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LA LITERATURA ARGENTINA, ENTRE DOS CALLES

Durante la década de 1920, el grupo Florida y el grupo Boedo comenzaron a tejer estéticas singulares y a menudo antagónicas. El primero reivindicaba búsquedas idiomáticas gráciles e influencias universales, el segundo trabajaba con lo popular y se hacía eco de las postergaciones proletarias.

Por Horacio González. En 1924, en la revista Proa –una idílica maqueta del grupo Florida–, el crítico Luis Emilio Soto no tiene ningún problema en comentar el libro de poemas de Álvaro Yunque, un “boedista”, junto a otro de Borges. En ambos la ciudad se levanta como tema. El libro de Yunque canta a las estaciones de tren donde rugen loco- motoras, hay un toque futurista con relación a las máquinas y un sentimiento misericordioso con el lustrabotas y ese precario cajón en que pule zapatos “por diez centavos”. En el mismo año, en Fervor de Buenos Aires, Borges toma, entre otros, el tema de la carnicería. Percibe en ella unos “mármoles finales”, como los de la Recoleta, pero allí ya es la “retórica del mármol”. En esa nota de Soto no se podría adjudicar ninguna nitidez a las disyuntivas entre Boedo –tributo al llanto social y la pesadumbre de los oprimidos– y Florida  –que, en palabras de Oliverio Girondo, era invitada a practicar un americanismo “previo tijeretazo a todo cordón umbilical”, pero sin olvidar que usamos “toallas francesas y jabón inglés”–. La palabra borgiana “fervor” era para decir que se trataba del entusiasmo desinteresado por la vida del espíritu. Proa llama a la unidad de una juvenilia renovadora, sin que cada grupo pierda su personalidad. Pero hay algo en los es- tilos, el énfasis y el sabor de las interpretaciones que establece una diferencia inevitable, allí mismo donde se pretende una armonía. Las circunstancias que obligan a ver esas diferencias que se sospechan como una incisión grave en el cuerpo literario nacional no alcanzan para denominar agrupamientos por su nombre ideológico, sino por el territorio simbólico que ocupan. En la calle Florida, la literatura que suma búsquedas idiomáticas con metáforas gráciles, y en Boedo, el asentamiento de lo popular, carente de toallas importadas, para fundar el amorío con los levantiscos lectores proletarios. Boedo se toma en serio la confrontación y le pone nombre. Florida quedará, en el balance que hace Borges mucho después, como una “broma” o un simulacro. Es lógico que en Florida se consignaran juegos vanguardistas, y la creencia grupal se tratara como una alegoría o una sutil ironía, y que Boedo acatara su proposición realista y social seriamente, para designarse como un proyecto literario de militancia efectiva. En Tinieblas, Elías Castelnuovo había llevado a un punto de consumación casi perfecta la descripción del trabajo en el mundo de las máquinas –las rotativas–, y del resultado tenebroso que eso forjaba en las conciencias laborales. “La alegría de vivir estaba desterrada del taller, aquí se respira el estaño de la muerte.” Castelnuovo es un folletinista del hombre sufriente, al que aplasta su condición de ser un apéndice cautivo de la maquinaria. Se puede decir que el esplendor de Florida se fabricaba con las tinieblas, la irrespirable miseria y la convivencia con las larvas, todo lo cual se testimonia gracias a Boedo. Sea el taller tipográfico, sea el reformatorio de niños poseídos por el daño contra sí mismos y contra el mundo, que a su vez los ha convertido en pequeños monstruos. Castelnuovo muestra la caída en la miseria como indicio futuro de una redención. Ese es el propósito del miserabilismo literario, y Castelnuovo lo afrontó hasta las últimas consecuencias.

AMBIENTES OPRESIVOS

La elección de los ambientes opresivos también caracteriza la obra más conocida de Roberto Mariani, Cuentos de la oficina. En “Balada de la oficina”, la apertura de esos cuentos, la oficina habla, se dirige al empleado cuya carne tortura en nombre de la voz buro- crática del deber. “Entra; penetra en mi vientre, que no es oscuro, porque, ¡mira cuántos Osram flechan sus luminosos ojos de azufre encendido como pupilas de gata!” Mariani contempla también las vidas machucadas, manufacturadas por la obediencia a un orden administrativo racionalizante. Esta crítica a la racionalidad abstracta del trabajo la ponía en términos de una escritura melancólica, sin estridencia ni crudeza, pero debía entenderse como un rechazo a la explotación capitalista. En nombre de estas ideas, Mariani critica a la revista Martín Fierro, que se superpone con el fantasmal “floridismo”, por invocar un nombre gauchesco siendo europeísta y por festejar la literatura de Lugones, un hombre que todos discuten por obvias razones, pero que los “martinfierristas”, aun los más adversos, respetan. No sería inapropiado decir que Roberto Arlt sale de las fraguas de Boedo, donde el sufrimiento humano, entreverado con ecos salvíficos, es mostrado como un producto de la opresión de un sistema cruel que aniquila la vida popular, al punto de que la salida de este infierno de dolencias y espantos puede convertirse en el plan delirante de transformar el mundo. Así lo expondrá Arlt, tomando sin duda elementos del cristianismo proletario de Castelnuovo y de la emancipación de la oficina racionalizada e iluminista de Mariani, pero por la vía de las sectas esotéricas, la invención de revoluciones apocalípticas y una turbada individualidad suicida; tal, el caso de Erdosain, que era un oficinista. El “boedismo” de Arlt se expresa en que no le son ajenas las desdichas del proletario o la prostituta, o las ideologías de redención, pero el empleo de modos narrativos que llevan los hechos hacia un abismo de extravío, éxtasis y fabulación mística lo acerca a los climas dostoyevskianos, en una interrogación del tesoro literario mundial, que lo pone en un plano más evi- dente de diálogo con el floridismo. No coincidía con las posiciones de Florida, que podían evocar a Joyce o Valéry, pero ponía el es- pectral debate en otro plano de exigencias, al traer con fuerza in- usitada la veta literaria rusa. Castelnuovo, quizás el escritor más empeñado en trazar la divisoria social y política entre las dos facciones, dijo alguna vez: “Ellos eran los pitucos y cajetillas, nosotros los proletarios, linotipistas o repartidores de soda, como César Tiempo.” La escisión entre literatura burguesa metafísica y literatura proletaria realista-social, sin embargo, no es fácilmente sustentable siquiera en los términos en que muchos lo planteaban en aquellos años 20. Dos décadas después, la irrupción del peronismo sería una forma inviolable de cerrar el etéreo conflicto. Castelnuovo y César Tiempo pasan a formar parte de las filas del naciente peronismo, mientras que Borges abandona su yrigoyenismo a mediados de los años 30 y dedica su obra a pensar alegóricamente las complejas tramas culturales del movimiento que desde 1945 partiría las vidas de la intelectualidad argentina.

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