• Buscar

Caras y Caretas

           

El poeta de las cosas simples 

Héctor Gagliardi.

Versista, recitador, glosador. La personalidad artística de Héctor Gagliardi fue por demás versátil. Poeta de gran popularidad, no tuvo herederos ni continuadores. Falleció en Mar del Plata hace 42 años.

“Falleció anoche Héctor Gagliardi.” Así de escueto y neutro se anunciaba en el diario La Capital, de Mar del Plata, en las páginas de Espectáculos, el deceso del artista de 74 años, acaecido precisamente en esa ciudad, donde se encontraba cumpliendo temporada de verano, como en tantas otras ocasiones estelares.  

Fue el 19 de enero de 1984, en los albores de la recuperada democracia que aspiraba a dejar atrás un tiempo oscuro y relegaba también lentamente ciertos estereotipos porteñísimos de los que Gagliardi era un gran representante. Compartía cartel en un espectáculo de tango en el Cafetín de Buenos Aires, junto a Ricardo “Chiqui” Pereyra, Ricardito Marín, Fabio Rey y Ana Medrano, y tenían programadas dos funciones diarias.  

Aunque sorpresiva para el ambiente y el público, la noticia no carecía de preaviso; su médico le había desaconsejado afrontar las exigencias de otra maratón de aquellas. Su corazón ya estaba lo suficientemente debilitado, cuando dejó de latir, apenas un par de horas antes de salir a escena.  

Poeta, versista, recitador, glosador se sintetizan en su personalidad artística. Gagliardi fue todo en uno y no tuvo herederos ni continuadores. 

El prisma vintage, e incluso naif, para rescatar su recuerdo, adquiere otro brillo cuando se evalúan sus astronómicas cifras de venta. La obra completa de Gagliardi ostenta un récord insuperable de millón y medio de ejemplares vendidos. Exceptuando a José Hernández y su emblemático Martín Fierro (además de su valor simbólico, requerido como libro de texto en las escuelas), seguramente sea el poeta más leído de las letras nacionales.  

Un auténtico best-seller de las cosas simples de la vida.  

¿Cómo accedió este personaje de un Buenos Aires en sepia, que se ganaba la vida trajinando de cobrador de una empresa, a consagrarse recitando sus propias creaciones frente a micrófonos de radio, estudios de grabación y auditorios en vivo de clubes y salas de espectáculos, que se conmovían hasta las lágrimas con sus acuarelas costumbristas en verso?  

Lo descubrimos en sus propias palabras: “Fue en un restaurante de la calle Carabelas, después de un imponente puchero. Había un grupo de actores importantes. Estaban (Elías) Alippi, (Francisco) Petrone, (Ángel) Magaña. También Homero Manzi, que dijo lo suyo. Luego fue Celedonio (Flores, su gran amigo y protector), que cuando terminó, anunció: ‘Les voy a presentar a un poeta porteño que les va a glosar sus cosas’ y me subí a una silla. Varios me conocían, pero no tenían idea de lo que hacía. Les encantó. Entonces, se acercó Tito Martínez del Box, que por entonces era el productor del programa de Jabón Federal. Me preguntó si era cierto que los versos eran míos y cuántos tenía escritos. Le respondí que más o menos unos cuarenta. E insistió: ‘¿Son cuarenta, sí o no?‘ Me sugirió que a la mañana siguiente pasara a verlo a la radio. ‘Las cosas suyas pueden andar.’ Lo consulté con Celedonio. ‘Tenés que ir sin falta. Ahí puede estar tu futuro‘”.  

Formal y engominado como se estilaba en la época, estaba esa mañana esperando en la antesala del despacho cuando vio pasar a unos hombres de traje que comentaban algo de un Evaristo Carriego moderno.  

El promotor del espacio, que se emitía por Radio Belgrano, lo instaló en un estudio, en presencia de aquellos testigos y lo conminó a recitar unas muestras de su cosecha.  

Sin experiencia en lances semejantes, Gagliardi arremetió con tres poemas: “Cinco guitas”, “El almacén” y “El sapito”.  

Apenas enfocó la vista para conocer la reacción de su improvisado auditorio, se percató de que todos estaban llorando, incluso el propio Martínez. 

Tampoco tenía idea de aspectos promocionales. Cuando le solicitaron una foto para incluir en los avisos publicitarios que se publicaban en las revistas, envió dos fotos tamaño carnet y así aparecía en un recuadro ínfimo, al lado de la imagen enorme de Azucena Maizani, que era la estrella.  

De todas maneras, su debut oficial fue antológico. Ese mediodía del 5 de enero de 1941, recitó un poema casi tibio de tan nuevo, “Los reyes magos”.  

“Esta noche por los cielos, llegarán los Reyes Magos / Vendrán trayendo regalos a los chicos que son buenos / pero hay otros pibes buenos en otro lado de la tierra, que por culpa de una guerra… ¡no han de pasar los camellos!”  

La guerra en Europa y los vínculos sentimentales con tantas familias de inmigrantes desataron una devolución descomunal. A la semana, pasó por la radio para retirar sendas bolsas repletas de cartas, con pañuelitos, medallitas, cálidos objetos de reconocimiento y fervor. Fue entonces que lo apodaron “El Triste”, aunque los que lloraban eran sus oyentes de toda condición y edad. 

