El pasado 6 de junio, ante una audiencia de unas cien personas entre los que se contaban investigadores, docentes, graduados, políticos, y público en general, la UBA otorgó el diploma Honoris Causa al profesor israelí Raanan Rein, quien ya había sido condecorado en la Argentina con la Orden del Libertador San Martín, distinción otorgada “a los funcionarios civiles o militares extranjeros que en el ejercicio de sus funciones, merezcan un alto grado de honor y reconocimiento de la Nación”.
En esta oportunidad, la decana de la Facultad de Ciencias Sociales, Ana Arias, celebró el reconocimiento a Rein y explicó que la distinción era una apuesta a “la unión de experiencias históricas y el conocimiento científico, algo que está fuertemente discutido”, mientras que el profesor y exdecano Fortunato Mallimaci repasó la prolífica obra de Rein, de más de 160 volúmenes como autor o compilador y 180 papers académicos, y señaló que “cada uno de los libros de Raanan tiene que ver con una aproximación metodológica y epistemológica para comprender el peronismo, y con intentos de discutir y problematizar, lo cual está muy bien”, al tiempo que agradeció su “excelencia académica”, su “compromiso y ese renovado y desafiante intento de no aceptar verdades impuestas”.
Visiblemente conmovido, Rein, que se desempeñó hasta poco tiempo atrás como vicerrector de la Universidad de Tel Aviv, agradeció la distinción y destacó que comparte la visión y los valores de excelencia en la investigación de la UBA, universidad que “representa lo mejor que la educación pública puede y debe ofrecer a la sociedad, en tiempos en que las humanidades y las ciencias sociales en muchos países sufren un ataque frontal”.

Clase magistral
Luego dio paso a su clase magistral, denominada “Populismos: pasado y presente”, durante la cual hizo referencia al fortalecimiento global de la derecha radical populista, “con una postura antipolítica que encuentra eco en distintas franjas de la población, con su uso del miedo y con su carácter de outsiders del sistema político, y eso nos fuerza repensar el fenómeno populista y sus distintas caras a lo largo de los últimos cien años”. En este sentido, mencionó que “comparando los populismos de antes y de ahora, se pueden observar continuidades claras: la lógica del ‘nosotros versus ellos’, el intento de representar al pueblo en oposición a una élite, y la centralidad del liderazgo personalista”, pero afirmó que “también hay rupturas notables. El populismo clásico, especialmente en América latina, tenía un componente inclusivo. Incorporaba a sectores marginales a la vida política, ampliaba derechos y reformulaba el Estado. Hoy, muchos populismos tienden a ser excluyentes: redefinen al ‘pueblo’ de manera más restringida, atacan derechos civiles y promueven agendas regresivas”.
No es casualidad, en este sentido, que Rein haya focalizado sus estudios en los gobiernos de Perón, que enmarcó dentro del “populismo clásico”, al tiempo que planteó que “una pregunta clave en los debates contemporáneos es si el populismo debe ser entendido como una amenaza a la democracia o como un síntoma de su mal funcionamiento”, y presentó la opinión de autores que sostienen que el populismo “es una señal de alerta sobre las fallas de los sistemas representativos y una respuesta a la desconexión entre élites y ciudadanía”, así como otros “que advierten que el verdadero peligro del populismo no es su crítica a la élite, sino su pretensión de ser el único representante legítimo del pueblo”, al tiempo que reflexionó: “Las propuestas populistas pueden, bajo ciertas condiciones, contribuir a la renovación de la democracia y al intento de enfrentar las carencias y las fallas de la democracia liberal”. Asimismo, planteó que si bien había trabajado sobre muchos otros aspectos de la historia política, social y cultural de la Argentina del siglo XX, “el peronismo sigue siendo uno de los ejes principales de mi empresa académica y aquí radica, quizá, una de las posibles ventajas de un historiador que se siente argentino en muchos sentidos, que ha dedicado los últimos cuarenta años a estudiar la historia argentina, es decir un ‘insider‘; pero que es esencialmente un observador extranjero, un ‘outsider‘ que no participa ni activa ni pasivamente en la política interna, no vota en elecciones y nunca se va a afiliar a ningún partido político, formal o informalmente”.
