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EN PRIMERA PERSONA

El historiador y director de Caras y Caretas entrevistó a Raúl Alfonsín en 2003 para repasar su gestión al frente del Poder Ejecutivo entre 1983 y 1989. Aquí, un extracto con lo mejor de ese encuentro.

Por Felipe Pigna.

-¿Con qué país se encontró cuando asumió el gobierno en diciembre de 1983?

–Nos encontramos con un país muy especial. Se había producido un extraordinario crecimiento de la deuda externa y nos tocaba administrar el país con esa crisis, que no asumió nadie. Por eso, durante todo mi gobierno, las cosas malas que sucedían en la Argentina eran atribuidas a errores, equivocaciones y aun hasta perversidades del gobierno. Estábamos en cesación de pagos desde el punto de vista económico y era una situación sumamente grave por cuanto no había crédito para el sector público ni para el sector privado. Además, por ejemplo, podía aterrizar un avión de Aerolíneas Argentinas en un aeropuerto y lo podían embargar.

–El contexto internacional no ayudaba demasiado…

–Teníamos que luchar contra cúmulos de ideas nuevas en el campo económico y social: el neoconservadurismo, que potenciaba el mercado y pretendía un Estado mínimo, prácticamente desertor, que consideraba que era inocua cualquier medida que se tomara en defensa de los sectores más necesitados. En el marco de esa concepción, que algunos llaman neoliberal, y en el marco de una vulnerabilidad mayor de la economía argentina por el problema de la deuda, habíamos perdido independencia. Y cuando teníamos que recurrir al crédito internacional, los organismos establecían condiciones de acuerdo con esas concepciones del Estado neoconservador.

–¿En qué quedó la promesa de campaña “con la democracia se come, se cura, se educa”?

–Queríamos poner en marcha la concepción del Estado de bienestar. Pusimos en marcha el Plan Alimentario Nacional (PAN), que fue aplaudido por organismos internacionales. Pusimos en marcha el Plan de Alfabetización, el plan ABC, que daba útiles escolares a millones de niños pobres. Terminamos con la limitación que existía para el ingreso a las facultades. Estas eran las políticas de esta concepción fundamental y básica del Estado de bienestar.

–¿Cuál fue el criterio para procesar a las cúpulas militares y guerrilleras?

–Hay tres formas de atender el problema de los derechos humanos para atrás: una es la amnistía y el olvido, que se ha aplicado en todos los países del mundo. Otra es pretender procesar a todos los que puedan parecer imputables. Eso no se ha aplicado nunca en ningún país de la Tierra. Y la última es buscar conductas paradigmáticas para demostrar que no hay impunidad. Eso es lo que pretendimos. Por eso, mientras procurábamos la detención y el procesamiento de la subversión, también lo hicimos con las Juntas Militares.

–¿Qué urgencia política lo llevó a enviar al Parlamento la Ley de Punto Final?

–Ni los jueces militares ni los civiles hacían marchar los expedientes, y las tensiones militares subían extraordinariamente. Advertí la necesidad de movilizar a los jueces y establecer un punto, que fue la llamada Ley de Punto Final, después del cual, quienes no hubieran sido procesados debían quedar afuera del proceso. Se comenta esto como si hubiera sido un desastre, pero aumentó considerablemente el número de los procesados porque todos los jueces procesaron a todos los que tenían imputados. Fue una medida que aceleró el proceso, movilizó las instancias. No hubo ningún perjuicio desde el punto de vista de los derechos humanos.

–Pero la multiplicación de los juicios aumentó el malestar militar y llevó a la sanción de la Ley de Obediencia Debida, que implicó la libertad para centenares de represores y torturadores.

–El tema llegó a una situación tal que finalmente los juicios se extendieron también a otros niveles más bajos, y la situación se puso muy grave. Yo me había obligado a volver a lo inicial de la ley, que establecía la presunción de que quienes hubieran actuado cumpliendo órdenes estaban equivocados. Había un error acerca de la legitimidad de la orden impartida. El tema de la obediencia debida no es mío. En definitiva, se hubieran llevado a la Corte todos los juicios y la Corte hubiera tenido que operarla, porque era la ley más benigna al momento de la comisión del delito y este es un axioma del derecho penal.

–¿Qué conversó con Aldo Rico en la Escuela de Infantería aquel Domingo de Pascuas?

–Cuando llegué a la Escuela vi a un muchacho joven que estaba muy nervioso, muy sensible. Me pareció una persona sincera. Venía de las Malvinas; estaba muy emocionado. Tanto Rico como este muchacho me decían que no realizaban una acción contra el gobierno, sino contra su jefe.

–Se suponía que el jefe era usted.

–Yo era el jefe, sin duda. Era comandante en jefe, como lo establece la Constitución. En Semana Santa logramos encontrar soluciones sin derramamiento de sangre. Son mentiras que hice algún tipo de negociación. No hubo negociación. Pusimos a disposición de la Justicia militar a todos los que habían actuado, y así se actuó.

