Buenos Aires revelada. Fachadas de la ciudad cotidiana (Editorial Olivia, 2025) acaba de ser declarado libro de “interés para la comunicación social y la cultura porteñas” por la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires en mayo pasado. Su autor, licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires y docente de esa carrera, es Pablo Fernández. Las 130 páginas de su obra con 110 fotografías son apenas una minúscula parte de las más de cinco mil fachadas que viene fotografiando con su teléfono celular desde los días de la pandemia de covid-19 y exhibiendo en su cuenta de Instagram. Habló con Caras y Caretas sobre su hobby y las políticas públicas en torno a la arquitectura de la ciudad.
–¿Cómo surgió este trabajo minucioso?
–Cuando empecé a sacar fotos durante la pandemia, con más frecuencia como para subir una foto por día, solamente ponía la dirección con la finalidad de que si a vos la fachada te había gustado y te querías acercar a verla personalmente supieras dónde estaba. Después me fui dando cuenta de que también la gente, el público, los seguidores, valoraban tanto la imagen como el texto que la acompañaba porque a veces vos tenías una historia para contar, algún dato histórico importante o contar quién había vivido ahí o quién vive ahí.

–¿Qué historias rescataste?
–En Núñez vivía una profesora y me enteré de que era muy querida en el barrio a partir de los comentarios de los seguidores. A propósito de esto, quiero decir que la comunidad que se generó en torno de la cuenta es lo que me parece que la hace más interesante. Muchas de las historias de las personas que vivieron dentro de esas propiedades, te enterás a partir de que vos hacés la publicación y la gente del barrio te escribe y te cuenta. Esta profesora, llamada Delia, daba clase en un instituto cerca de su casa, vivía sobre la calle Crisólogo Larralde y murió hace poco. Me escribió su prima para contarme que esa mujer no tenía familia directa y decidió dejarle la casa a una amiga. La amiga la vendió. Se ve que vino una desarrolladora inmobiliaria, le puso un buen billete y la vendió y la van a demoler ahora, seguramente para hacer un edificio, como está pasando en un montón de barrios de la ciudad de Buenos Aires. De todo eso me enteré a partir de la publicación.
–¿Cómo es el trabajo de encontrar una historia en cada fachada de estas casas?
–En principio busco en internet a ver si en posteos anteriores en las redes sociales alguna persona comentó algún dato o la casa apareció en alguna nota periodística. A veces el disparador es la firma del arquitecto o la empresa constructora en la fachada. Si es una persona que ya conozco reconstruyo en el texto que acompaña las fotos cuáles son sus obras más destacadas. A veces acudo a una página del gobierno de la ciudad donde puedo chequear si la propiedad está protegida, si la protección fue desestimada, qué tipo de protección tiene y a veces, incluso, accedo a algunos planos que me permiten identificar con precisión el año o por lo menos la década en que esa propiedad fue construida.
–¿Pudiste recorrer todos los barrios de Buenos Aires?
–No, por ejemplo, Villa Soldati y Villa Riachuelo quedaron pendientes.
–¿Cómo hiciste la selección de las casas y cuáles quedaron afuera del libro?
–Quedaron afuera miles porque ya tengo una galería de unas cinco mil imágenes. Hice una preselección de trescientas y en el libro quedaron 110, gracias a la curaduría de Mariana Quiroga, que es la arquitecta con la que trabajé y forma parte del equipo de editorial Olivia. No es lo mismo ver la imagen en el teléfono celular que luego en el libro. Ahí es donde empezás a ver si estéticamente la foto queda bien o queda mal. La selección tuvo que ver un poco con aquellas fachadas que más me gustaban, me resultaban más queridas de este “álbum de figuritas” que es mi cuenta de Instagram. En este primer libro, no sé si habrá más, quise incluir por lo menos diez de mis fachadas favoritas y luego tratar de ser un poco representativo del eclecticismo que caracteriza a la ciudad de Buenos Aires en materia de arquitectura.
–La mayoría de las fachadas del libro corresponden al período que va de 1890 a 1940. ¿Por qué esa elección?
–Es cierto, la mayoría de las casas efectivamente pertenecen a esa época. Porque me gusta esa clase de arquitectura, la encuentro con mayor personalidad. Esa arquitectura era distinta a la de ahora, era menos utilitaria y más estética. Hoy se construye de otra manera porque las necesidades son diferentes. Los tiempos han cambiado y los estilos arquitectónicos también han representado eso. Tenés el paso del Art Nouveau al Art Deco, después tenés el racionalismo, el brutalismo y los ornamentos van desapareciendo. Hoy tenemos, como decimos muchas veces, cajas de zapatos sin demasiada personalidad o valor estético. Creo hasta la década de 1950 o los tiempos de Clorindo Testa, con todo lo que fue el brutalismo, el racionalismo, hay cosas que me interesaron. Estéticamente están buenas de ver y me parece que son las más ricas fotográficamente.
–En los agradecimientos mencionás a varias personas con roles técnicos específicos ¿Cómo colaboraron con tu trabajo?
–En los agradecimientos están nuestros líderes espirituales periodísticos: Oscar González y Daniel Vila, con quienes empecé a dar clases y de quienes también aprendí el valor de la precisión y la rigurosidad, a la hora de buscar información, incluso también en la imagen.

–¿Existe una política pública en CABA para preservar estas reliquias históricas o el capital se encarga simplemente de demolerlas a partir de negocios inmobiliarios?
–No hay una política pública. Lo que hay son chispazos. El código urbanístico fue reformado a fines del año pasado y le hacen permanentes parches de acuerdo al tironeo que hay en la Legislatura con los desarrolladores inmobiliarios que te piden más metros para arriba y eso es lo que hace que muchas veces se va rompiendo el tejido urbano de muchos barrios de la ciudad de Buenos Aires. Donde vos veías una homogeneidad, empiezan con la piqueta a desaparecer un montón de casas con estilo y aparecen edificios. Si vos me dijeras que de esta forma paliamos la crisis habitacional que padece esta ciudad hace muchísimos años, aceptaría demoler patrimonio. Pero no pasa eso. Es especulación inmobiliaria, alquileres temporales. Mucha gente que tiene un mango decide invertirlo en ladrillo porque históricamente es lo más seguro y rentable. Y termina pasando esto: propiedades que no se catalogan. Porque para que una propiedad esté protegida y no la puedan tirar abajo, de máxima, o no alterar su fachada, de mínima, la tienen que proteger catalogándola en la Legislatura. Para eso tiene que cumplir una serie de requisitos, hay distintos grados de protección. Lo que sucede es que cada vez se cataloga menos y ahora se está empezando a descatalogar también, porque el gobierno en la ciudad pide descatalogar casas para hacer negocios, básicamente. Esto, obviamente, como siempre es difícil de probar en la práctica: ¿quién hace los negocios con quién? Pero no es muy difícil intuir por dónde va la cosa.
