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Caras y Caretas

           

La potencia del lenguaje

Liliana Ponce.

La reciente edición de Boomerang Naturae, la poesía reunida de Liliana Ponce, que abarca su obra entre 1976 y 2022, llama la atención sobre una autora potente y acaso de culto.

Cuando somos convocados por el poema, dice Alain Badiou, escuchamos “el murmullo de lo indiscernible”. Preguntándose por Mallarmé, el enorme poeta simbolista, el filósofo francés insiste con que resulta vano negar la “superficie enigmática del poema”.

La poesía de Liliana Ponce, en particular, lleva ese murmullo de lo indiscernible y la superficie enigmática del poema a su paroxismo. Estamos ante una escritura que se asienta en lo inesperado alejándonos, rotundamente, de la opacidad de la repetición.

“Todo lugar es extranjero.

La noche del sueño se acerca sin imagen,
replica a los sentidos:
vuelco los objetos, desciendo, desaparezco.

Espero ante todo la sustitución del deseo
–que la naturaleza entre en el cuerpo
bajo perfumes amorfos, hable a la memoria.

¿Qué separa los imposibles
de esos restos que la razón hizo ver:
alas en la cabeza del lobo, garras en el pez?”

Cada poema de Ponce exige. Exige lentitud y velocidad a la vez, lo que genera una tensión insubordinada: si nos detenemos, nos ahogamos, si leemos de corrido, nos perdemos. Entonces, urge encontrar el punto justo, casi imposible, de ambos modos, lo que implica una vocación ardiente hacia el disturbio interior.

“Me volvería sobre ese muro derribado
donde ella coloca su ojo
como el desvelo que pierde lunas errantes
en la simetría nocturna.

Detrás, el hueco del tiempo
–su boca traga metamorfosis de infinitos anhelos.

Me volvería sobre la carne
como la reminiscencia
o el olvido desvaneciéndose.
En el torreón y en las hojas,
En las cenizas, escribo.
El artificio del día es sucesivo
Mientras la repetición forma constelaciones de cuerpos y voces.”

Navegamos sobre una arenosa geografía a la que, en ocasiones, llamamos hermetismo. “Aquello bautizado como ‘hermético’ –alerta Badiou– no es otra cosa que lo momentáneo del poema, momentáneo que solo es accesible por medio de una oblicuidad, oblicuidad que señala el enigma. El lector debe entrar en el enigma para alcanzar el punto momentáneo de la presencia. Si no, el poema no opera.”

La operación poética

Que el poema opere (“el poema realiza una operación en el lenguaje, no en la realidad”, remarca el poeta y ensayista peruano Mario Montalbetti) significa que hace su trabajo dentro de sí, nunca por fuera. Son las pautas internas las que obran sobre el sentido: no hay afuera sino un adentro del poema reuniéndose sugestiva, inapropiadamente, en nuestro interior. Para eso, Badiou propone inmersión en el poema –no interpretar, mucho menos comprender– apelando a una voluntad lectora sensible (absorbente) y lúdica. “Que el procedimiento del poema sea oblicuo –aclara– es lo que exige entrar en él más que ser atrapados por él.”

Entrar en el poema más que ser atrapados por el poema. Esto implica una lucha cuerpo a cuerpo con el lenguaje. Y qué mayor éxtasis. “La regla es simple: entrar en el poema, no para saber de qué habla, sino para pensar qué pasa en él. Como el poema es una operación, también es un acontecimiento”, refuerza Badiou.

Acontecemos en la intimidad de una escritura que desarticula cualquier premisa y que opera en lugares poco frecuentes de la sensibilidad. Alejada de la razón, la poética de Ponce, sin embargo, asume un tenor filosófico bordeando una disrupción constante que podría tomarse como surreal. Pero no. No es exactamente surrealismo –aunque no se asuma tan distante–, sino un intempestivo desvío de imágenes que, aunque desde el significante establecen relación y continuidad, rompen todo significado predecible.

