Comunicador, periodista, docente y agente de prensa, Daniel Franco es un representante clave de la escena alternativa de teatro y de la cultura que busca dialogar con los marcos sociales, políticos y estéticos. En tiempos de una incipiente internet, y con los recursos de la vieja escuela del periodismo, supo amalgamar los puntos fuertes de la cultura y la contracultura con un esquema de prensa que, junto con Paula Simkim, marcó el rumbo de la experiencia de comunicación y prensa de las últimas décadas. Una labor que, tanto en una obra de teatro, en un lanzamiento literario o incluso en una organización por fuera de la cultura, construía la notoriedad a partir del manejo preciso del contenido, las herramientas comunicacionales, el mapeo del contexto y análisis del modelo de difusión más adecuado. Franco supo construir con los años de oficio, y con una militancia comprometida con la defensa de lo público y el rol del Estado, una forma auténtica de entender el entramado de las expresiones artísticas y su impacto en la sociedad.
Todo en su derrotero, desde la práctica hasta la enseñanza, se junta de forma agradable y generosa para transitar los caminos que conducen a la búsqueda de una identidad, de cómo queremos plasmar la mirada de la gesta artística en los otros. Con Daniel Franco, que es una voz autorizada en los vínculos de la cultura con los medios de comunicación, se proyectan los objetivos de cuestiones que él sabe elegir, con precisión, sobre la matriz inocultable de los talentos emergentes.
–¿Hay algún recuerdo de tu infancia referido a la cuestión cultural?
–Específico ninguno. Lo primero que se me viene a la cabeza es una salida al teatro con mi madre y mi hermana a ver El diluvio que viene con Vicky Buchino y José Ángel Trelles. Era un musical impresionante. Me acuerdo de haber vuelto a casa con el disco de vinilo con la música. Ya de adolescente con mis primeras novias y amigos el Rojas, el Cultural San Martín y en los primeros dos mil recitales en Cemento y en el Viejo Correo. Y teatro en el Parakultural, Babilonia, entre muchos otros lugares.
–Con respecto al hecho político, ¿cuándo entendés que comenzó a interesarte lo social en el sentido más literal de la palabra?
–Fui al Otto Krause en San Telmo, me recibí de técnico en máquinas y herramientas. Allí ingresé a la “Fede” en 1984. En el colegio secundario descubrí la política, las agrupaciones y el centro de estudiantes. La lucha por el boleto estudiantil, y las marchas de la Resistencia y por la aparición con vida fueron mis primeros pasos en lo político.
–¿Cómo surgió la necesidad de ser un comunicador?
–Surge en esos años. La revista del centro. Y al finalizar el cole hice dos programas de radio. Babilonia, la tierra de la perdición y Primer Mundo, un programa acorde con la realidad. Ambos en la vieja FM La Boca de la calle Palos y Olavarría. Éramos unos pibitos atrevidos, todxs con diversas experiencias políticas en y fuera del Krause, con muchas ganas de decir cosas, probar cosas y combatir al Turco Menem y las leyes de impunidad.
–¿De qué manera apareció el teatro en tu profesión?
–Primero como público viendo a Los Macocos en el Rojas, a Los Melli en Librería Gandhi, a Batato en el Parakutural y en paralelo las obras de Tato Pavlovsky u obras como Rasga corazón, en el Teatro del Pueblo. En 1999, ya estudiando en Sociales la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación y siendo colaborador de Radar y otros medios, con Paula Simkin, con quien éramos compañeros de facultad, decidimos empezar a hacer prensa juntos y armamos la agencia. Paula venía de trabajar con Graciela Rodríguez, quien fue una de las grandes agentes de prensa de la posdictadura. Y así fue que empezamos. Todavía recuerdo las dos primeras obras que hicimos. Una fue El banquete, que se hizo en uno de los patios del Recoleta. Y luego Frankie (de los fragmentos a la unidad), de Alfredo Megna, con puesta y dirección del querido Diego Cazabat, que se hacía en El Astrolabio Teatro. Esa fue nuestra primera gran campaña. Y el bautismo en el medio y con los medios. Hicimos un campañón. Íbamos a todas las funciones. La rompimos. La obra estuvo años en cartel.
