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“El nuevo nombre del demonio es populismo”

Psicoanalista y ensayista, Jorge Alemán piensa la realidad argentina a la luz del presente escenario de crisis, en una sociedad que hasta hace muy poco supo estar polarizada, y todavía lo está en alguna medida, y bajo un gobierno que hace del odio su instrumento de dominación.

Por Mariano Beldyk. Jorge Alemán es un pensador agudo de nuestros tiempos. Formado en el psicoanálisis, apóstol de la escuela lacaniana, a menudo ha volcado su pluma para analizar la realidad y sus matices, indagando en las corrientes de ideas que la atraviesan y la definen. En sus ensayos conviven la filosofía y la política, incluso algunos retazos de la poesía en la que también incursionó desde su juventud. Temas como los horizontes neoliberales, la construcción opresora del capitalismo y la izquierda lacaniana forman parte de su extensa lista de obras. Alemán se exilió en España en 1976, con la irrupción de la dictadura cívico-militar, aunque mantiene el contacto con sus raíces. Cree que el país se encuentra a la expectativa de una decisión y que lo que esa persona decida –juega al misterio con el nombre y nunca dirá de quién habla aunque no es difícil advertirlo– definirá la batalla en el campo popular. En marzo, estuvo en Buenos Aires, ocasión en la cual dialogó con Caras y Caretas sobre el país en un año clave para su futuro.

–¿Cuál es el estado de salud de nuestras sociedades? ¿Se las puede diagnosticar de alguna manera metafórica desde su formación cultural y médica?

–Creo que es imposible diagnosticar de manera firme y estable y con un solo concepto un estado de salud de nuestras sociedades. Lo que sí es seguro es que estamos sumergidos en una suerte de estrés, de violencia sistemática y de desesperación general porque son muchas las instancias que se resquebrajan frente a nuestros ojos. Tanto en lo personal como en la vida laboral y social.

–¿Qué responsabilidad les cabe a los gobiernos en esta anemia social?

–En la Argentina, estamos frente a un gobierno que no es uno más. Ni siquiera un mal gobierno. Sino uno que parece tocar el suelo mismo de la Nación. Hay una especie de vértigo, de situación cuasi traumática a la vista. Basta ver los incidentes diarios, el estado de angustia de la gente, la sensación de que no hay límites u horizontes. Es decir, todos los efectos que se generan en una situación caótica que no se puede interpretar muy bien.

–Afirma que este es un gobierno que está tocando el piso de la Nación, ¿es comparable a otros gobiernos o momentos, hubo otros tiempos históricos en los que se alcanzó la misma sensación de caída?

–A cada rato se evocan esos otros momentos pero, como estamos en el siglo XXI y se ha vuelto el capitalismo mucho más complejo y sus situaciones críticas sirven para que se rehaga, se reponga y concentre todavía más sus riquezas, me parece que todo esto da un acento aún más dramático al asunto. Es decir, se puede comparar con 2001, con el 89, pero me parece que esta situación, tal como se organiza el mundo hoy, lo vuelve todo mucho más inestable. Y no sólo en la Argentina, sino en todas partes. Es fácil advertir que hay una contraposición entre el capitalismo y el orden democrático en todo el mundo y eso le da particular gravedad a nuestra situación.

–En una entrevista que le brindó al ciclo de YouTube La García, en enero de 2018, usted señalaba que el odio era el motor del gobierno de Cambiemos, ¿sigue pensando así?

–Sí, en primer lugar porque nunca vi a este gobierno suscitando ninguna pasión positiva hacia ellos. Todo lo han organizado bajo la idea de que ellos venían a neutralizar lo que ellos consideraban el mal. Es un gobierno que nunca firmó nada. No creo que la gente recuerde a Macri, o tenga una foto de él o se lo tatúe en un brazo. Lo que este gobierno supo canalizar en un primer momento es un odio arraigado en una parte de la población, que hunde sus raíces históricas en el antiperonismo pero que sumaba, por otro lado, nuevos ingredientes con la aparición de ella (la ex presidenta y senadora Cristina Kirchner).

–Este odio al que usted hace alusión, es posible verlo replicado en otros lugares del mundo, más allá de las posturas políticas. Hay un discurso del odio en Venezuela, en los Estados Unidos, hasta en varios países de Europa, ¿hay un hilo conductor entre todas estas realidades sociopolíticas? –Siempre todo sistema busca reproducir sus relaciones sociales de producción. Es un principio de Marx que sigue vigente. Hay que ver que esas relaciones ahora no son las mismas que en la época industrial porque la “financiarización” del mundo las ha cambiado. Pero en esencia el sistema busca reproducirse a condición de lo que sea. Y puede, en determinadas coyunturas, hacer funcionar distintas variables del odio como cierre de lo político, de los procesos transformadores y de todo aquello en lo que se apueste por otra cosa. Buscar zonas de miedo, de odio. Generar inseguridad y a la vez prometer seguridad. Todo lo que figura en el menú de estrategias de estos nuevos dispositivos neoliberales. –Hay un concepto que el pensador británico Owen Jones utiliza en sus obras que gira en torno a la “demonización de la clase obrera” como una suerte de mecanismo de disgregación social. ¿Cuál es la amenaza que representan estas clases populares para los sectores del poder si traemos ese concepto a la Argentina? –Todavía hay que meditar lo que ha significado la caída de los países socialistas. Los nuevos poderes no quieren transar nada, no quieren soltar nada. Por eso, bajo la ayuda de la figura espectral de Venezuela, combaten en todo el mundo lo mismo. Toda política que quiera representar intereses populares es estigmatizada, demonizada y se utilizan los mismos recursos: con (el laborista Jeremy) Corbyn, en Inglaterra, con Podemos, en España y aquí, en América latina, con los movimientos nacionales y populares porque han entrado en una etapa en la que ya no quieren ceder nada.

–Y usando la etiqueta “socialista” como una suerte de yugo pese a que muchas de estas expresiones que usted cita no son socialistas, en esencia, si bien pueden tener un mayor o menor costado humanista en su cosmovisión política…

–Pero como no quieren ceder nada… Además, el nuevo nombre del demonio es populismo, no socialismo.

–Mencionaba antes la crisis de 2001 como una de las tantas comparaciones históricas que suelen aparecer al buscar un contexto para la crisis actual. Entonces hubo cierta confluencia antisistema entre los intereses de las clases populares y medias, que hasta se fundieron en el lema “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. ¿Pueden ser aliadas una vez más?

–No hay nada que lo garantice pero podría ocurrir. En 2001, las clases medias y populares confluyeron pero esa coalición no trajo aparejada, en principio, una traducción política. No llevaron a un proyecto político al gobierno. El proyecto político apareció aunque no por resultado de esa coalición. Pasaron seis presidentes.

–¿Esas alianzas son circunstanciales, producto de un momento excepcional, o son sectores destinados a ser rivales en un sistema de clases como el que vivimos?

–No, no creo que estén destinados a nada. Podría darse. Lo que se debe hacer es el trabajo de articulación política para conseguir eso en forma espontánea. Por sí solo no se va a dar. Tampoco es imposible que surja. En la Argentina están los líderes para conseguirlo, siempre que podamos salir del impasse en el que estamos.

–¿Se atrevería a analizar a la Argentina en clave lacaniana en este año de elecciones?

–(Ríe) No, preferiría no hacerlo. Sólo puedo decir que hay una expectativa de que se tome una decisión en el campo popular (a propósito de la decisión de la senadora Kirchner de presentarse o no como candidata presidencial en octubre). Todos estamos pendientes de eso.

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