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Caras y Caretas

           

Hacia dónde va la economía de Milei

La estrategia oficial de bajar el riesgo país para colocar deuda en mercados del exterior quedó en entredicho. En vez de recalcular, el Gobierno quiere profundizar el rumbo.

En los últimos días el programa económico mostró una cara desconocida en los 21 meses de gobierno que lleva Javier Milei, que tiene al tándem Luis Caputo-Santiago Bausili al mando de la economía, en el Ministerio de Economía y el Banco Central, respectivamente.

Son puntualmente 630 días de gestión en los que el Gobierno pudo mostrar algún logro económico como la baja de la inflación, sin duda una variable muy valorada por la gente, que en ese tiempo se contrajo desde niveles de 217 por ciento anual al asumir a fines de 2023 a 33,6 anual, según los datos oficiales de agosto.

Esto se consiguió más a fuerza de motosierra, licuación de ingresos y apretón monetario que por una baja virtuosa de la inflación, que según enseña la teoría económica, debe venir por un incremento de la inversión y la mayor oferta de bienes y servicios que esta genera, en un contexto en el que tienden a bajar los precios finales a los consumidores.

Por el contrario, aquí se aplicó la receta ortodoxa de “secar la plaza”, es decir, absorber todo el excedente de pesos, de manera que la inflación baje pero a costa de que el consumo se desploma, arrastrando luego a la actividad económica, con consecuencias siempre graves en materia de generación de empleo.

Pero aun en este contexto, la baja de la inflación estuvo acompañada, al menos hasta principios de septiembre, por una relativa calma del dólar, con deslizamiento gradual del tipo de cambio, algo que, para la economía argentina, es sin duda el fiel de la balanza y la garantía de que habrá una desaceleración o un incremento a menor ritmo de los precios en el mercado doméstico.

Punto de inflexión

Hasta acá una foto pasada del gobierno de Milei. Pero como si se tratara de un castillo de naipes, el endeble equilibrio logrado en la etapa inicial saltó por los aires el lunes 8 de septiembre, inmediatamente después del triunfo contundente de Fuerza Patria en las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires.

El temor volvió a adueñarse de los mercados, que siempre se anticipan a las tormentas y son temerosos y conservadores por naturaleza. Con el Gobierno nacional en shock y sin poder reaccionar ante el golpazo en las urnas, Javier Milei y Luis Caputo empezaron a hilvanar medidas que, lejos de tranquilizar a los agentes económicos, les generan mayor preocupación.

Y siempre bajo la impronta de mantener el equilibrio de las cuentas públicas a rajatabla y no retroceder ni un paso, sino profundizar el modelo, pese a que ya muestra signos de estrés y clara desconexión con las necesidades e intereses de la gente.

Gran parte de eso se tradujo en el proyecto de Presupuesto 2026, anunciado por cadena nacional por el Presidente el lunes 15 por la noche. Es el primero que presenta Milei, aunque ya está por comenzar su tercer año de mandato. Todo un dato.

FOTO: (Presidencia)/NA.

Proyecciones y algo más

Aunque no es privativo de Milei ni de Caputo y, como suele suceder en la Argentina, este proyecto de Presupuesto 2026 también es un “dibujo” como tantos otros en el pasado, con variables difíciles de creer por el ciudadano común.

Para muestra basta un botón, y acá hay varios. Por ejemplo, se plantea un dólar a 1.423 pesos para el año próximo, pero ese valor ya hoy quedó viejo, con el dólar oficial cotizando a casi 1.500 pesos y frenando su loca carrera a base de venta de dólares del Banco Central –solo el jueves 18 puso 379 millones de dólares–, con el dólar futuro cotizando a diciembre por encima de 1.600 pesos.

Tampoco parece consistente la baja de la inflación al 10 por ciento anual, un nivel que la Argentina no tiene desde 2006 cuando gobernaba Néstor Kirchner, el precio internacional de la soja volaba a razón de 600 dólares la tonelada –hoy está la mitad– y la actividad económica se estaba recuperando de la debacle de 2001.

