El último año trajo a Lorena Vega el encuentro con una nueva forma de popularidad, diferente al enorme reconocimiento que tiene desde hace años como protagonista de la escena teatral. Su aparición en la serie Envidiosa, donde encarna a Fernanda, la psicóloga que mantiene unas sesiones desopilantes con Vicky, el personaje de Griselda Siciliani, fue un furor entre el público. En este año, además del crecimiento de su personaje para la segunda temporada de la serie, se puede ver en plataformas también su gran trabajo en El fin del amor, que también estrenó nuevos capítulos.
Más allá de este momento inesperado de fama, cuenta con 25 años como actriz y directora en teatro, y más de cuarenta trabajos en cine y TV, donde se destaca por su capacidad de manejarse con los diversos géneros, además de la ductilidad actoral con la que dota a sus personajes de identidad corporal, gestualidad, personalidad y una voz propia personal. Durante este año se pueden encontrar en cartel, en distintos momentos y con diversas modalidades, siete obras diferentes, que protagoniza o dirige. En el caso de Imprenteros, que tiene versión escénica, libro y película, es también dramaturga y directora.
Además de esa obra de raíz autobiográfica, tienen presencia en el escenario en Las cautivas, La vida extraordinaria y Encarnación Ezcurra, mientras que como directora se destaca en Civilización, Precoz y Testosterona.
Si todo esto fuera poco, Fito Páez la invitó para participar de su nuevo disco, Novela. En diálogo con Caras y Caretas contó: “El disco tiene 25 canciones, y a través de ellas cuenta una historia a partir de unas narraciones que van entre un grupo de canciones y otro. Fito me invitó a hacer esa voz narradora, y cuando pasó eso pensé que era como si el camino que hice me tenía que llevar a esto, que lo que tenía que hacer en mi vida era esto”.

–¿Podrías construir un mapa de tu trabajo en el teatro a partir de las siete obras que están vigentes en este año?
–Creo que tienen en común que son piezas de dramaturgia argentina, y en todos los casos trabajan sobre la identidad. Entre estas siete obras hay propuestas de teatro documental y de corte autobiográfico, tanto en Imprenteros como en Testosterona; hay obras que revisan la historia argentina, ya sea Las cautivas como Civilización y Encarnación Ezcurra, que revisan los orígenes de nuestro país; y hay las que tocan cuestiones presentes de temática social, como Precoz, que pone la mirada sobre los nuevos pobres, los caídos del sistema, los clase media que se vinieron abajo y se convierten en homeless. En el caso de La vida extraordinaria, si bien me parece que no es ajena a ninguna de estas cuestiones, está enmarcada en lo que se puede pensar como una época de oro, los años 50, y hay un encuentro con la poética de la literatura de ese momento en nuestro país. Es una mirada desde el aquí y ahora de ese momento, muy enfocada en la poesía. Entre las siete obras hay autoría de mujeres y de hombres. Me interesa marcar esto porque podemos revisar las más de cincuenta obras de teatro que hice, y en un primer momento fue todo dramaturgia de varones, amigos, contemporáneos, geniales, pero varones. Después empecé a trabajar con dramaturgia de mujeres, y no fue especialmente por una elección personal, es que las mujeres empezamos a tomar el espacio de otro modo y surgieron nuevas cosas.
–Las cuatro que dirigís proponen formas diferentes de encarar la puesta. Precoz, centrada en un una pequeña familia marginada; Testosterona, una performance autobiográfica con eje en lo corporal y lo audiovisual; Civilización, a partir de un gran texto de Mariano Saba, es una comedia, que va del siglo de oro español al teatro de la Ranchería, jugando con los cuerpos, los ropajes y la escenografía como dificultad; Imprenteros es teatro documental pero reconstruye un momento argentino, cuando la clase media organizaba la familia alrededor del trabajo en el taller, y gana potencia con el movimiento mecánico y el sonido. ¿Cómo trabajás con formatos y textos tan diversos?
