La historia suele recordar a quienes lanzan las bombas. Rara vez recuerda a quienes levantan los cuerpos.
El 16 de junio de 1955, aviones de la Marina y sectores de la Fuerza Aérea argentina bombardearon Plaza de Mayo con el objetivo de asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón. El resultado fue una masacre. Más de trescientas personas murieron y centenares resultaron heridas. Trabajadores, empleados públicos, estudiantes, mujeres, niños y transeúntes quedaron atrapados bajo las bombas lanzadas por sus propias fuerzas armadas. Aquel ataque, el mayor bombardeo contra población civil de la historia argentina, fue el prólogo del golpe de Estado que tres meses después derrocaría al gobierno democrático e inauguraría dieciocho años de proscripción política. La autodenominada Revolución Libertadora no solo tomó el poder: también emprendió una guerra contra la memoria.
Entre las historias que sobrevivieron a ese intento de borramiento se encuentra la de Dolores Luján Rodríguez. Nacida alrededor de 1931, ingresó siendo muy joven a la Escuela de Enfermeras “7 de Mayo”, creada por la Fundación Eva Perón. Aquella institución representó una transformación profunda en la salud pública argentina. Por primera vez, miles de mujeres de origen popular accedían a una formación profesional de excelencia acompañada por una fuerte conciencia social. Eva Perón comprendió que el cuidado también era una forma de justicia. Mientras gran parte de la política celebraba a generales y caudillos, ella decidió dignificar una profesión históricamente invisibilizada y convertirla en una pieza fundamental del sistema sanitario impulsado junto a Ramón Carrillo.
Dolores fue una de aquellas jóvenes. Conoció personalmente a Evita, compartió encuentros con ella y trabajó en el Policlínico Evita de Lanús, uno de los hospitales emblemáticos construidos durante el primer peronismo. Como tantas otras enfermeras de la Fundación, había sido formada para asistir, acompañar y salvar vidas. Sin embargo, el 16 de junio de 1955 la enfrentó a una realidad para la que nadie podía estar completamente preparado.
Bombas sobre Buenos Aires
Mientras las bombas caían sobre el centro de Buenos Aires, los hospitales comenzaron a recibir una oleada incesante de heridos. Dolores fue convocada junto a muchas de sus compañeras para atender la emergencia. Décadas después, todavía conservaba intacto el recuerdo de aquella jornada. “Recuerdo muchas cosas tristes. Estaba trabajando en el Policlínico Evita de Lanús y traían heridos de la plaza a todos los hospitales. Me llevaron como enfermera para atenderlos, no solo a mí, sino a muchas chicas. En un momento el día se puso de noche por tantos aviones que pasaban bombardeando. Imaginate el miedo que teníamos nosotras tan jovencitas. Pero así luchamos, trabajando y llevando los heridos a los hospitales”, dijo a la Agencia Paco Urondo.
Sus palabras revelan una dimensión que pocas veces ocupa el centro de los relatos históricos. Mientras algunos hombres hacían la guerra, otras mujeres intentaban contener sus consecuencias. No empuñaban armas ni participaban de estrategias militares. Sostenían cuerpos destrozados, limpiaban heridas, calmaban a los sobrevivientes y trataban de preservar la vida allí donde otros habían sembrado la muerte.
Entre todos sus recuerdos hay uno que permanece grabado con una nitidez estremecedora. La sangre de los heridos descendiendo por las calles en pendiente hacia Leandro N. Alem. No es una imagen simbólica ni una metáfora política. Era la sangre todavía caliente de hombres y mujeres alcanzados por las bombas, una visión que nunca la abandonó. Esa escena resume la brutalidad de un acontecimiento que durante décadas fue analizado desde la confrontación política, pero pocas veces desde el sufrimiento concreto de sus víctimas.
Las enfermeras de la Fundación Eva Perón estuvieron allí cuando el horror dejó de ser una consigna para convertirse en una realidad tangible. Formadas bajo la idea de que cuidar era también una responsabilidad social, respondieron donde el dolor era más urgente. No habían sido preparadas para la guerra, pero sí para enfrentar el sufrimiento humano, y esa formación las convirtió en una presencia indispensable en medio de la tragedia.

Sin embargo, para ellas la violencia no terminó con el cese de los bombardeos. El golpe de septiembre de 1955 inauguró una vasta operación de persecución y borramiento dirigida contra todo aquello que evoca al peronismo. La Fundación Eva Perón fue saqueada, sus bienes confiscados y sus símbolos eliminados en un intento de erradicar no solo una experiencia política sino también la memoria de las transformaciones sociales que había impulsado.
Dolores Rodríguez fue una de las muchas víctimas de esa persecución. Obligada a abandonar su lugar de trabajo, fue trasladada a Misiones mientras su vivienda era allanada y sus pertenencias vinculadas con la Fundación –uniformes, fotografías, documentos y recuerdos– eran confiscadas. En hospitales y centros de salud desaparecieron placas, retratos y referencias a Eva Perón. Incluso los objetos más cotidianos fueron intervenidos para borrar cualquier huella de aquella experiencia histórica.
Pero la memoria suele ser más resistente que los decretos. Décadas después, Dolores volvió a contar su historia en el documental Las enfermeras de Evita (2014), dirigido por Marcelo Goyeneche. Su testimonio, junto al de otras compañeras formadas en la Escuela de Enfermería de la Fundación Eva Perón, permitió recuperar una parte de la historia argentina que había permanecido relegada durante demasiado tiempo.
A través de su voz comprendemos que el bombardeo de Plaza de Mayo no fue solamente un episodio militar ni una disputa por el poder. Fue una tragedia humana que dejó detrás una legión silenciosa de mujeres encargadas de curar heridas, acompañar a los sobrevivientes y recoger los restos de una ciudad devastada.
La figura de Dolores Rodríguez trasciende así su propia biografía para representar a todas aquellas mujeres que rara vez ocupan el centro de la historia. No fueron quienes tomaron las decisiones ni quienes pronunciaron los discursos. No redactaron proclamas ni ocuparon cargos de poder. Sin embargo, estuvieron presentes cuando otros destruyeron y cuando otros intentaron borrar lo sucedido.
Setenta años después, mientras la Argentina continúa debatiendo su pasado, su recuerdo obliga a dirigir la mirada hacia esas historias invisibles que sostienen la memoria colectiva. Porque la historia de una nación no se escribe únicamente en los despachos gubernamentales o en los campos de batalla. También se construye en las salas de hospital, en las manos que limpian la sangre de los heridos y en las voces que se niegan a olvidar. Y estas mujeres que cuidaron a las víctimas son quienes terminan conservando la verdad.
