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Caras y Caretas

           

Irán: eje de una resistencia debilitada

Ilustración: Martín Fleischer

En el complejo escenario de Medio Oriente, hay intereses económicos concretos sobre los recursos energéticos de Irán y también hay reivindicaciones territoriales, religiosas, étnicas y culturales que marcan el pulso de los conflictos.

La posición de Irán en la región tras la Revolución Islámica de 1979 aparecía, en los papeles, sumamente compleja. De una arquitectura regional construida con cautela, con una alianza fuerte con los Estados Unidos, excelentes relaciones con Israel, y equilibrio con la Unión Soviética, a un esquema de aislamiento relativo, ordenado por el enfrentamiento frontal con los Estados Unidos (el “Gran Satán”, cuya memoria estaba marcada por el golpe de Estado contra Mosaddegh en la década del 50), pero no alineado con la URSS, cuya apuesta en Medio Oriente estaba con el nacionalismo árabe, indigerible para un país persa y chiita.

En ese contexto, Irán encontró en el enfrentamiento con Israel y el sionismo, y el acercamiento a la minoría chiita de la región, una estrategia de proyección de poder en Medio Oriente que le dio buenos resultados en materia de influencia regional, aun al costo de sumar enemigos a la lista que ya integraban Israel y los Estados Unidos. El llamado “eje de la resistencia”, el apoyo al gobierno de Al Assad en Siria y el fracaso estadounidense en Irak le permitieron a Irán, en su pico, ejercer un control decisivo sobre cuatro países y la Franja de Gaza. Una esfera de influencia que, a su vez, le permitía actuar sin exponerse completamente, con un esquema de disuasión que multiplicaba los costos de cualquier oposición a su posición.

ACUMULACIÓN DE PODER

El primer actor de interés en este mapa es Hezbolá, creado por la propia Guardia Revolucionaria Islámica iraní, junto a clérigos chiitas libaneses al calor de la invasión israelí del sur del Líbano de 1982, en un contexto en el que el Estado libanés se descomponía por la guerra civil. Hezbolá devino un representante potente de la comunidad chiita, históricamente relegada dentro del sistema confesional libanés, que encontraba en esa organización una herramienta de representación, protección y ascenso político.

Con el respaldo iraní y articulado con Siria, el actor externo clave en Líbano, Hezbolá se consolidó como actor armado, pero también construyó una red social y política que le permitió consolidar apoyos internos entre la comunidad, como proveedor de servicios, y ganar prestigio como fuerza de combate a partir de su eficacia en el ejercicio de acciones no convencionales. Incluyendo muchas veces ataques terroristas, que le permitieron atribuirse el retiro de las fuerzas de paz estadounidenses, en 1983, tras un atentado en el que murieron más de doscientos marines y, acaso con menor basamento fáctico, pero con un rol real reconocido dentro de Líbano, la retirada unilateral israelí en 2000. Simultáneamente partido y organización armada, Hezbolá logró ocupar un lugar central dentro del sistema libanés, ejerciendo la violencia –fue responsable, por ejemplo, del asesinato del primer ministro Rafic Hariri– y cosechando apoyos electorales y sociales en el tercio chiita del país.

Hezbolá es, hasta hoy, la única milicia en no desarmarse tras los acuerdos de Taif, que pusieron fin a la guerra civil, y cuenta con una fuerza que, en muchos momentos, fue superior a la del propio Estado libanés. Hezbolá sería además una pieza formidable de apoyo militar al gobierno de Bashar al Assad en Siria, que permitiría a Irán un corredor de presencia ininterrumpida hacia la frontera norte israelí.

Otro gran centro de influencia directa iraní es Irak. Un país árabe, de mayoría chiita, sometido a la dictadura de Saddam Hussein, un nacionalista de origen sunita. La caída de Saddam Hussein tras la invasión estadounidense alteró el balance de poder regional e interno. Las instituciones democráticas creadas por Estados Unidos empoderaron políticamente a los chiitas a la vez que, dentro de esa comunidad, se crearon milicias para resistir la presencia de tropas estadounidenses y la proliferación de grupos armados de orientación sunita.