–¿Por qué fracasó el Plan Austral?

–Teníamos que terminar con la inflación y, al mismo tiempo, no cumplir con lo que nos pedía el FMI, que era un déficit que llegaba a tal punto del presupuesto que hubiera significado una enorme desocupación. En un principio los resultados del Plan Austral fueron extraordinarios, pero al mes de ponerlo en marcha, los sectores sindicales se montaron en una real legítima defensa de los derechos de los trabajadores y, en el marco de una crisis, no podíamos satisfacer todas las demandas.

–La gente recordaba los eslóganes de campaña.

–La gente pensó que lograda la libertad iba a encontrar solución para todos sus problemas, y la crisis dijo que no. Sufrimos hasta catorce huelgas generales y miles de huelgas particulares, con una prédica de la izquierda tremendamente dura –todo lo blanda que había sido contra la dictadura–, y con una prédica de la derecha también tremendamente dura. Es lo que les pasa a los gobiernos que aspiran a reformas sociales y a soluciones de tipo social, a la democracia con contenido social. En el marco del liberalismo político recibimos la andanada de los dos lados.

–¿Por qué, tras los éxitos iniciales, volvió la inflación hasta transformarse en híper?

–En ese momento se vivió la caída de los precios internacionales de los productos agropecuarios. Fue una caída estrepitosa que nos obligó a poner impuestos. Poco a poco, tuvimos que emitir, porque habíamos quedado desfinanciados por la caída de los precios. Todo esto se daba mientras la situación político-institucional generaba ciertas incertidumbres que conspiraban contra la economía. Desde la Semana Santa tuvimos varios problemas militares, después tuvimos el de La Tablada, en enero del 89, que fue una cosa totalmente inusitada, un golpe de gracia también a la economía.

–¿Por qué el establishment se decidió por Carlos Menem?

–Cuando la gente de la economía advirtió que las encuestas daban triunfante al doctor Menem, quisieron saber qué proponía. Y, ¿qué proponía? Una revolución industrial con salariazo, disminución de impuestos y no aumentos de tarifas. Evidentemente, todos salieron corriendo hacia el dólar. Los bancos aconsejaban irse al dólar. Fue un problema muy agudo. Tuvimos que cambiar la política. Así llegamos a las elecciones y, a pesar de todo, hicimos muy buena elección. Tuvimos una oposición permanente muy sistemática, casi una oposición desleal, porque si bien defendió el sistema en su momento, procuraba el fracaso del gobierno.

–¿Quiénes fueron los responsables de la hiperinflación?

–Yo era el presidente, así que soy el primero. Ideológicamente, le contesto: el neoliberalismo, el neoconservadurismo. La hiperinflación fue el resultado de varias cosas. Creo que ya todo el mundo estaba contra nosotros. El FMI estaba muy fastidiado porque el Banco Mundial nos había dado un crédito sin la luz verde del Fondo.

–Sin embargo, en aquel momento usted acusó a la izquierda. Recuerdo las detenciones de los dirigentes del PO. Ningún neoliberal fue a la cárcel en aquellos días del 89.

–Yo creo que también lo señalaba con mucha claridad, me refiero a lo de la Sociedad Rural Argentina. Yo tenía que pelear a dos puntas.

–¿Es cierto que los grandes grupos no pagaron impuestos a partir de diciembre del 88?

–Hubo grupos exportadores que se sentaron sobre las divisas. Otros se sentaron sobre sus bienes: no vendieron sus cosechas, sus haciendas, por ejemplo. A pesar de que luchamos durante todo nuestro tiempo contra la receta del FMI, finalmente terminaron ganándonos la carrera a través de la inflación.

–¿Cómo influyeron los dichos de Domingo Cavallo y Guido

Di Tella en su caída?

–Se producen las elecciones y las cosas se agravaron porque el entonces diputado Cavallo había hablado con los bancos internacionales para que se nos exigiera el pago de la deuda, conspirando contra el país; y luego Di Tella había dicho que el dólar no tenía que estar alto, sino recontra alto; entonces todos los partidos que habían integrado el Frejupo, desde luego el PJ, la CGT, pedían que entregáramos el poder.

–¿Cómo se produce su renuncia?

–Me di cuenta de que por una razón de orgullo personal podíamos poner en riesgo lo que habíamos logrado en el campo democrático. Había que producir una anticipación de la entrega. El error fue hacer las elecciones con tanta anticipación. Quise buscar una solución con el peronismo, que desarrolláramos en común un pequeño plan que nos permitiera llegar hasta el 10 de diciembre. Se negaron. Entonces comprendí que ya había logrado el objetivo más importante que me había fijado, que era entregar el gobierno a otro ciudadano elegido por el pueblo.

 

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