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Caras y Caretas

           

Una historia forjada a sangre y fuego

Ilustración: Juan José Olivieri

De la Revolución de Mayo en adelante, y durante las guerras de la independencia, los crímenes políticos fueron una constante. Bajo esa ley fue asesinado, también, Facundo Quiroga.

Desde que la patria es patria, si fijamos como fecha de inicio el 25 de mayo de 1810 con la instauración de la Primera Junta de gobierno, los crímenes políticos se sucedieron en el camino de construcción de la nueva nación. No fue casualidad que quien presidió la Junta haya sido Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios y protagonista en la defensa del territorio durante las invasiones inglesas. El poder se sustentaba en la posesión de la fuerza de las armas y quien no las tenía debía someterse o ponía en juego su vida.

Eso le sucedió a Santiago de Liniers, también héroe de la Reconquista, quien se levantó en contra de la Junta y fue fusilado por Juan José Castelli, enviado a Córdoba con esa misión por el secretario de la Junta, Mariano Moreno. Poco después, el mismo Moreno no contó con la fuerza necesaria para enfrentarse a Saavedra, fue desplazado, embarcado a una misión en Europa, y murió durante el viaje presuntamente envenenado. Y Castelli fue encarcelado y falleció de un cáncer de lengua sin saber por qué se lo acusaba.

Por otra parte, cuando se intenta explicar la historia argentina, suele decirse que a partir de 1826, con el derrocamiento del presidente Bernardino Rivadavia, cayó la autoridad nacional y las provincias retomaron su soberanía manejándose mediante acuerdos bilaterales entre ellas. Fue en ese momento cuando hizo eclosión un conflicto que se había planteado poco después de la Revolución de Mayo con el enfrentamiento entre Buenos Aires y las provincias, y se desató la lucha entre unitarios y federales: los primeros partidarios de un gobierno centralizado, los segundos defensores de las autonomías provinciales.

VIOLENCIA ES SIMPLIFICAR

Hasta aquí no existen diferencias en las corrientes historiográficas. El problema se presenta cuando aparecen versiones que intentan simplificar los conflictos nacionales, y entonces es común la ubicación de los caudillos en las provincias, en el bando federal, y suele describírselos como fieles intérpretes del sentir popular, mientras que a los unitarios se los identifica como doctores porteños, admiradores de Europa en detrimento de la cultura local.

Si bien esta postura tiene una parte de la verdad, distorsiona el relato de la historia al no incluir lo que falta, y es que no todos los provincianos eran federales, no todos los porteños eran unitarios, no todos los que se denominaban federales interpretaban el sentir popular y no todos los unitarios despreciaban lo autóctono.

En 1816, para lograr la declaración de la independencia, los congresales en Tucumán postergaron sus diferencias respecto del ideal de nación a la que aspiraban, que debía cristalizarse en una forma de gobierno. De hecho, después, cada uno siguió su camino en la política y en más de una ocasión se enfrentaron en bandos opuestos.

El mismo presidente de la sesión histórica, Francisco Laprida, diputado por San Juan, era unitario, fue gobernador de su provincia en 1823 y murió asesinado por las montoneras federales de Félix Aldao. Tomás Manuel de Anchorena, federal y porteño, fue ministro de Juan Manuel de Rosas, estrecho colaborador de su gestión, aunque expresara un profundo desprecio por los pobladores autóctonos.

En cambio, Juan Martín de Pueyrredón, porteño y unitario, principal apoyo del general José de San Martín en su campaña libertadora, terminó apoyando al general Juan Lavalle cuando fusiló a Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, federal, porteño, quien contaba con el apoyo de las clases populares.

EL TIGRE DE LOS LLANOS

Lo mismo sucedió con el general Facundo Quiroga, otra evidencia de que la adscripción a la causa de la federación o de la unidad no siempre estuvo ligada al ser porteño o provinciano. El 12 de enero de 1832, Quiroga le escribió desde Tucumán al gobernador de Buenos Aires, el federal Juan Manuel de Rosas, expresándole su opinión acerca de la organización que debía darse el país: “Usted sabe, porque se lo he dicho varias veces, que yo no soy federal, soy unitario por convencimiento. Pero mi opinión es muy humilde y respeto demasiado la opinión de los pueblos que constantemente se han pronunciado por el sistema de gobierno federal. Por esa causa he combatido con constancia contra los que han querido hacer prevalecer por las bayonetas la opinión a que yo pertenezco, sofocando la opinión general de la República”.

Y después expresó con una sinceridad que asombra: “¿Cómo podré darle yo mi parecer en un asunto en que por las razones que llevo expuestas necesito explorar a fondo la opinión de las provincias, de las que jamás me he separado, sin embargo, de ser opuesta a la de mi individuo? Aguarde pues un momento, me informaré y sabré cuál es el sentimiento o parecer de los pueblos y entonces se lo comunicaré, puesto que es justo que ellos obren con plena libertad, porque todo lo que se quiera o pretenda en contrario será violentarlos, y aun cuando se consiguiese por el momento lo que se quiera, no tendría consistencia, porque nadie duda que todo lo que se hace por la fuerza o arrastrado de un influjo no puede tener duración siempre que sea contra el sentimiento general de los pueblos”.

De esta manera, Quiroga se esforzaba por averiguar el pensamiento de quienes debía representar, que lo amaban y lo seguían ciegamente, al punto tal de bautizarlo con el nombre de “Tigre de Los Llanos”, convencidos de que tanto él como su caballo contaban con poderes sobrenaturales que les permitían discutir y triunfar en las acciones de guerra. Fue asesinado en Barranca Yaco, por Santos Pérez, un sicario de los hermanos Reinafé ligados a Estanislao López, caudillo federal de Santa Fe. Otros aseguraron que fue Rosas el que lo mandó matar.

Esa fue la razón por la que el riojano Ángel Vicente Peñaloza, el Chacho, quien había sido oficial de Quiroga, adhirió a la causa unitaria para luchar en contra de Juan Manuel de Rosas, entendiendo que este había ordenado la muerte de su jefe y que manejaba la Confederación con el predominio de Buenos Aires.

Una vez derrocado Rosas, se unió a la causa de la Constitución encarnada por el federal y entrerriano general Justo José de Urquiza, pero después de la batalla de Pavón, por la que el unitario general Bartolomé Mitre se hizo del poder nacional y ordenó la ocupación de La Rioja, el Chacho fue asesinado en 1863. Y Urquiza corrió la misma suerte: sus propios partidarios federales lo mataron en 1870 después de que los abandonara en su lucha en contra del puerto de Buenos Aires y apoyara la guerra en contra del Paraguay.

Porque no se trataba de federales y unitarios, sino del reclamo de las provincias frente a la hegemonía de Buenos Aires que, por su mayor caudal económico, contaba con el poderío de las armas.

Escrito por
Araceli Bellotta
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