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MODERNO Y REVOLUCIONARIO

Manuel Belgrano, joven miembro de una de las familias más acomodadas de Buenos Aires, bien pudo haber utilizado su título de abogado obtenido en España para tener un buen pasar en Europa o para continuar con los negocios familiares en Buenos Aires, pero decidió ponerse a disposición del cambio de las injustas condiciones de vida, de la modernización de la economía, del impulso de las nuevas ideas en la industria en su tierra, que por entonces estaba muy lejos de constituirse en una nación. Lo hizo en medio de un régimen colonial que iba en exacto sentido inverso a sus intenciones. Pero ese enorme obstáculo, lejos de desanimarlo, pareció estimularlo a dejarnos cada año un plan de gobierno en sus Memorias del Consulado. Allí se ocupó de los temas que deberían desvelar a un verdadero estadista: la agricultura, la ganadería, la situación de los campesinos, las vías de comunicación, la introducción de nuevos cultivos, el fomento permanente de la industria y, sobre todo, de la educación, a la que entendía como necesariamente gratuita y obligatoria, en igualdad de condiciones para niños y niñas, hombres y mujeres.

Fue pionero de nuestro periodismo. Comprendiendo claramente la función didáctica y transformadora de la prensa, participó activamente en el Telégrafo Mercantil, el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio y el Correo de Comercio.

Fue el único funcionario colonial que se negó a prestar juramento a “Su graciosa Majestad” durante las Invasiones Inglesas y partió a Montevideo a incorporarse en las tropas de Liniers que preparaban la reconquista.

Tuvo un rol protagónico en las acciones políticos-militares que conducirían a la Revolución de Mayo, en las que tuvo el honor de presentarle al virrey el ultimátum que decidiría su renuncia.

Como vocal de la Primera Junta, apoyará las ideas innovadoras de Moreno, pero deberá marchar hacia su primera “misión imposible” al Paraguay, en el transcurso de la cual dictará el “Regimiento para los pueblos de las Misiones”, uno de los documentos jurídicos más modernos y revolucionarios de nuestra historia, en el que por primera vez quedan claramente explicitados y garantizados los derechos de los pueblos originarios. Seguirán su instalación de las baterías Libertad e Independencia en las costas del Paraná, y sí, su creación de la escarapela y la bandera; su durísima campaña en el Norte, el glorioso éxodo del pueblo jujeño y las victorias de Tucumán y Salta. Los que exaltan la falta de conocimientos y pericia militar de Belgrano, siempre admitida por él, prefieren destacar sus derrotas en Vilcapugio y Ayohuma.

En su misión diplomática a Londres, Belgrano no dejará de señalar los manejos turbios de Manuel de Sarratea y de responsabilizar a Rivadavia por el rumbo dado a las tratativas.

Planteó, contra la opinión de los “doctores de Buenos Aires”, el proyecto de una monarquía constitucional al frente de la cual se imaginaba a un inca. No alcanzaron los calificativos para denostarlo, pero mantuvo su posición, con el apoyo de Güemes y de San Martín, hasta las últimas circunstancias.

Tuvo que volver a hacerse cargo del nuevamente destrozado Ejército Auxiliar del Perú, más conocido como Ejército del Norte, y participar en la guerra civil. Su salud completamente deteriorada lo obligó a retirarse en medio de enormes diferencias con el decadente Directorio.

La historia que durante mucho tiempo tuvo el monopolio de la formación de nuestros niños y jóvenes fue instalando la didáctica de la pobreza, haciendo gala del ejemplo para las futuras generaciones que implicaba la muerte de Belgrano en la más absoluta miseria. Según sus leyes de la obediencia y el ejemplo, no hay nada mejor para los demás que morir pobres. Aprender a morir como se nace, sin disputarles los ataúdes de roble, los herrajes de oro, las necrológicas de pago y las exclusivas parcelas en los cementerios privados, es para ellos una virtud a inculcar.

Escrito por
Felipe Pigna
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