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MEMORIAS DEL ETERNAUTA

La democracia argentina gateaba luego de la larga noche dictatorial y la libertad se tomaba por asalto y los libros salían de sus escondites de barro para mostrarse desnudos y alegremente impúdicos en bibliotecas, librerías, colectivos y bares. Muchos volvíamos del exilio en los primeros meses de 1984. Se terminaba la fractura ontológica entre el ser y el estar. Para soldarla, una de las primeras tareas era buscar trabajo. Así llegué a una cita con José Boris Spivacow en las oficinas del Centro Editor de América Latina, que había sobrevivido al Fahrenheit 451 del terrorismo de Estado, por la quema de un millón y medio de libros de su editorial en un basural de Sarandí el 26 de junio de 1980, llevada adelante por los oberführer de Videla. Y mientras quemaban sus libros lo quemaban a él, porque fue obligado a presenciar ese crimen.

Boris era apasionado y locuaz, como su gigantesca obra editorial. Cuatro años después de la quema, había vuelto al frente de CEAL y había reiniciado su colección de pequeños libros sobre la fauna argentina, coordinada por Graciela Cabal, en la que me encargaría un texto sobre el hornero. No sé por qué le pregunté qué recordó en esos momentos del incendio inquisitorial. “La revista Gatito”, me dijo. Un silencio espeso se instaló hasta que comencé a llorar sin pudor. Temblé como si en ese momento se hubiera producido el big bang de mi propia historia, cuando se fundió mi conciencia y mi existencia con el lenguaje escrito, mixturada con la historia del país: estábamos ahí las víctimas y los sobrevivientes: Boris, yo, mi padre y el desaparecido y querido eternauta Héctor Germán Oesterheld. “Nací en la década en que en la Argentina se producían 250 millones de libros”, le dije, mientras Boris no salía de su asombro por mi conmoción. Le confesé que mi padre me había enseñado a leer en 1952 (tenía 4 años) con Gatito (un gato con botas criollo), cuya colección Boris había creado para la editorial Abril. Recordamos que Oesterheld había escrito con el seudónimo de Héctor Sánchez Puyol. Recordamos el calvario de nuestro héroe, el gran Juan Salvo, de su Eternauta eterno, de su secuestro, del dolor de su esposa Elsa en su búsqueda desesperada de él y de sus cuatro hijas y sus maridos desaparecidos; recordamos la genialidad de Héctor no alcanzada nunca en la saga de la historieta argentina. Y no sólo la sensibilidad tremenda de ese geólogo para narrar cuentos de ciencia ficción sino su imaginación y pluma deliciosas para los relatos infantiles, para crear personajes entrañables, como el amigo de Gatito, Pilín; los ratones Parmesano y Gorgonzola; el Rey Panza I; el capitán Renegundo, jefe de la guardia real; la bruja Coquita; la princesa Tilina; el Ogro Rompococo; Retorcido, primer ministro; el enanito Berilín; los malvados Gatoto y Ratongo; la gatita Perlina; el Perrito Doctor…

Nos reímos con Boris al mentar que los episodios transcurrían en la corte del Rey Panza I que tenía al Palizero como remedo de instrumentos de tortura medievales, donde iban a parar todos los acusados por el rey. Que en el primer episodio, Gatito ve pasar a los ratones Parmesano y Gorgonzola, huyendo del capitán Renegundo, acusados de comer un queso de la quesera real. Y que al final Gatito prueba la inocencia de sus amigos y la culpa del capitán, que es castigado por el rey. Ya en esos cuentos despuntaba el alma justiciera de Oesterheld, Juan Salvo, líder de la resistencia humana en El eternauta, que intentará salvarnos de los Manos y sus cascarudos-robot, los Gurbos.

Me despedí de Spivacow con la certeza de que nos volveríamos a ver. Han pasado más de tres décadas de ese encuentro. No me repuse pronto. Era muy temprano y me instalé en una mesa de un bar de la Avenida de Mayo antes de ir a otra cita de trabajo. Necesitaba unir los pedazos de una historia compartida pero al mismo tiempo tremendamente íntima; volver al recuerdo intenso de los cuentos que me ayudaba a leer mi padre y mi placer de avanzar en el texto, palabra por palabra, al ritmo de sus festejos. Necesitaba confirmar que pocas cosas habían sido para mí tan parecidas a la libertad, a una revolución, como lo había sido aquel momento fundacional en el que aprendí a leer y a soñar con palabras para nombrar mi vida y la de los otros.

Escrito por
Maria Seoane
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