Esta condición, señaló, le ha dejado la posibilidad de analizar el peronismo con sus luces y sombras, “sin caer en muchas de las trampas del uso y abuso del pasado en clave del presente”. Remarcó que “el populismo sigue siendo el mejor paradigma para entender este movimiento tan importante con sus impulsos, democratizador y autoritario a la vez”, sin dejar de señalar que “revisando los medios de comunicación, así como la literatura académica, parece que el populismo sufre de una ‘inflación semántica’, pues el término populismo es uno de los más abusados y abusivos en el léxico o el vocabulario político contemporáneo”, al punto que, añadió, “estudiosos del populismo proponen periódicamente prohibir este término porque se utiliza de forma indiscriminada para referirse tanto a políticos de derecha como de izquierda que adoptaron políticas neoliberales o estatistas”.
Tomando distancia de quienes usan este concepto con connotaciones peyorativas, atribuidas, señaló, tanto por políticos de derecha como de izquierda a sus rivales intentando insinuar que sus medidas están guiadas por criterios de popularidad a corto plazo y no por “el bien de la Nación” o los “intereses del Estado”, o bien de investigadores que “adoptaron definiciones simplistas del populismo, reduciéndolo a manipulaciones por parte de las élites burguesas, irracionalidad de los seguidores o presentándolo como sinónimo de demagogia y corrupción”, Rein planteó la importancia de “diferenciar entre los distintos tipos de populismo. Algunos son excluyentes del ‘otro’, un otro definido por criterios religiosos, étnicos y raciales, mientras que otros buscan incluir a sectores marginados de la sociedad política, socioeconómica y culturalmente”, e identificó, en el país, el temprano populismo de Hipólito Yrigoyen, el populismo clásico de Juan Perón, el neopopulismo de corte neoliberal de Carlos Menem, el populismo de izquierda de Cristina Kirchner, y el más reciente populismo de derecha radical que tal vez exprese Javier Milei. Luego enumeró los diez rasgos fundamentales del llamado “populismo clásico” de las décadas de 1930 y 1940.
El populismo clásico
Rein mencionó, sin orden de importancia, en primer lugar “la apuesta por el estatismo y el intervencionismo estatal en la economía y en todos los órdenes de la vida pública”, bajo la idea de que “solo el Estado puede regular las relaciones sociales y evitar el caos resultante de la distorsión en la distribución de los ingresos nacionales y al mismo tiempo asegurar el progreso”. Añadió que “en la mayoría de los casos, estas propuestas y políticas se formularon sin desafiar y cuestionar el principio de la propiedad privada capitalista. Se trata más de un capitalismo estatista que de un socialismo”, y que “la gran diferencia entre los populismos cásicos y los movimientos o gobiernos de corte populista contemporáneos radica precisamente en el rol asignado al Estado”, pues “Trump y sus políticas orientadas hacia el mercado está lejos del estatismo de Perón, ni hablar del anarco-capitalismo del libertario Javier Milei que está más lejos aún de estatismo alguno”.

En segundo lugar, mencionó “la búsqueda de la polarización social y de la crispación permanente, inherente a su forma de gobernar, donde la sociedad se divide entre la patria y la antipatria, o la patria y los vendepatria, es decir una falsa dicotomía, una visión maniquea acerca de la lucha entre la suma de la bondad y la suma de la maldad, y todo aquello que no esté con el líder o con el régimen encarna a la antipatria y se convierte en cipayismo, un aliado de la oligarquía y el imperialismo”. Luego, mencionó “los esfuerzos dirigidos hacia la incorporación social, política y económica de las masas de grupos anteriormente excluidos”, y mencionó las diferencias con la Europa de la posguerra y Norteamérica, donde “los movimientos populistas han sido de derecha y exclusionistas, con un elaborado discurso hostil a los inmigrantes, mientras que los de América latina han sido primordialmente inclusivistas”. Como ejemplos, destacó “las mujeres, los descamisados, los sin tierra, pueblos originarios, no blancos, inmigrantes y sus descendientes, diversos sectores que a menudo fueron marginados y estigmatizados, y a los que los movimientos populistas latinoamericanos les ofrecieron por primera vez una voz en la política”, lo que muestra “el carácter inclusivo del populismo clásico latinoamericano al que me referí anteriormente y también en tres de mis libros recientes, Los muchachos peronistas judíos, Los muchachos peronistas árabes y Perón: la inclusión política de judíos, árabes y japoneses“.