“¿Qué haremos caminando sin rumbo
mientras la escalera se abre
y cae en la grieta del desierto?
¿Vendrás conmigo para sujetarme?
Ahora los dedos se escurren,
tiembla el aire y la sangre sabe
que la hora tiene su voz sincronizada.”

Leer a Liliana Ponce no es ingresar a un lenguaje diferente, sino salirse de donde hacemos nuestro hábito. Lo que desconcierta no es la dificultad para encauzarse en una sucesión de significaciones sino la potencia del lenguaje en su zona más extrema, más rompiente, más metonímica, más inmersa en la soledad del sentido porque no lograremos alcanzar más que, como dice Celan, esas “vibraciones que otra vez se anuncian en nosotros”.

“Al escribir observo. Después voy hacia tierras marcadas
con signos invisibles. Cierro los ojos y entro en la gruta.
Me esperás para darme el mapa. Sabía que tu mapa era el
deseado.

Cierro los ojos, porque el tiempo se ha dividido en tantos
hilos…

Como un nuevo cielo, el aire envuelve la gruta.

Tu mapa crece y me muestra el árbol y su sombra. El árbol
también crece y estás en sus hojas, que como brazos, me
sostienen.

Palmo a palmo recorro la tierra leída.”

El don de la fuga

Quiérase o no, conviene desprenderse de inmediato del verso o de la imagen propuesta. La fuga es un don de la poesía y en este caso específico se produce una sustracción violenta del sentido una y otra vez generando éxtasis y vaciamiento en zigzag. Una sintaxis perfecta y reluciente abriga una semántica exhausta de lo retórico y gastado, plantándose con relieves metafísicos y rebeldes:

“Ese además sirve como gesto de forma
de lo pronunciado en ocasión
–disfraz impreciso, elegancia en un ramaje de llamas y polvo.

Flexible, la creencia modela cada palabra,
pone un peso en el canto de la repetición,
y la sustancia es lo líquido, lo que atraviesa
objetos moluscos, la piedra y la memoria de la piedra.

Ese además es el ojo inclinado,
superficie del presente en su traducción del pasado
y ausencias recíprocas.

Y nada más sobre el primer hechizo
intruso en la casa del tigre
–el que nos hace dobles en el sueño
Y nos arrastra sobre sus montañas.”

El acontecimiento real se concreta con la aparición del volumen Boomerang Naturae. Poesía reunida (1976-2022) con un prólogo exquisito de la poeta y ensayista Valeria Melchiorre. Hace tiempo que los libros de Liliana Ponce (Buenos Aires, 1950) no circulan. Por fortuna, los poemas son como crustáceos: se entrometen en cualquier resquicio que los cubra y los proteja, y se adaptan a los diferentes ecosistemas. Así es que circulan, entrometidos y salvajes, por una diversidad de espacios y plataformas.

Pero importa destacar que una editorial grande como Emecé haya jugado esta carta. No digo que inflame las esperanzas, pero al menos ofrece un respiro ante tanta discontinuidad de la calidad literaria que se publica masivamente.

Ponce, inevitable es decirlo, se inscribe en una región de culto. Esto no significa que sea inaccesible ni mucho menos,  significa que requiere, como dije al comienzo, un tempo interior en connivencia con el irrespirable entorno al que el mundo capitalista poco habilita.

Siempre, leer poesía intensifica la capacidad receptora y disemina las semillas del lenguaje potenciando la precisión, el movimiento y la sensibilidad. La poesía conduce hacia un otro lugar que ensancha el saber de la mirada y refina el vínculo con las palabras.

“En el fondo de la garganta
siento que me separo del mundo
porque el aire es la médula abierta.

Ríos helados corren y tiemblan
Mientras la luz late en los peces verdes,
En las aguas verdes
Como hojas de árboles soñados.”

Leer poesía oscurece, y libera, como soñar.

Escrito por
María Malusardi
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