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LOS PIONEROS

La conquista española, como todas sus colegas en esto de oprimir y maximizar ganancias con el mínimo costo posible, no se destacó por fomentar la lectura entre sus nuevos súbditos americanos.

Como decía Manuel Belgrano: “Hubo un tiempo de desgracia para la humanidad en que se creía que debía mantenerse al pueblo en la ignorancia, y por consiguiente en la pobreza, para conservarlo en el mayor grado de sujeción; pero esa máxima injuriosa al género humano se proscribió como una producción de la barbarie más cruel, y nuestra sabia legislación jamás, jamás la conoció”. Recién con la llegada de los jesuitas, en el siglo XVII, florecen colegios y la primera universidad. “El imperio jesuítico”, como lo llamaría Lugones, fue combatido por el absolutismo y la orden fue expulsada en 1767 por el rey Carlos III. Algunos de esos colegios se convirtieron en reales y otros cerraron. Le tocará a la Revolución de 1810 la tarea de promover la educación y la lectura.

Muy tempranamente, uno de sus protagonistas, Belgrano, proponía: “Pónganse escuelas de primeras letras costeadas de los propios y arbitrios de las ciudades y villas, en todas las parroquias de sus respectivas jurisdicciones, y muy particularmente en la campaña, donde, a la verdad, residen los principales contribuyentes a aquellos ramos y a quienes de justicia se les debe una retribución tan necesaria. Obliguen los jueces a los padres a que manden sus hijos a la escuela, por todos los medios que la prudencia es capaz de dictar”. Para él, se trataba de un acto de justicia y de un imperativo económico sin el cual ninguna nación podría prosperar.

El secretario de Guerra y Gobierno de la Primera Junta, Mariano Moreno, fundó nuestra primera biblioteca pública, con libros donados por él mismo, Manuel Belgrano y su primo Juan José Castelli. Dirá Moreno el día de su fundación: “Las utilidades consiguientes a una biblioteca pública son tan notorias, que sería excusado detenernos en indicarlas. Toda casa de libros atrae a los literatos con una fuerza irresistible, la curiosidad incita a los que no han nacido con positiva resistencia a las letras, y la concurrencia de los sabios con los que desean serlo produce una manifestación recíproca de luces y conocimientos, que se aumentan con la discusión, y se afirman con el registro de los libros, que están a mano para dirimir las disputas”.

Moreno también fundó La Gazeta de Buenos Ayres, el órgano de prensa de la Revolución, que fomentaba la lectura y publicaba las novedades literarias. A su muerte, su obra será continuada por el patriota tucumano Bernardo de Monteagudo, que se hará cargo de la dirección y fundará a su vez Mártir o Libre, vocero de los sectores más radicalizados de la Revolución.

San Martín fundará las bibliotecas de Mendoza, Santiago y Lima. Esta última, en el edificio que ocupaba la Santa Inquisición. Donde se torturaba, asesinaba y se quemaban libros, el libertador instaló la lectura y la libertad de pensamiento. El día de la apertura dijo: “Los días de inauguración de bibliotecas son tan tristes para los tiranos como felices para los amantes de la libertad. Ellos establecen en el mundo literario las épocas de los progresos del espíritu, a los que se debe en la mayor parte la conservación de los derechos de los pueblos (…) La biblioteca es, destinada a la ilustración universal, más poderosa que nuestros ejércitos para sostener la independencia”.

Él mismo fue un gran lector hasta el final de sus días, estimulando en su hija y en sus nietas el amor por la lectura. Estos fueron los pioneros de la difusión de la lectura, los grandes promotores de la educación en la época fundacional de nuestra Revolución a quienes nunca deberíamos olvidar en una historia de la lectura, en un país que dio algunos de los mejores escritores de habla hispana y soportó las peores censuras inquisitoriales y la quema de libros por parte de dictaduras cívico-militares dirigidas por “liberales” argentinos tan lejanos a aquellos fundadores de la Patria, algunos de los cuales fueron reemplazados por animalitos en los billetes. Uno de los máximos exponentes del régimen que acaba de concluir se ufanaba de que era lo mejor que se había hecho en sus cuatro años de gestión. Mejor leamos este interesante número de Caras y Caretas.

Escrito por
Felipe Pigna
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