La presencia del teniente general Jorge Rafael Videla en cinco tapas del diario Clarín en diciembre de 1975 evidenciaba la preponderancia que el futuro dictador había asumido en la maltrecha realidad de la política nacional. Los días 7, 10, 13, 19 y 26 de aquel mes Videla tomó protagonismo en el principal diario argentino. Eran tiempos en que la prensa amplificaba los discursos belicistas y autoritarios con una naturalidad asombrosa.
“A nuestra República, a nuestra Patria, amadla, honradla y respetadla. Recordad que en nuestra República no pueden convivir con el honesto el subversivo ladrón, el inmoral o el traidor. No los justificaremos nunca. La ley de la lucha se les aplicará sin vacilar”, advertía el general Rodolfo Mujica, director de la Escuela Superior de Guerra.
Ante un grupo de jóvenes oficiales, Mujica arengaba: “Prometedle que consideraréis tan responsables a los que a conciencia delinquen, como aquellos otros que por cobardía no se esfuerzan para acompañar a sus hermanos que luchan, en el lugar que fuera, para restaurar el honor, la honra y la fe en la Patria”.
El discurso de Mujica era uno entre tantos que prepararon el clima para el futuro golpe de Estado. Un intento por acelerar los tiempos se desencadenó el 18 de diciembre con el levantamiento de la Fuerza Aérea, que contó con el aislado apoyo del militar nacionalista.

Ese día un pequeño grupo de integrantes de la Aeronáutica, encabezado por el brigadier Jesús Orlando Capellini, se sublevó contra el gobierno de María Estela Martínez de Perón, en el autodenominado “Operativo Cóndor Azul”, que incluyó la toma como prisionero del jefe de la Fuerza Aérea, brigadier general Héctor Fautario, la única alta autoridad castrense que mantenía fidelidad a una administración tambaleante.
Capellini había participado del golpe de Estado de 1955. Con el grado de comodoro, en 1966, asistió al VII Curso del Colegio Interamericano de Defensa en Estados Unidos y luego se desempeñó como jefe de la Región Aérea Centro y de la VII Brigada Aérea.
La sublevación, que duró tres días, tuvo como epicentro la Base Aérea de Morón, donde se atrincheraron los rebeldes, quienes desplegaron vuelos rasantes intimidatorios contra la Casa de Gobierno y la residencia presidencial de Olivos. La nula adhesión al alzamiento del Ejército y la Marina –liderados por Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera– abortó el intento golpista, que encaramó en la jefatura de la aviación al brigadier Orlando Ramón Agosti en reemplazo de Fautario. Con el cambio, quedaba conformado el trío que daría el golpe del 24 de marzo de 1976.
“Queremos verle el rostro a la Patria”, reclamaban los rebeldes en el primer comunicado que hicieron circular pocas horas después del comienzo del alzamiento. En el texto dejaban en claro que su intención era “operar hasta el derrocamiento de la autoridad política y la instauración de un nuevo orden de refundación, con sentido nacional y cristiano”. La orientación nacionalista se completaba con otra consigna: “Por la erradicación de la corrupción y de la subversión marxista en sus causas y efectos”. Y el espíritu piadoso quedaba para el cierre de la proclama: “En el mes de la Inmaculada Concepción de María, ¡viva la Patria argentina!”. Los aviones apostados en Morón empezaron a lucir un lema que veinte años antes habían mostrado las aeronaves que bombardearon la Plaza de Mayo y que fue utilizada como consigna del antiperonismo católico: “Cristo vence”.
En el Aeroparque, donde estuvo detenido Fautario, el sacerdote Alberto Ezcurra Uriburu, uno de los fundadores y dirigentes más importantes de Tacuara en la década anterior, dio misa para los sediciosos. Otro integrante del clero que vio con simpatía el estallido nacionalista fue el vicario castrense y obispo de Paraná, Adolfo Tortolo, quien también celebró un oficio religioso para los alzados, pero en el destacamento de Morón, junto con los capellanes Ovidio Trípodi y Domingo Carmelo Genise –este último pertenecía a la Armada–. Consultado por la prensa sobre ese hecho, Tortolo explicó con naturalidad que lo hizo… porque era domingo. Pero el papel del vicario castrense no solo estuvo vinculado a la espiritualidad de los aviadores nacionalistas, sino que también tuvo protagonismo político al mediar entre Agosti y Capellini en una salida al conflicto sin traumas.
En medio de la sublevación, el brigadier Cayo Antonio Alsina llevó a las autoridades del gobierno un plan político integral para superar el conflicto y afianzar el poder de la Presidenta, con un vuelco nacionalista: Alsina debía ser nombrado ministro de Defensa, en reemplazo de Tomás Vottero, y Capellini designado comandante en jefe de la Fuerza Aérea. El plan también incluía una reestructuración del Estado y del Congreso, una reforma constitucional a imagen de la carta magna de 1949 y la aplicación de “medidas tremendas contra el terrorismo económico de las altas finanzas especulativas que habían provocado la miseria del pueblo y causado la subversión y la guerrilla”.
El ataque de los ángeles exterminadores
Los rebeldes creían que estaban emprendiendo una cruzada, bendecidos por distintos sectores del integrismo católico y nacionalista. Con esa convicción recibieron al dictador Juan Carlos Onganía en Morón. Ya derrotados, intentaron darse ánimos con el recuerdo de un episodio ocurrido durante la Guerra Civil Española, que se convirtió en símbolo del franquismo. Los últimos volantes distribuidos por los alzados llevaban como frase “El Alcázar de la Fuerza Aérea no se rinde”, que parafraseaba las palabras del coronel José Moscardó Ituarte, a cargo del Alcázar de Toledo, una fortaleza militar ubicada en esa ciudad española –a 71 kilómetros de Madrid– que estuvo en poder del bando nacionalista y que fue asediada sin éxito por las tropas republicanas durante diez semanas, entre julio y septiembre de 1936.
Capellini era seguidor –al igual que un sector de la Fuerza Aérea– de la prédica de Jordán Bruno Genta, un teórico del nacionalismo católico antidemocrático que había sido asesinado en 1974. El vicecomodoro Néstor Horacio Rocha, uno de los aviadores que se plegó al alzamiento, ofició de vocero del “Operativo Cóndor Azul”. En uno de los contactos con la prensa, se encargó de explicar los alcances de la asonada y de confirmar que “algunos” de los rebeldes habían sido alumnos de Genta, a quien calificó como “un simple tomista”.
Rocha fue el prologuista de la edición de 1977 del libro de Genta Guerra contrarrevolucionaria. Doctrina política antisubversiva. En el texto, fechado en el partido bonaerense de Morón el 18 de diciembre de 1976 –a un año del alzamiento de Capellini–, exaltaba “el amor al maestro”: “Quienes frecuentaron el gozo intelectual de su magisterio llegaron a atisbar la energía y plenitud de la Sabiduría, como también la gracia que es para una sociedad contar con un ‘elegido’ de su talla, entre los ciclos de varias generaciones de sus hijos. La aparición de unos pocos hombres de tal envergadura puede enhebrar la historia de cualquier nación eternizando su gloria”. Aseguraba que “para la apoteosis de la corrupción peronista y su asociación ilícita con la subversión era insoportable su superioridad y testimonio”.
Dos años después del “Operativo Cóndor Azul”, la revista Cabildo recordaba con tono macabro: “Es cierto que no llegaron a convertirse, como hubiéramos querido entonces, en ángeles exterminadores. No importa. No interesa aquí recordar los pormenores del episodio; sí importa valorar las huellas que aquellos aviones dejaron en el aire”.
En tiempos de “carapintadas”
Por encabezar la rebelión de 1975, Capellini fue sancionado solo con sesenta días de arresto. Luego, la dictadura lo premió con varios cargos: director de la Escuela de Aviación Militar, comandante de Personal y jefe del Comando de Operaciones Aéreas.