Un muchacho como yo  

Quien retrata aquellas primeras incursiones en ese mundo nuevo es el avezado periodista Enzo Ardigó, prologuista de su compilación Versos de mi ciudad (1942): “Apareció de pronto, con sus versos, en el policromo panorama de nuestra radiotelefonía. Era un muchacho rubio y joven, que decía versos de pueblo. Con sabor y emoción de pueblo. Cantaba a las cosas sencillas, con una fuerza evocadora que desbordaba en cada estrofa, en cada una de las palabras que encerraba en la tesitura variada y personalísima de sus poesía”.  

El director de la radio era el mítico Jaime Yankelevich, que también apreció las cualidades de aquel fenómeno de identificación popular y lo sumó a otro programa, Mediodía porteño, que musicalizaba la orquesta de Francisco Canaro. Ahí, le pidieron que escribiese los libretos, y el éxito los llevó de gira (en tren alquilado) por las provincias de Santiago del Estero y Tucumán.  

Gagliardi no estaba del todo convencido de que lo suyo, tan ligado a un sentimiento ciudadano, fuese a despertar igual empatía en un público tan distinto al habitual. Pero el programa de Jabón Federal llegaba por repetidoras a todo el país, y la recepción fue clamorosa. Terminó siendo la estrella de la delegación.  

Mientras tanto, el empleado a sueldo continuaba su labor anónima de cobrador. Le tocaba entrar a comercios donde estaba su retrato colgado, frecuentemente encima de ese aparato de culto que era la radio, y retirarse sin aspavientos. Solo una vez, por Chacarita, le hicieron notar el parecido con la foto y se animó a decirle al interlocutor que estaba frente al mismísimo artista que los emocionaba con sus versos. La respuesta fue destemplada. “Mire si usted va a ser El Triste”, le retrucaron.  

Recién en 1944, un contrato con El Tronío, un tablado hispano de moda hegemonizado por artistas del género, entre los que era el único argentino, lo convenció de abandonar las cobranzas como medio de vida.  

Su desempeño como recitador se afianzó en locales nocturnos y en teatros de revistas, además de la radio, y más tarde lo reclamó la incipiente televisión. En el Maipo, compartió cartel con dos capocómicos como Adolfo Stray y Fidel Pintos. También hubo giras por Latinoamérica y hasta residió una temporada en México.  

Versos en la boca  

Es difícil, sino imposible, divorciar el ars poética de Gagliardi de su impronta como recitador. Ahí están sus muchos discos (hoy disponibles en internet) para demostrarlo. Sus versos parecían escritos para ser declamados, en un tono personalísimo y sentimental, intimista y cómplice con el oyente.  

“No he podido escribirlos jamás sentado frente a una máquina. Marcho por las calles, cuna de mis versos, sin siquiera buscar tema para ellos. Y de pronto, es como si sintiera la necesidad de decirlos, en voz baja”, se autorretrataba con acierto y honestidad.  

“Es cierto que, en su tiempo, su figura pública potenciaba al personaje. Gagliardi tenía un sello de entonación inconfundible; era un hombre de la noche porteña, un recitador habitual de cabarets y clubes de barrio. Su presencia escénica reforzaba la circulación de su poesía”, señala Matías Mauricio, historiador de la cultura del tango y autor de una profusa bibliografía.  

“Las influencias y las vecindades en la obra de Gagliardi pueden rastrearse, fundamentalmente, en Evaristo Carriego: el poeta que vislumbró y nombró el barrio en su cotidianidad. Gagliardi amplía ese gesto. Me gusta decir que en su poesía hay algo de los antiguos juglares que iban de pueblo en pueblo, sembrando motivos populares –se explaya–. A la vez, resuenan la tradición oral, el gesto payadoril y la impronta de algunos poetas del tango que fueron sus maestros, en especial Celedonio Flores. Y aunque no se advierta de manera explícita en su obra, entre sus espejos debería figurar también Julián Centeya, de quien se cuenta que fue muy crítico con Gagliardi por considerar que sus versos carecían de vuelo poético.” 

Responso para un triste  

La Buenos Aires de Gagliardi, habitada por aquellos entrañables y reconocibles tipos humanos (“La chica del Normal”, “El solterón”, “El conscripto”, “El candidato”) no existe más. Aunque ese anacronismo no obliga a confinarlo al desván de las cosas pasadas de moda y de uso. Por caso, tampoco existe el de Homero Manzi, que prologó otro de sus libros, Por las calles del recuerdo (1946).  

“A Gagliardi se lo puede leer como un veedor de ese mundo que dieron el café de barrio y la esquina. La gracia de Gagliardi quizá resida en que uno puede sentirse un poco Gagliardi. Quiero decir: su poesía de lo cotidiano produce una cercanía inmediata, al punto de hacernos creer que esos versos pudieron haber sido –o aún pueden ser– escritos por cualquiera de nosotros. En esa sencillez, en esa simpleza de lo profundo, radica su encanto”, apunta Mauricio.  

“Quizá ciertos motivos estén hoy dislocados de este tiempo y de este mundo que nos toca vivir, tan famélico, babélico y veloz. La poesía de Gagliardi exige pausa, recogimiento, memoria; la poesía de Gagliardi nos toca el corazón, precisamente todo aquello que la sociedad actual desecha o rechaza”, plantea. 

Finalmente, en palabras del propio Gagliardi: “Sé que dicen que mis versos no están a la altura de los grandes poetas, pero no me preocupa. Simplemente soy un creador sincero que les canta a las cosas que conoce y quiere”.  

Escrito por
Oscar Muñoz
Ver todos los artículos
Escrito por Oscar Muñoz

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo