Tendríamos que haberlos matado en su momento. Ahora, los vamos a volver locos”, informa, advierte, promete de manera lacónica el militar de alto rango, prólogo de una condena atemporal de aislamiento carcelario impuesta a los tres presos políticos que ya han dejado de serlo, para pasar a la categoría de rehenes del régimen.
Todo lo que ocurra en el exterior, de resistencia y activismo, será castigado en ellos, y por decantación, en sus familias.
La noche de 12 años (2018), dirigida por Álvaro Brechner y protagonizada por un elenco multinacional, con el español Antonio de la Torre, el argentino Chino Darín y el uruguayo Alfonso Tort, encarnando a los históricos dirigentes de la organización revolucionaria Tupamaros, Pepe Mujica, Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro, es una historia tan real y verídica como sus personajes. No se permite licencias sino interpretaciones.
Basado en el texto testimonial Memorias del calabozo, de Rosencof y Fernández Huidobro, el film recorrió un exitoso camino y fue seleccionado para el 75o Festival Internacional de Venecia y el Festival de San Sebastián, resultando premiado por el público en el Festival Internacional de Friburgo, Suiza.
Está claro que La noche… no es una película carcelaria, aunque gran parte de su desarrollo transcurre entre muros, y se aproxima más al rubro histórico, a partir de una oportuna reconstrucción de época y contexto (el Uruguay de los años 70), pero la lente del director se posa más sobre la delgada línea que separa la lucidez de la locura, tensada en circunstancias límites como esos doce años de sufrimiento y
tortura física y mental.
“Entre otras cosas, no es una película carcelaria porque hay dos cosas que siempre están presentes en ese género y no lo están en La noche…: el intento de fuga y la socialización en la cárcel, la recreación de una micro-sociedad en el recinto penitenciario. Nada de esto sucede aquí. Ni ellos se intentaron fugar nunca ni les fue permitida relación alguna –señalaba en su momento Brechner–. Es una película sobre el descenso a la profundidad del infierno mental. Para mí, era esencial que la propuesta visual fuera así de ‘sucia’, que saliera del estómago. En el fondo, es una película dura, pero la violencia está profundamente soterrada. No hay una recreación estética sobre la violencia. Aquí se trata de dibujar otro tipo de oscuridad”, apuntaba.
A estos factores, se suma la dificultad de esa materia prima, constituida por unos “diarios del subsuelo” tan personales como difusos. “Tenemos que pensar que fueron hombres que vivieron en pleno aislamiento sin capacidad de construir una narrativa de los hechos.
Estaban encerrados entre paredes de dos metros donde no se apreciaba la diferencia entre el día y la noche, ni el mes en que vivían, salvo que te congelás en invierno y te asás en verano. Esa sensación de confusión mental permanente fue, para mí, lo más importante de transmitir”, reseñaba Brechner, quien se comprometió en un exhaustivo relevamiento histórico en pos de obtener “legitimidad” para el tratamiento cinematográfico.
Transitando ese proceso, se llevaron a cabo profusas entrevistas con otros rehenes, recabando testimonios de militares y políticos.
“Uno parte de cierta base obligatoria que tiene que ver con la reconstrucción de época, pero para mí, no fue esto lo esencial ni lo que me motivó a hacer la película. Mi intención fue retratar el universo mental de estas personas a las que le fue quitado todo lo que tiene un ser humano y qué hacen ellos para mantener su condición de seres humanos en circunstancias tan extremas”, subrayaba entonces.
EL ABISMO TAN TEMIDO
Contra lo que pueda presuponerse, hay humor en la película. Guiños, grageas, que contribuyen a descongestionar la oscuridad reinante en el relato, pero también a revelar el costado grotesco de la maldad y la barbarie.
La burocracia militar se pone de manifiesto cuando Fernández Huidobro es trasladado para hacer sus necesidades y las cadenas que lo mantienen inmovilizado le impiden concretar el acto fisiológico. Se produce así un conciliábulo in crescendo que requiere de la autorización de la máxima autoridad del establecimiento para liberarlo momentáneamente de los grilletes.
En esas circunstancias, también, se hace de unos recortes de periódicos que les acercan las primeras e intrascendentes noticias del exterior, como la muerte del presidente francés George Pompidou y la consagración en el Festival Eurovisión de la canción del grupo “suizo” Abba (1974).
Otro episodio por el estilo tiene como protagonista a su compañero Rosencof, quien, harto de escuchar las confesiones de incertidumbre sentimental de un soldado raso, termina ofreciéndole sus dotes de poeta para seducir por escrito a la esquiva damisela. Cuando el incidente llega a oídos de un sargento, será éste quien le proveerá de materiales para entablar correspondencia amorosa con su pretendida.
Otro absurdo del sistema tiene como partenaire a la efectiva Soledad Villamil, quien le pone el cuepo a una psiquiatra que atiende a Mujica como un simple paciente, afectado por trastornos mentales.
“Tiene que aferrarse de lo que pueda, Mujica, en estos momentos –lo conmina–. ¿Cree en Dios?”
“¿Que Dios haría esto?”, replica el prisionero.
“Mujica me dijo un día: ‘¿Cómo sabemos lo que podemos ser capaces, si no somos puestos ante las peores circunstancias?’ –recordaba Brechner de su trato cotidiano con el expresidente–. Yo le pregunté cómo se hace para resistir en una situación tal y Mujica me dijo que, sometido a esa situación extrema, el hombre busca sobrevivir como puede.”
