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Caras y Caretas

           

Una huella perenne

A poco de cumplirse un siglo del nacimiento del filósofo francés Michel Foucault, el autor presenta un recorrido por su obra y sus conceptos fundamentales, vigentes en este siglo XXI.

Años antes de fallecer a los 57 años –el 25 de junio de 1984–, Michel Foucault confesaba, en un diálogo con dos académicos de la Universidad de Berkeley, que las lides gastronómicas le producían, al igual que sus admirados griegos, más placer que el sexo. “El sexo… es muy aburrido”, sentenciaba el francés.

Muerto de sida, el filósofo dejó al mundo una mirada crítica sobre el sexo, plasmada en los cuatro volúmenes, éditos e inéditos, de la Historia de la sexualidad. La obra es una visión detenida, en un instante preciso, sobre uno de los tantos meollos de ese laberinto que es la cuestión, la problemática y el entramado del poder. El próximo 15 de octubre se cumplirán cien años de su nacimiento, en la ciudad de Poitiers, en la zona central del país, a casi 350 kilómetros de París.

Transitó una vida compleja: desde joven sufrió fuertes pozos depresivos, que incluyeron algunos intentos de suicidio, por lo que su familia –especialmente su padre, reconocido cirujano– lo hizo tratar por el psiquiatra Jean Delay, precursor de la psicofarmacología de los años 50, quien relacionaría la depresión del filósofo con cuestiones relacionadas a su orientación homosexual, virulento tabú en aquellos tiempos en buena parte del planeta.

Las últimas dos décadas de su vida formó pareja con el sociólogo Daniel Defert, influyente activista y fundador de AIDES (Miembro de la Coalición Internacional Sida), orientada a sensibilizar a la sociedad sobre los alcances de la enfermedad, desde un enfoque colectivo e integrador (el virus del VIH fue aislado y dado a conocer por el Instituto Pasteur a mediados de 1983). 

Graduado en filosofía en la reputada École Normale Supérieure de París en 1952, Foucault realizó estudios en la Sorbona parisina, de donde obtuvo su licenciatura en 1948 y el posterior doctorado a comienzos de los años 60. Desde fines de los años 50 hasta su muerte, desarrolló una muy intensa carrera docente en universidades de Francia, Suecia, Polonia, Alemania y Estados Unidos.

Tiempos convulsos

El surgimiento de Foucault en el ambiente filosófico francés se dio en un marco político-cultural específico, donde la acumulación de elementos contestatarios y rebeldes introducía a sangre y fuego nuevas discusiones sobre el carácter del pensamiento y la práctica filosófica.

La década de los 60, desde su inicio, presenta episodios clave: el desenvolvimiento de movimientos de liberación en el escenario colonial del planeta, la resistencia vietnamita a la intervención militar estadounidense, los albores de la Revolución Cubana, entre otros muchos. Son épocas de “contestación”, de protestas estudiantiles masivas y del levantamiento de minorías por siempre marginadas. Todo parece desembocar, de forma irremediable, en el Mayo Francés de 1968.

Pero, ¿qué sucedía en aquellos tiempos turbulentos en el plano del pensamiento y el debate filosófico? Emergía, con más fuerza que nunca, el estructuralismo, enfrentado directamente con el existencialismo sartreano. En 1961, Sartre daba a conocer su Crítica de la razón dialéctica, donde reconocía al marxismo como “el horizonte irrebasable de nuestra época”, a la vez que criticaba al estructuralismo como postura retrógrada respecto de este pensamiento.

Un año más tarde, Levi-Strauss, el llamado padre del estructuralismo (al trasladar el modelo lingüístico saussureano a la antropología), polemizará directamente con Sartre en su libro El pensamiento salvaje. Es a partir de este punto, del combate entre los partidarios de la estructura y los de la conciencia, que el pensamiento estructuralista va a edificar una concepción compacta, compleja de derribar.

La idea del hombre como centro del sentido, como subjetividad (Sartre), será reemplazada por la preeminencia de las estructuras, a donde se desplaza el sentido. El sujeto queda atrapado por las reglas de un código que lo preceden, inconscientes y anónimas. El hombre no habla, es hablado: esos códigos, esas lenguas, hablan a través de él.

En 1966, el estructuralismo alcanzaba un éxito sustantivo: emergía a la consideración del ambiente filosófico la figura de Foucault, con su texto Las palabras y las cosas. A pesar de no declararse estructuralista, los planteos del filósofo no serían ajenos a este pensamiento.

Con el transcurrir de los años, irá reflexionando sobre las categorías de análisis que había venido utilizando hasta ese momento, hasta terminar publicando La arqueología del saber (1969). Será a partir de 1971 que, con el artículo “Nietzsche, la genealogía, la historia”, se abre un segundo momento que va a centrarse en la problemática del poder: Vigilar y castigar (1975), Historia de la sexualidad (cuatro volúmenes que inician en 1976); el célebre prólogo de La vida de los hombres infames (1977) y la recopilación de artículos y entrevistas contenidas en La microfísica del poder (1971-1977).