En cuarto lugar, hizo referencia a “un fuerte componente nacionalista, que adquiere rasgos antiimperialistas y antinorteamericanos”, una retórica nacionalista que “puede estar dirigida en contra de distintas amenazas externas, reales o imaginarias, como el imperialismo estadounidense o el comunismo, el protestantismo o la masonería, la globalización o el Fondo Monetario Internacional”, y detalló que “este componente nacionalista, y en especial el nacionalismo económico, sigue siendo crucial aun en estos tiempos de globalización como se ve en la política arancelaria de Trump”.
Luego, hizo referencia a un “profundo antiliberalismo, en lo económico, político, y social, lo que llevó a menudo a la búsqueda de una Tercera Posición, manifestando al mismo tiempo un rotundo anti-marxismo”, como así también a la presencia de un líder carismático, “siguiendo a Max Weber, como ‘un don divino’, poder o talento que otorga diversas capacidades a quien lo posee, donde pueblo y nación se fusionan en una sola identidad cuya representación personifica el líder populista, portador simbólico de todas las virtudes”. En este sentido hizo especial mención al caso de Evita, “un liderazgo carismático femenino que fue excepcional”.
En séptimo lugar, dio cuenta de “la rehabilitación de diversos aspectos de la cultura popular y del folklore, que hasta entonces habían sido despreciados por las elites culturalmente orientadas hacia Europa”, y remarcó que “después de todo, las expresiones simbólicas de la integración social e incorporación política eran no menos importantes que sus expresiones materiales y concretas”. En otro punto, buscó matizar la idea de un supuesto contacto directo entre el líder carismático y las masas, presuntamente acrecentado hoy por “la supuesta relación directa por los medios digitales como canal directo: X (ex Twitter), Facebook y otras redes, que han reemplazado parcialmente a los partidos como vehículo de movilización y comunicación, lo que les permite a los líderes hablar ‘sin intermediarios’ al pueblo”. Sin embargo, planteó: “No creo en este mito de relación directa entre el líder carismático y las masas populares. He publicado mucho sobre la segunda línea de liderazgo peronista desde mi libro Peronismo, populismo y política de fines de los años 90, pasando por la biografía de Juan Atilio Bramuglia que acaba de publicarse en una nueva edición, así como varios tomos compilados con Claudio Panella”. Y señaló que “si bien en la primera etapa formativa Perón o Chávez eludieron los canales partidarios institucionalizados al dirigirse a diversos sectores sociales, no dejaron por ello de establecer vías alternativas de mediación para movilizar el apoyo popular, y es el deber de los estudiosos detectar estos canales alternativos, que pueden ser personas, asociaciones o instituciones. El peronismo, por ejemplo, no habría sobrevivido a la caída de septiembre de 1955 sin un importante componente que surgía desde las bases hacia arriba”.
En noveno lugar, mencionó “el predominio del clientelismo, lo que supone un uso discrecional del presupuesto del Estado y de los fondos públicos que muchas veces raya en la ilegalidad”, aunque aclaró que “este tipo de clientelismo no es un monopolio de los movimientos populistas y ha caracterizado la política latinoamericana, y no solo en este continente, a lo largo de mucho tiempo” y que “no significa que podamos ignorar la naturaleza del populismo como una importante fuerza democratizante que ha movilizado diversos sectores sociales que anteriormente estaban excluidos, pero debemos diferenciar nuevamente entre las etapas tempranas de los movimientos populistas, cuando esta dimensión es más pronunciada, y las etapas posteriores, especialmente después de sus llegadas al poder, cuando sus facetas autoritarias se tornan más evidentes”.
Finalmente, y como décimo punto, destacó “el carácter electoral del populismo, con su constante esfuerzo de renovar el mandato otorgado por el pueblo. Se ha tratado de un movimiento electoral que en la mayoría de los casos llegó al poder a través de las urnas y no en un golpe militar, es decir, un movimiento que promovía la participación activa de los ciudadanos en la política y movilizaba a grupos que hasta entonces habían sido ajenos a la vida pública”. Y subrayó que “en la década peronista se extendió el derecho al sufragio a la totalidad de la población, se creó el Partido Peronista Femenino y, en las elecciones presidenciales de noviembre de 1951, votaron, por primera vez, las mujeres”.
Rein finalizó así su exposición volviendo a “agradecer a las autoridades de la Universidad de Buenos Aires y de la Facultad de Ciencias Sociales por este reconocimiento que me honra”, y volviendo “a destacar la importancia de la educación pública superior y de las humanidades y ciencias sociales en estos tiempos turbulentos en que vivimos”, frente a un auditorio que efectuó un fuerte aplauso, y, en algunos casos, levantó también las manos en V.
