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Caras y Caretas

           

El nuevo granero (de nuevo granero)

Los grandes operadores del agronegocio alientan la profundización de políticas que prometen retornar a la Argentina de más de un siglo atrás.

La Argentina está en condiciones de recuperar en pocos años más su posición de potencia agroexportadora decisiva en la arena internacional, tras un período en el que fue perdiendo relevancia, como consecuencia de políticas execradas por “populistas” y “persecutorias”.

Una parte de la clase dirigente abriga esa ilusión, y como ocurrió en distintos períodos de la historia argentina, está dispuesta a aprovechar los vientos coyunturales favorables.

Para ampliar sus negocios, en primer lugar, y convertir luego su poderío económico en ocupación de espacios centrales (en el Estado, las instituciones privadas, los medios de comunicación) para la toma de decisiones.

Ese sector, nada afecto a los progresos del país en materias industriales y en áreas científico-tecnológicas, y mucho menos preocupado por el empleo o la distribución más equitativa de la renta agraria, es uno de los sostenedores más entusiastas del proyecto libertario.

En esta ocasión, tras la llegada de La Libertad Avanza a la Casa Rosada, esos dirigentes ven que aquel ensueño se va transformando en una realidad palpable, visible tanto en su evidente influencia como en el grosor de sus billeteras.

Esa fracción del empresariado suele reconocerse como “el campo”, aunque en verdad nuclea a un grupo numéricamente minúsculo de terratenientes, exportadores, proveedores de insumos y servicios.

Hoy fortalecida por las medidas libertarias, la elite local no desconoce que el resultado de la apuesta a agrandar su porción del agronegocio global dependerá en buena parte de factores que no controla. Admite, por ejemplo, que su ambición tiene límites en el contexto externo, hoy caracterizado por su alto grado de incertidumbre.

Cambios

La realidad es que en los últimos años se observan grandes transformaciones a nivel planetario, que inciden de manera determinante en la producción, precios y comercio de los principales commodities.

Guerras arancelarias y de subsidios, barreras ambientales sin base científica, conflictos bélicos, acuerdos comerciales selectivos, obstáculos en las rutas marítimas son solo algunos de los eventos que cada vez se observan con mayor frecuencia y que generan desvíos de comercio y volatilidad en los mercados, sintetiza un análisis reciente que pinta el tamaño del desafío que se afronta.

El informe, que vuelca en negro sobre blanco la sensación de los más relevantes jugadores locales del agribusiness, fue elaborado por la Fundación INAI (Instituto para las Negociaciones Agrícolas Internacionales). Institución que solventan las bolsas de Cereales de Buenos Aires y de Córdoba, la Cámara de la Industria Aceitera (Ciara), el Centro de Exportadores de Cereales, y las federaciones de la Industria Molinera y de Centros y Entidades Gremiales de Acopiadores de Cereales.

Según ese enfoque, el sector agropecuario de la Argentina cuenta a su favor con un importante “atributo diferencial”, que seguramente será muy valorado por los compradores actuales y futuros: la garantía de estabilidad en los suministros por ser una zona de paz.

A partir de allí se promueve un objetivo de envíos crecientes de granos y carnes a los principales mercados de consumo.

Sería algo así como volver a ser (si alguna vez lo fue) “granero del mundo”. Como aquel de los años dorados iniciados a fines del siglo XIX gracias a las políticas de la Generación del 80 y la subordinación a la nación entonces más poderosa, Gran Bretaña.

Para que nuestra agroindustria pueda aprovechar las oportunidades del nuevo escenario global –propone Inai, como vocera de sus financiadores– es fundamental que, entre otras cosas, nunca más se apliquen cupos en las exportaciones; se negocien nuevos acuerdos comerciales especialmente con los principales países importadores de productos agroindustriales; se fortalezca la agenda de competitividad para captar nuevos mercados en contextos de volatilidad de precios, subsidios y aranceles, y se sigan brindando garantías de calidad, inocuidad y sostenibilidad de la producción agroindustrial argentina.

El mundo está en plena transformación, constata el Inai, lo cual incidirá en la producción y el comercio de productos agroindustriales en los próximos años, potenciando la incertidumbre y la volatilidad.