–Me formé como directora tomando clases con Rubén Szuchmacher y Graciela Schuster y de ellos tomé preceptos que tengo grabados a fuego. La obra, ya en su propuesta, porta una matriz que hay que descubrir e identificar; hay una señal en ese texto, hay algo en la forma en la que la autora o el autor escribió esa pieza que ya está indicando un poco el camino, y eso es lo que hay que poder escuchar. Precoz, la novela de Ariana Harwicz, es parte de la llamada trilogía de la maternidad, junto con Matate amor y La débil mental. En este texto presenta a una madre y un hijo varón adolescente situados en los márgenes, en muchos sentidos. La adaptamos con Juan Ignacio Fernández, y el desafío era hacerlo conservando la poética de la novela. No traicionar la voz de Ariana, pero sobre todo de esos personajes, de ese mundo, de esa singularidad que está en la novela. Para empezar hay que conectarse mucho con la obra, empezás a tener una relación con el material, es como tener una relación con una persona, hay que ver qué te pasa en ese vínculo. Lleva tiempo y hay que abrir mucho la percepción. Yo tenía una primera relación de rechazo y resistencia y eso se convirtió en contenido para la puesta. Cuando lo pude vehiculizar para ese lado apareció el tono de la obra desde mi punto de vista. Precoz tiene dos etapas, la primera con Julieta Díaz, con quien hicimos el trabajo duro para encontrar la pieza teatral, y la segunda, donde Valeria Lois le trajo una nueva mirada al personaje. La impronta de cada actriz le dio un montón de riqueza a eso que se ve. Eso es fundamental, porque como sea el proceso, están los cuerpos y hay ver qué pasa con esos cuerpos ahí. Aunque son distintas, yo me veo repetida. Veo que hago lo mismo. La articulación de lo que pasa en escena tiene una lógica de movimiento, una lógica musical o coreográfica. Lo que yo identifico que hago, simplificando, es coreografiar el devenir de la escena. Siento que mis pautas son de juego en el enlace, cuáles son los puentes entre un momento y el otro. En ese sentido mi lectura es corporal, es casi como de danza, pero no soy bailarina ni soy coreógrafa. En Precoz es donde es más claro; en Civilización también. Pero en Testosterona también aparece esa lógica. Aunque es una arbitrariedad compararlas, y estamos haciendo este juego porque soy yo la directora de todos esos materiales, si vas a la matriz, incluso si espiabas cómo eran los ensayos, verías que no son tan distintos unos de otros en términos de cómo busco tejer el devenir de la escena.
–Entre Las cautivas, Encarnación Ezcurra y La vida extraordinaria hay algunas cosas en clave de tu trabajo como actriz, la lejanía con el naturalismo, una corporalidad potente y el trabajo de la voz como herramienta dramática fundamental. ¿Qué conexiones identificás entre estos trabajos actorales?
–Las cautivas y La vida extraordinaria son obras de Mariano Tenconi Blanco. La relación, y la creación, con Mariano comienza con Todo tendría sentido si no existiera la muerte, que es la primera obra que hice con él. Una comedia dramática con un humor filosísimo, llevado al límite por todo el equipo actoral, a partir del texto de Mariano que es brillante. Después hacemos La vida extraordinaria, en la que actuamos con Valeria Lois, una de mis mejores amigas y una de las actrices con las que más trabajé. Encontrarnos en esta pieza de Mariano fue una oportunidad de volver a despuntar nuestro código, con una dramaturgia muy preciosista que nos permite un arco expresivo enorme. Está todo dado para jugar nuestro juego. Porque Mariano como director es muy puntilloso y preciso, pero también muy agradecido y con el equilibrio justo para recibir lo que proponemos desde nuestra impronta actoral. Es incómodo hablar de nosotras, pero somos actrices potentes. Algo así como actrices de garaje refinadas. Como una banda de rock, que puede tocar en cualquier garaje, pero que la música que hace es preciosista.
–Como una banda de garaje que hace música barroca.
–Me encanta, porque lo barroco nos identifica. Somos actrices que miramos a actrices y actores de los 80, de los sótanos, que se han convertido en referentes, Alejandra Flechner, Urdapilleta, Verónica Llinás y otros, que son jugadores de toda la cancha. Eso nos gusta y han sido faros. Las cautivas llegó después, en un momento en que con Mariano tenemos un código de construcción aceitado por las experiencias anteriores. Me sentí muy libre de probar, sintiendo que él confía y estima eso. El equilibrio de construcción con él es muy placentero, armónico, muy a favor.
–El teatro independiente argentino, y la formación de los actores argentinos, por lo menos hasta los 80, tenía una fuerte impronta realista. La salida de la dictadura trajo una ruptura de ese paradigma. En tu trabajo no veo esa ruptura, sino constantes desplazamientos desde aquella centralidad. ¿Cómo es tu relación con el realismo?
–Me gusta la palabra desplazamiento. No sé por qué, pero desde el vamos tuve siempre una intuición de que había que ir por el lado de lo no establecido, de lo no hegemónico. Quizá porque siempre fui una persona de la marginalidad. Soy testigo de que ahí pasan muchas cosas y que hay una voz que merece ser escuchada. Y que también ahí hay un misterio que es parte de lo que nos habita, de la existencia. Eso siempre me interesó y me identificó. Quizás es una manera, también, en la que encontré como hacer. Quizás al principio fue más un camino que surgía, pero luego empecé a entender qué había detrás de todo esto. A partir de la experiencia también hay un posicionamiento, una manera de mirar las cosas.
–Más allá de todos estos notables trabajos, alcanzaste un lugar de reconocimiento popular por tu rol de Fernanda, la psicóloga impertérrita. ¿Cómo recibiste todo lo que pasó con tu personaje de Envidiosa?
–Lo recibí con mucha sorpresa, no lo esperaba. Me da mucha alegría porque lo que recibo es agradecimiento, manifestaciones de alegría. La gente se ríe y agradece mucho pasarla bien. Y me repiten frases completas de Fernanda. Recibo mucho afecto. En ese sentido, lo siento parecido a lo que pasa con las obras, y me muy pone contenta.