Las milicias y los políticos chiitas en Irak mantienen una relación con Irán que, en el caso de estos últimos, deben equilibrar con los Estados Unidos, que aparecen como garantes de la unidad de un país fragmentado entre kurdos, árabes sunitas y chiitas. A libaneses e iraquíes, hay que sumar a los hutíes, en Yemen, que controlan la mayor parte del territorio del país. Chiitas pero de otra escuela, Irán alimentó su crecimiento con apoyo militar. Los hutíes combinan el antinorteamericanismo y antisionismo con una abierta judeofobia (distintos, en esto, de Irán). Los hutíes permiten a Irán poner un pie en el otro extremo del Golfo Pérsico, con capacidad de bloquear el tránsito tanto en Ormuz como en Bab el Mandeb.

La acumulación de poder iraní se completa con el apoyo a Hamas y la Jihad Islámica Palestina (una creación directa iraní, pero de menor popularidad que Hamas), que le permitió participar del boicot a las negociaciones de Oslo, cuando esas organizaciones irrumpieron con atentados terroristas masivos en las ciudades israelíes y, tras la toma del poder de Hamas en Gaza, tener un pie también en ese territorio y reafirmar su rol como el principal actor estatal enfrentado a Israel. Esta construcción de disuasión, sin embargo, suponía un equilibrio precario en el que Israel, a pesar de su fuerza militar superior, estaba amenazado en sus fronteras. Un esquema de múltiples frentes activos, pero contenidos. Sin embargo, la misma construcción de alianzas sofisticadas, con afinidad pero sin amalgama completa, que permitió a Irán expandir su influencia sin participar directamente de los conflictos, terminó por explotar con los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023. De acuerdo con los elementos disponibles, Hamas decidió los ataques a espaldas de las autoridades iraníes, que solo recibieron un mínimo aviso cuando estos eran inminentes.

EN MEDIO DEL FUEGO

La ofensiva de Hamas desató todos los temores existenciales israelíes y, con ellos, a las fuerzas más expansionistas y militaristas dentro del país. La prudencia de la derecha israelí liderada por Netanyahu, enfocada hasta entonces en la expansión en Cisjordania, que llegó a autorizar transferencias de fondos vía Qatar hacia Gaza, fue reemplazada por una campaña militar despiadada en Gaza, cuyo saldo fue de más de 80 mil muertos, la destrucción casi total de la Franja y la ocupación de largo plazo de más de la mitad de su territorio.

Los ataques rompieron también los tabúes israelíes sobre evitar frentes simultáneos, por mucho tiempo una pesadilla estratégica. Hezbolá intentó una respuesta calibrada, que no desatara una guerra total, con un frente de baja intensidad en el norte de Israel, mientras milicias iraquíes intensificaron ataques sobre posiciones estadounidenses y los hutíes trasladaron el conflicto al plano marítimo, pero esto no detuvo la agresividad israelí, sino que la alimentó.

En 2024, Israel inició su primera guerra desde 2006 contra Hezbolá en Líbano, matando a gran parte de su dirigencia y dañando severamente a la organización. Hamas, si bien sobrevive, se encuentra diezmada y militarmente débil tras las masacres en Gaza y, por fuera de la presión israelí, en 2024 cayó también el gobierno de Siria, reemplazado por un islamista sunita paradójicamente aliado a Occidente, lo que dio margen a Israel para operar libremente sobre los cielos sirios. Irán era el último eslabón de una ofensiva que encontró en las dos guerras, la de junio y la actual, una consecuencia directa de un armado diseñado para evitar lo opuesto: una intervención directa sobre su territorio.

En la tierra de paradojas e incongruencias que es Oriente Medio, ¿podrá ser el bloqueo de Ormuz una consecuencia directa de la guerra, una herramienta de disuasión para Irán que mejore en sus resultados las alianzas con milicias regionales?

Escrito por
Martín Schapiro
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