Factores

El nuevo orden, según esta visión, se va configurando en torno de tres factores.

El primero se vincula con el debilitamiento del sistema basado en reglas. Los países recurren cada vez con mayor frecuencia a medidas unilaterales (legales o no) y dejan en un segundo plano su disposición a buscar soluciones colectivas en el marco de los organismos internacionales, muchos de los cuales están siendo objeto de cuestionamientos sobre su eficacia. En materia comercial, este debilitamiento se potencia con la paralización del sistema de solución de diferencias de la OMC desde fines de 2019.

En segundo término, surgen nuevos polos de poder que cuestionan el liderazgo que mantuvo Estados Unidos por décadas. Las principales potencias contendientes son China y, en segundo orden, India y Rusia, que presentan logros en múltiples planos, con una gobernanza político-económica que difiere del modelo de Estado liberal occidental que conocemos. Frente a esta situación, EE.UU. prioriza la construcción de alianzas con países con miradas afines e ingresa en una etapa de abierta competencia en tres niveles: económico (guerras de subsidios/aranceles en sectores estratégicos y una progresiva fragmentación del comercio, al verse atravesado por factores geopolíticos), tecnológico (con una creciente disputa entre ambas superpotencias en el control de tecnologías críticas, así como en la definición de estándares técnicos, regulatorios y de gobernanza digital) y militar (se incrementan los conflictos bélicos con intervención, directa o indirecta, de alguna de las principales potencias, se construyen “áreas de influencia” para proteger la seguridad nacional de incursiones externas amenazantes y aumentan los riesgos de estrangulamiento del comercio por la utilización de la geografía como instrumento de presión).

El tercer factor del nuevo orden, continúa el análisis del Inai, es la mayor fragmentación. El sistema global comienza lentamente a resquebrajarse de forma selectiva, especialmente en relación con la fabricación y comercio de productos estratégicos para la seguridad económica y la seguridad nacional. No es el fin de la globalización, pero varios de sus componentes están tensionados: cooperación, confianza, objetivos comunes, cadenas de suministro, eficiencia económica, etcétera.

Implicancias

Las potenciales implicancias del actual cuadro de situación en el comercio agroindustrial son diversas. El ejercicio prospectivo del Instituto considera algunas tendencias en lo que respecta a las posibles repercusiones para el sector agroalimentario en la Argentina.

• El debilitamiento del sistema de reglas es un terreno fértil para que muchos países den rienda suelta a su natural vocación proteccionista en el comercio agrícola. Por lo tanto, es esperable que se incrementen aranceles, subsidios y barreras no arancelarias de manera discrecional, generando más distorsiones en los mercados internacionales. La OMC (y particularmente su sistema de solución de diferencias) ha sido de extrema utilidad para resguardar nuestros derechos, velando por el fiel cumplimiento de las reglas multilaterales. Pero hoy estamos más expuestos a las distorsiones y restricciones de algunos países, por lo que la presión política pasa a ser la principal herramienta para canalizar los reclamos. En este contexto es fundamental que la Argentina siga trabajando internamente en “una agenda ambiciosa de competitividad integral” que nos ayude a atenuar el impacto negativo de las distorsiones internacionales, manteniendo e incrementando nuestra presencia en mercados externos.

• No se observa prácticamente ninguna chance de que el proceso de liberalización del comercio agrícola avance a nivel multilateral, al menos en el corto plazo, y beneficiarían a pocos países. Ese proceso, además, abarcaría pocos productos (utilizando formatos del tipo “listados positivos” reducidos) y tendría una ambición limitada (con desgravaciones arancelarias parciales o contingentes arancelarios no muy grandes).

Es esperable que los resultados de esta liberalización controlada se plasmen en acuerdos bilaterales o plurilaterales, que además de abordar cuestiones comerciales, se crucen con otros intereses (alianza geopolítica, minerales raros, seguridad, financiamiento, etcétera.). Los recientes acuerdos con la UE, EFTA y EE.UU. representan pasos muy importantes para la Argentina, pero es indispensable complementarlos con otros entendimientos que permitan diversificar mercados de exportación, especialmente hacia países con alto dinamismo en la demanda de productos agroindustriales. Según proyecciones de OCDE-FAO, las principales demandas de importación de agroalimentos provendrán de India, China, Filipinas, Malasia, Vietnam, Tailandia, los países de África Subsahariana, Medio Oriente y África del Norte.

