“Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído.” ¿Lee o escribe un hombre ciego que huele otro río desde el piso siete de un castillo que aún está por construirse, o quizá ya sea polvo? En qué tiempo leyó o escribió Jorge Luis Borges “El brujo postergado”, que el infante don Juan Manuel contó siete siglos antes en el “Cuento XI” de El conde Lucanor. En ambos relatos puede intuirse la presencia de la magia, pensada como poder, como artificio, siguiendo la raíz indoeuropea de la palabra magh. O se podría llegar a las raíces persas siguiendo a Jenofonte o a Herodoto. Desde esos horizontes provienen “magos” y “mageia”, términos asociados a rituales de tribus seguidoras de Zoroastro. Y a la idea de sacerdote, de maestro. Pero si hubo un maestro de magia en una ciudad mágica ese fue don Esteban Illán y todos los relatos coinciden en que vivió en la mágica Toledo.
¿Pero cuál sería el artilugio que esconde contar dos veces la misma historia, o contarla hasta el infinito, quizá? Acaso la respuesta la tenga un tal Miguel de Cervantes Saavedra, que encontró en Toledo los escritos que darían continuidad a su novela: “No he podido contravenir al orden de la naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante”. ¿Acaso haya otra Toledo sobre la faz de la Tierra? ¿Otro Tajo? ¿U otra ciudad espejada se esconde en las oscuras galerías subterráneas?
“Es este un pasaje difícil y muy oscuro en los sabios; primordialmente, porque con la oscuridad de las palabras velaron su apariencia y escondieron su contenido. A eso se le llama despistar, tenlo en cuenta”, avisa Maslama al-Mayriti, en el Picatrix.
El brujo de Toledo
Don Esteban Illán –otrora vecino ilustre de Toledo– fue nigromante o mago, según quién cuente la historia. Pero, por sobre todas las cosas, fue el hombre engañado por un simple deán que llegó de Santiago y a la vez fue amenazado por el mismísimo papa de Roma de acusar de brujería, según el momento y el relato que uno siga.
El propio Borges lo llama Brujo, como si eligiera quedarse con una especie de versión oficial del asunto.

La narración es simple y lo cuenta Patronio en su modo original. El deán de Santiago acude a Toledo en busca de adquirir conocimientos en magia y nigromancia. Y llega a la casa de don Esteban Illán, que lo recibe y conversa con él, antes de emprender un pequeño viaje mágico en el que, durante un par de horas recorrerán la vida del deán y mostrarán su ingratitud. Previsor, Illán pide a una de sus criadas que prepare perdices para la cena, pero que no las ase hasta que no termine la faena.
El relato de El conde Lucanor y el de Borges muestran similitudes asombrosas ¿Lee o escribe Borges al contar? Da la sensación de que su experimento infinito de la lectura trajera infinitas reescrituras que nos llevan a preguntarnos otra vez: ¿fue Pierre Menard el autor del Quijote?
Y para dejar a salvo al propio Borges, solo Cervantes: “Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía, no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante (…) Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y, haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo”.
Claro que la historia de don Esteban Illán, el mago de Toledo, suele ser anterior a Borges, al infante don Juan Manuel y al propio Cervantes. Cuentan que el hombre, el mago, vivió en Toledo hacia el año 1166, que fue alcalde de la ciudad y que incluso cobijó a Alfonso VIII, rey de Castilla, cuando su poder parecía sucumbir en sus jóvenes 11 años.
La ciudad mágica (Toledo) era entonces una herradura de muros lábiles rodeada por la curvatura natural del Tajo. Era entonces que algunos cronistas la comparaban con otras ciudades y sus usos habituales: “Los clérigos van a París a estudiar artes liberales, a Bolonia los códigos, a Salerno los medicamentos, a Toledo los diablos y a ninguna parte las buenas costumbres”.
Entonces el relato de don Illán y el deán contado por Petronio se hunde en sus profundidades: “Después llamó al deán, se entraron los dos por una escalera de piedra muy bien labrada y tanto bajaron que parecía que el río Tajo tenía que pasar por encima de ellos. Al final de la escalera encontraron una estancia muy amplia, así como un salón muy adornado, donde estaban los libros y la sala de estudio en la que permanecerían”.
“Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada, hasta que al deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca y luego una especie de gabinete con instrumentos mágicos. Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres con una carta para el deán”, escribe Borges. Solo queda preguntarse si acaso levantaron una argolla o era el círculo mágico del Lemegeton.
Acaso esa tarde don Illán y el deán leyeron en el Picatrix la siguiente frase: “Ten en cuenta que este medio se expresa en la magia y que la verdad de la magia es absolutamente todo lo que hechiza la razón y a que se sujeta el alma, sean palabras u obras, en el sentido del pasmo, la sujeción, el embeleso y el dominio”.
No habrá lector capaz de dar cuenta del tiempo que estuvieron en las profundidades del mundo, don Illán y el deán. De los relatos se infiere que el visitante volvió sobre sus pasos sin probar una sola perdiz. Y que a pesar de las amenazas, el tiempo y la magia dieron a don Illán y a su retrato un espacio cercano al púlpito de la catedral de Toledo. De ese encuentro en las profundidades de la tierra seguirán multiplicándose las versiones. Las lecturas. “Porque con la oscuridad de las palabras velaron su apariencia y escondieron su contenido. A eso se le llama despistar.”