En contraste, el último dato oficial de actividad, correspondiente al segundo trimestre del año, habla de un crecimiento interanual de 6,3 por ciento pero marca una caída de -0,1 en términos desestacionalizados contra el trimestre anterior, empujado por la caída del consumo privado (-1,1%), la inversión (-0,5%), las exportaciones (-2,2%) y las importaciones (-3,3%). Solo compensó en algo el consumo en el sector público, con suma de 1,1 por ciento.

Volviendo al proyecto de Presupuesto 2026, si se observa la proyección de crecimiento del PIB en 5 por ciento para 2026, también luce inverosímil. Al comenzar el año para 2025 se esperaba un incremento de 5,5 por ciento, que se fue moderando conforme “pasaron cosas” en el país y en el mundo, de manera que hoy la proyección más optimista habla de una expansión del producto de 4,5 por ciento en este año.

Pero esto se lograría aprovechando un arrastre del 3 por ciento que dejó el año pasado. Por el contrario, este 2025 dejaría un arrastre menor o neutro, con lo cual para llegar al 5 por ciento la economía debería crecer a toda marcha. No parece ser un escenario muy realista a la luz de lo que se ve en la calle.

Todo esto en un contexto de creciente malestar de los diferentes sectores, que vieron cómo se carcomieron sus ingresos y claman por una recomposición que aún no llega.

La dura realidad

Así, algunos de los problemas que quedaron al desnudo en los últimos días ya venían en la agenda, aunque el Gobierno no los quería ver.

La serie de rechazos a los vetos presidenciales en el Congreso, todos con temas de raíz económica, como la emergencia pediátrica, el presupuesto universitario, los fondos para atender a personas con discapacidad y la distribución automática de los Aportes del Tesoro Nacional (ATN), por mencionar algunos de los más emblemáticos, fueron medidas que el Gobierno, en su fanatismo por mantener a rajatabla el equilibrio fiscal, no pudo o no supo negociar previamente.

La respuesta de los mercados ante esa colección de fracasos del oficialismo fue la esperable, con una foto preocupante. Los inversores, grandes, medianos y pequeños corrieron a dolarizar carteras, esto es, comprar todos los dólares que el bolsillo les permitiera, y huyeron masivamente de los bonos soberanos argentinos, nominados en dólares.

Así el dólar oficial trepó hasta los 1.495 pesos –el dólar mayorista superó los 1.475, rompiendo el techo de la banda de flotación cambiaria– obligando al Banco Central a intervenir fuertemente para evitar una suba mayor de la divisa. En cuanto a la venta masiva de bonos públicos, la contrapartida siempre es una suba equivalente del riesgo país, un indicador de confianza de los inversores, que al cierre de esta edición había quedado en 1.454 puntos básicos, el nivel más elevado en un año, nada menos.

Ahora, la pregunta que flota en el aire es hacia dónde va la economía argentina. Lo primero que hay que decir es que la economía ya venía a la deriva y ahora parece girar en círculos, sin encontrar el rumbo.

Todos los actores económicos miran la cotización del dólar y buscan señales en la política, mientras se sientan sobre sus planes de inversión a la espera de tiempos mejores. O intentan dilucidar si el proyecto libertario puede continuar gobernando con normalidad lo que resta del mandato o en dos años habrá un gobierno de otro signo político.

Lo que nadie en el Gobierno está observando es qué pasa con la actividad económica. La única razón por la que la devaluación del peso del 36 por ciento desde la apertura parcial del cepo cambiario el pasado 11 de abril no se trasladó completamente a precios es porque en la calle no hay plata que pueda convalidar precios mayores. Y esa falta de plata en los bolsillos siempre es una mala noticia.

Escrito por
Carlos Boyadjian
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