Los mayores desafíos, en esta materia, consisten en evitar que la negociación de nuevos acuerdos queden condicionados a la fragmentación del comercio global, como consecuencia de los alineamientos geopolíticos. Será necesario entonces dinamizar la forma en que Mercosur negocia sus acuerdos comerciales, tema en el cual la Argentina y Uruguay ya presentaron propuestas negociadoras.

• Se espera asimismo que los países muestren una menor predisposición a armonizar sus regulaciones sanitarias y técnicas con los estándares establecidos en organismos internacionales. Un proceso similar es previsible con respecto a la coordinación o articulación de políticas agrícolas que normalmente se realiza en el marco de organismos como la FAO o el G20.

Países agroexportadores como la Argentina necesitan de una mayor observancia de los estándares sanitarios internacionales para exportar, por eso se ha mantenido un rol históricamente muy activo en estos organismos. Cuando los países importadores se apartan de estos estándares (casi siempre sin base científica) se generan toda clase de restricciones injustificadas en el comercio.

• Los desvíos se potenciarían como consecuencia de, al menos, tres grandes factores: nuevas estructuras arancelarias de los países, nuevos canales de comercio a partir de alianzas geopolíticas y disrupciones en el transporte marítimo en ciertos puntos geográficos neurálgicos (chokepoints, puntos geográficos críticos, estrechos o canales por donde se concentra el tránsito del comercio internacional, especialmente en rutas marítimas; su importancia radica en que tienen pocas alternativas, por lo que cualquier interrupción genera impactos globales). Con respecto a la dimensión arancelaria, queda claro que las nuevas sobretasas de EE.UU., la posibilidad de nuevas escaladas en este terreno y los acuerdos bilaterales de rebalanceo de intercambios impactarán en los flujos de comercio global, generando desvíos y una creciente competencia en búsqueda de mejores aranceles o precios. 

Hasta ahora Washington no ha aplicado sobretasas específicas sobre productos agrícolas (como sí hizo en el caso del acero, aluminio o los automóviles) por lo que solo aplica la sobretasa general que actualmente es del 10 por ciento. Por otra parte, al momento de negociar acuerdos de rebalanceo, EE.UU. ha tenido una marcada actitud ofensiva para ampliar sus exportaciones agrícolas, obteniendo reducciones arancelarias y compromisos firmes de compra en favor de sus productos. A cambio, no ha otorgado casi ninguna concesión en el sector. Con China, en tanto, se mantiene una tregua en la escalada de tarifas, pero sin duda es algo muy inestable.

Foto: HUGO VILLALOBOS (NA)

Impactos

El informe del Inai considera prematuro extraer conclusiones sobre los posibles desvíos de comercio y sus impacto para la Argentina. Sobre todo porque el Ejecutivo estadounidense está revisando los niveles de sobretasas y sus fundamentos legales, a partir del fallo de su Corte Suprema de Justicia.

De todos modos, evalúa el análisis del Instituto, el reciente Acuerdo Bilateral de Comercio e Inversiones entre la Argentina y EE.UU. “abre nuevas oportunidades para ampliar nuestras exportaciones de productos como la carne bovina, vinos, frutas frescas y secas, aceite de oliva, papas congeladas, miel y productos de la pesca, entre otros”.

Si bien, como contrapartida, los 28 acuerdos de rebalanceo celebrados hasta el momento por EE.UU. seguramente potencien sus exportaciones agrícolas a esos mercados.

En cualquier caso, para aprovechar las oportunidades y enfrentar los desafíos de estos cambios arancelarios, “es importante que la Argentina avance en su agenda de competitividad”, dice el Inai, portavoz de los grandes operadores del agronegocio.