La trama de lo real

En el inicio mismo de Las palabras y las cosas, Foucault dice: “Este libro nació de un texto de Borges”, más precisamente del ensayo “El idioma analítico de John Wilkins”, contenido en el volumen Otras inquisiciones del escritor argentino, aparecido en 1952. Allí Borges cita la existencia de cierta enciclopedia china, en la que se divide a los animales sobre la base de clasificaciones específicas: lechones, sirenas, caballos, perros sueltos, etcétera. Se “clasifica”, se “ordena”.

Lo que Foucault va a explicar es que uno vive ordenando, que convive con una serie de códigos que no se miran con extrañeza, simplemente, porque nos resultan naturales, no en cuanto a la fuerza de su fundamentación, sino de su duración. Nietzsche afirmaba: “Cuando las cosas duran mucho, se van cargando de razón”. Según Foucault, “para quitarles ese encanto de duración que las torna aparentemente más racionales, menos arbitrarias que el orden de la enciclopedia china, habría que dudar de la racionalidad de nuestro presente, arrojando una mirada genealógica sobre nuestros códigos, sobre nuestras costumbres”.

La idea sería desconfiar de la “realidad retrospectiva”, ir hacia el mismo nacimiento de las cosas y los hechos. En síntesis: la idea de inmiscuirse en la “constitutividad” de lo real, para percibir el mecanismo por el cual se crean los objetos en la trama del saber.

El saber genealógico

En La arqueología del saber, Foucault postula “un freno”, un paréntesis de ciertas categorías continuistas con respecto a la historia, ya que lo que a él le interesa es encontrar las discontinuidades, los cortes dentro del decurso de los saberes.

El filósofo argentino Oscar Terán (1938-2008), estudioso de la problemática filosófica, explica: “La idea de saber o de verdad no va a tener en Foucault ninguna referencia a una mayor o menor adecuación de lo que se dice con respecto a lo real. De lo que se trata es de analizar lo efectivamente dicho en una época determinada y en condiciones determinadas dentro del espacio de las llamadas ciencias del hombre. Lo que se rechaza es la idea de hacer una historia retrospectiva de las ciencias, señalando los errores y los aciertos: por el contrario, se intenta recorrer históricamente los discursos que produjeron efectos de realidad, que determinaron la constitución de objetos del saber y a través de los cuales los hombres conformaron sus relaciones con los demás y consigo mismos”.

Respecto del análisis del discurso, Foucault va prescindir de los valores de verdad o falsedad de los distintos enunciados y utilizará para investigarlos una mirada “genealógica”. “Quería ver –dice– cómo se podían resolver estos problemas de constitución en el interior de una trama histórica, en lugar de reenviarlos a un sujeto constituyente (…) Yo llamaría genealogía a una forma de historia que da cuenta de la constitución de los saberes, de los discursos, de los dominios del objeto, etcétera, sin tener que referirse a un sujeto que sea trascendente en relación con el campo de los acontecimientos.”

La “arqueología” foucaultiana “detiene” y “describe” los códigos que hicieron posibles los discursos que fueron pronunciados en una situación determinada, específica, en un período de la historia. Un ejemplo importante para apreciar la manera en que distintos discursos entrelazados, provenientes de distintas esferas del espectro social, determinan un objeto del saber, puede extraerse del texto La historia de la locura en la época clásica (1961).

Foucault investiga allí la conformación y la variación del objeto locura en particulares momentos históricos en Europa, con la intención de describir la forma en que la locura fue variando desde una percepción estrictamente moral hasta una visión básicamente médica, lo que coincide con el nacimiento mismo de la psiquiatría. Este objeto “locura” tendrá de este modo diferentes configuraciones, conforme se sitúe sobre el código de las épocas en que Foucault se enfoca: Renacimiento, época clásica, siglos XVII y XVIII y modernidad.

A cada época le corresponde un código, al que el francés llamará “episteme” (conjunto de reglas anónimas, históricas, que definen las condiciones del discurso y ordenan la experiencia humana). Estos epistemes no se ordenan según una continuidad como concepto de la historia, sino que privilegian la noción de ruptura.

El círculo saber-poder

Ingresando en la segunda etapa de su producción filosófica, el pensamiento foucaultiano va a tener una inflexión a partir de Vigilar y castigar, donde si bien sus temáticas no se modifican (saber, discurso, episteme), se pondrá especial atención en la relación de estos conceptos con el poder. Se intentará ver en qué medida y de qué manera el poder no se agota en una instancia represiva, sino (y esto es lo fundamental) que el poder es productivo, produce saber.

A partir de esta tesis básica, el filósofo estudiará las diversas tecnologías del poder: nacimiento de la prisión, el hospital, la represión de la delincuencia, y acotará que, por ejemplo, el objeto delincuencia no es un dato natural, sino que es producido por el poder mismo, en este caso correlato del nacimiento del sistema carcelario.

No hay que imaginar al poder como detentado por una clase dominante, o que emerge de un punto del entramado social. Más bien hay que concebirlo como una pluralidad de fuerzas que interactúan desde lugares diferentes, relacionadas entre sí (micro-poderes-instituciones). El poder actúa ciegamente: no fue por una mejora moral en nombre del progreso que se descubrió que era más rentable vigilar que castigar.

Foucault escribió, y allí tal vez tengamos una exhortación y un “mandato”: “Lo importante, creo, es que la verdad no está fuera del poder, ni sin poder…, la verdad es de este mundo”.

Escrito por
Sergio Gorostiaga
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