado y las sombras de los bares donde los músicos afinaban sus instrumentos. A los 10 años, escuchó un bandoneón por primera vez con verdadera conciencia. No fue una melodía: fue una revelación. Lo miró como se mira un objeto que ya pertenece a uno antes de tocarlo. Convenció a su madre de comprarle uno. Lo pagaron en cuotas, con sacrificio. El vendedor desapareció antes de cobrar la mitad. Felisa, que era mujer de fe y de intuiciones, dijo que ese bandoneón estaba destinado a quedarse. Y así fue: Troilo tocó ese mismo instrumento durante décadas, como si fuera una extensión de su cuerpo.
A los 11 años, Pichuco debutó en un barcito pegado al Mercado de Abasto. Era pequeño, tímido, pero cuando abría el fueye parecía crecer. Los parroquianos lo miraban con una mezcla de ternura y asombro: ese chico tocaba como un hombre que ya había vivido demasiado. A los 14, dirigía su primer quinteto. No sabía de técnica académica, pero mucho de calle, de oído, de emoción. El tango era su idioma natural. En 1930, con apenas 16 años, ingresó al sexteto Vardaro-Pugliese, un semillero de talentos que luego serían gigantes. Allí aprendió que el tango podía ser precisión matemática y, al mismo tiempo, un desgarro íntimo. Absorbió estilos como quien junta pedazos de un espejo para construir su propio reflejo. Pasó por las orquestas de Maglio, Julio de Caro, D’Arienzo, D’Agostino, Cobián. Cada una le dejó una marca, pero ninguna lo definió. Troilo buscaba algo más profundo: un sonido que fuera suyo, una respiración propia. El 1° de julio de 1937, en el Marabú, debutó con su propia orquesta. Las luces del cabaret parecían más brillantes esa noche.
Buenos Aires, que siempre fue sensible a los cambios de clima musical, sintió que algo nuevo estaba ocurriendo. La orquesta de Troilo no era solo un conjunto de músicos: era una comunidad emocional. Cada arreglo, cada pausa, cada acento estaba pensado para contar una historia. Su sonido era redondo, cálido, profundo. No buscaba deslumbrar : buscaba conmover. En 1939, un joven bandoneonista entró a su orquesta: Astor Piazzolla. Piazzolla, que venía con ideas revolucionarias, encontró en Troilo un maestro inesperado. Troilo le enseñó que el tango no era solo estructura: era alma. Piazzolla, años después, recordaría que Pichuco fue el único capaz de mostrarle la frontera entre la técnica y la emoción. Troilo no solo dirigía: componía. Y lo hacía con poetas que sabían escuchar la ciudad: Homero Manzi, Cátulo Castillo, Cadícamo, Contursi, y de esos mágicos encuentros nacían obras memorables como “Sur”, “Garúa”, “La última curda”, “Romance de barrio”, “Che bandoneón” y “Desencuentro”, entre tantas. Por su orquesta pasaron cantores que hoy son leyenda: Fiorentino, Marino, Rivero, Rufino, Floreal Ruiz, Nelly Vázquez, Goyeneche. Con Roberto “Polaco” Goyeneche, especialmente, formó una sociedad artística que rozaba lo místico. Cuando el Polaco fraseaba, Troilo lo miraba como quien escucha un secreto. Sus grabaciones conjuntas son diálogos entre un bandoneón que suspira y una voz que parece hablarle a la ciudad. Troilo era tímido, afectuoso, generoso. Caminaba por Buenos Aires como un vecino más, pero la gente lo reconocía por la forma en que llevaba el bandoneón: con respeto, casi con devoción. Cuando le preguntaban por qué cerraba los ojos cuando tocaba, respondía: “Porque me estoy mirando para adentro”. Murió el 19 de mayo de 1975, a los 60 años. Dicen que ese día Buenos Aires quedó un poco más silenciosa; solo resonaba una frase: “Si yo nunca me fui de mi barrio, siempre estoy volviendo”.