Se podrá así aprovechar “un capital de altísima relevancia: la garantía de estabilidad en el suministro”, ya que “el grueso de nuestras exportaciones no se ve afectada por las disrupciones del comercio por conflictos bélicos o interrupciones en chokepoints“.

“Somos una zona de paz lejos de los conflictos armados que afectan o condicionan a muchos países agroexportadores.” Y por el momento los principales chokepoints utilizados por nuestras exportaciones de granos y subproductos (Malaca, Cabo de Buena Esperanza y Canal de Panamá) no tienen conflictos operativos significativos ni riesgos altos en el corto plazo que hagan peligrar su buen funcionamiento.

De allí, concluye Inai, la importancia –como política de Estado de la que no debería apartarse el gobierno, cualquiera fuere su tendencia– de eliminar registros o cupos que limitaron las exportaciones de granos, carne bovina, lácteos y otros productos.

Desde luego, esa liberalización tornaría cada vez más elevados los beneficios de grandes productores, empresas exportadoras agroalimentarias y compañías vinculadas. Y al contrario de las políticas de aliento que llevan adelante los países desarrollados –vaticinan analistas– condenaría principalmente a múltiples rubros industriales a su desaparición, mientras la ausencia de mecanismos de creación de empleos y redistribución de ingresos acentuaría la concentración de ingresos en desmedro de la amplia mayoría de la población.

Los operadores del agronegocio prefieren no decir nada al respecto y proponen seguir esa hoja de ruta inmodificable, con el argumento de que se espera que el incremento de los conflictos bélicos y las disrupciones en chokepoints sigan impactando en la producción y comercio de productos agrícolas (especialmente los granos).

Cuando la Argentina aplicaba estas restricciones, muchos importadores optaban por buscar fuentes alternativas que aseguraran sostenibilidad en las ventas. 

Factores de desestabilización

El acceso estable y sostenido a alimentos por parte de los consumidores es fundamental para la seguridad nacional de los países. Cuando este acceso se cruza con la geopolítica y las alianzas estratégicas, crece el riesgo de que estos productos sean utilizados como potenciales factores de desestabilización. Esto coloca en una situación de extrema vulnerabilidad a los países que son grandes importadores netos de alimentos, principalmente a aquellos que están más densamente poblados y que aún cuentan con amplios sectores de su población con bajos ingresos.

Atento a ello es esperable que estos países importadores busquen diversificar y fidelizar sus compras en el exterior: a los conocidos factores de competitividad, sanidad y sostenibilidad, se les sumará uno nuevo de extrema relevancia: la estabilidad en el abastecimiento. Por esta razón es de esperar que estos países prioricen las compras desde exportadores con identidades políticas/culturales afines o, que al menos, garanticen que las eventuales discrepancias no incidirán negativamente en el abastecimiento sostenido del mercado.

Como hemos visto estos días a raíz del conflicto en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, o como los ataques de los rebeldes hutíes que implicaron el cierre del complejo Bab-el-Mandeb/Canal de Suez en 2024, estos acontecimientos tienen la capacidad de impactar en la producción y comercio a través de variables ligadas con los precios de los granos, de los insumos críticos como los combustibles y los fertilizantes, del transporte internacional (ya sea por la suba del petróleo, primas de seguros marítimos o rutas más largas), de las principales monedas y a la evolución de la economía a nivel general (nivel de actividad, inflación, tasa de interés, etcétera.).

Por supuesto que ninguna de estas situaciones particulares de la Argentina evita los efectos sistémicos en materia de precios que se describieron anteriormente, por lo que la agenda de competitividad vuelve a ser importante.

El impacto dependerá de la importancia exportadora de los países afectados por el conflicto o la relevancia del chokepoint en el comercio de granos –los principales son Bósforo (que conecta Mar Negro con Mediterráneo, 20-25%) y el estrecho de Malaca (que une los océanos Índico con Pacífico, 15-20%)–, la duración temporal del conflicto y el nivel de afectación de la infraestructura básica como puertos, cadena de suministro de granos, almacenamiento, ductos para gas/petróleo, plantas de tratamiento, etcétera.

Escrito por
Daniel Víctor Sosa
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