Reinstaurada la democracia, Capellini reapareció, ya retirado de la fuerza, para dar testimonio en el Juicio a las Juntas y para defender al vicecomodoro Juan Carlos Puy, uno de los sublevados en el Aeroparque durante el alzamiento “carapintada” de enero de 1988, en el que un grupo de civiles y militares nacionalistas coparon la estación e intentaron tomar la Base Aérea de Morón. Uno de los líderes fue el comodoro retirado Luis Fernando Estrella, quien había acompañado a Capellini en 1975 y que fue procesado por el asesinato de los sacerdotes Carlos Murias y Rogelio Longueville, en un hecho ocurrido en la provincia de La Rioja en julio de 1976, pocos meses después del golpe de Estado.
Veinte años más tarde de la sublevación “carapintada”, Capellini fue a dar su apoyo a los represores Hipólito Rafael Mariani y César Miguel Comes, en la primera jornada del juicio oral por los crímenes ocurridos en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército. Mariani y Comes estuvieron a cargo de la VII Brigada Aérea de Morón, donde funcionó durante la última dictadura el centro clandestino de detención conocido como Mansión Seré. En el juicio, también se juzgó al teniente coronel Alberto Pedro Barda, excomandante del Grupo de Artillería de Defensa Aérea 601 de Mar del Plata, donde se encontraba instalado el radar de la base aérea. Allí funcionó el campo clandestino de detención conocido como “La Cueva”.
Capellini murió en 2011.
Las elecciones imaginadas

Diciembre de 1975 fue un mes signado por la tragedia. Los partes diarios de atentados y asesinatos cometidos por el terrorismo de Estado y la guerrilla (una de las víctimas fue el general Jorge Cáceres Monié) se cruzaban con la información sobre el posible regreso de José López Rega y la citación judicial que pendía sobre él, la actuación de una comisión investigadora legislativa por el manejo de fondos en el Ministerio de Bienestar Social y la “Cruzada de la Solidaridad Justicialista”, y la fractura del bloque de diputados del PJ. Como cierre del año, tras la superación del levantamiento de Capellini, el ERP intentó copar el Batallón de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, en la localidad bonaerense de Monte Chingolo, en un hecho que dejó decenas de muertos, heridos y desaparecidos.
Casi nadie en la sociedad argentina pensaba en la convocatoria a comicios generales para el 17 de octubre de 1976, que incluía la elección de convencionales para reformar la Constitución. El anuncio oficial era una expresión de deseos que se diluyó en una atmósfera cargada de olor a pólvora y sangre.
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El texto sobre la sublevación de la Fuerza Aérea fue tomado de mi libro Símbolos y fantasmas. Las víctimas de la guerrilla: de la amnistía a la “justicia para todos” (Sudamericana, 2009).