–¿Cómo comenzó tu carrera como agente de prensa y qué se entendía en aquel tiempo por tal actividad? ¿Cuál era el contexto?
–El uso de internet todavía no era tan masivo. Todo era personalizado. Llevábamos las gacetillas y se las dábamos en mano a los críticos y periodistas en cada medio. Había todavía más medios, más críticos y más periodistas laburando en cada redacción. Por esos años empezaba el proceso de concentración y conformación de multimedios. Y de precarización laboral en las redacciones.
–Con Paula Simkim generaron una huella importante en el trabajo de prensa. ¿Cuáles eran los principios bajo los que basaban su esquema de difusión?
–Hicimos una buena dupla. Laburábamos mucho. Muchas horas por día y con mucho compromiso. Ella venía del palo del teatro y la danza y yo del periodismo. Fue una buena mezcla. Estábamos atentos a los cambios, a lo que pasaba. Y siempre atentos a detectar nuevas necesidades de las obras y los clientes. En teatro y danza, siempre agarramos laburos y cosas que nos gustaban. Siempre priorizamos lo humano de los elencos por encima de la propuesta económica. Siempre buscamos y priorizamos el trabajo personalizado, uno a uno. Cada mail que se mandaba iba personalizado, con un destinatario específico. Nunca fuimos amigos de la masividad y lo despersonalizado. Cuando miro para atrás digo “hicimos cosas…”. Hemos hecho prensa de instituciones, para embajadas latinoamericanas y europeas, centros culturales, artistas visuales, festivales de historieta, a psicólogos. A un grupo de ginecólogas que tenían una web muy piola para hablar de climaterio. Juntos hicimos más de 1.500 estrenos en todos estos años.
–Sos docente universitario. ¿Existe un punto de encuentro o una teoría necesaria a la hora de pensar el trabajo de la prensa en la Argentina? ¿Qué conceptos son los más relevantes a la hora de pensarla?
–Me formé y soy docente en la universidad pública. Hice una carrera de grado larga, cuya formación me dio una caja de herramientas impresionante. A eso, en mi caso, lo acompañé con muchos cursos fuera de la facultad. Hice varios talleres en lo que era la UTPBA, primero, y luego en otras instituciones. El trabajo de prensa es un oficio. Te tienen que gustar varias cosas. Escribir, tratar con personas desde distintos roles, tener curiosidad, tener algo de vendedor, buen trato, mucha paciencia y trabajar mucho. Si a eso le sumás la formación académica, mucho mejor, porque entendés y trabajás cada campaña desde otro lugar. Le aportás cosas. Y la realizás explotando al máximo la potencialidad del evento u obra. En la UBA doy una materia orientada a la planificación de la comunicación tanto en el sector público como en organizaciones de la comunidad. Además, soy tutor y evaluador de tesis. También dicto seminarios vinculados a la comunicación y las políticas culturales en diversos ámbitos. Actualmente, estoy terminando una maestría en Gestión Cultural. Cuando dicto cursos no doy solo prensa, sino comunicación cultural y un recorrido por las políticas culturales y sus principales temas, para que el que está sentado allí, o del otro lado del monitor, entienda y se lleve herramientas, ejercicios y lecturas para entender la realidad y el trabajo, como parte de un proceso histórico y situado. Nunca adherí a los manuales y modelos que vienen de Francia y España en materia de gestión cultural; elijo pensar la cultura, sus sectores y sus problemas desde una mirada latinoamericana y nacional.
–¿Cómo analizás el fenómeno de las redes sociales a la hora de pensar hoy el tema de la difusión? ¿Qué mejoró y qué se complicó en la planificación de la comunicación cultural?
–Lo veo como algo positivo, es un canal más a la hora de difundir y promocionar una obra, un grupo, una sala, un festival o una institución. Cualquiera que maneje determinadas herramientas puede usar redes. Ahora, para que realmente funcionen requieren que se les dedique tiempo, dinero, creatividad y mucho contenido. Como en cualquier medio y soporte que uno usa, todo lo que se haga allí debería estar alineado a objetivos, ser parte de un plan de comunicación y sobre todo tener en cuenta las audiencias y tips que cada red tiene. Veo a todo el mundo allí, pero a pocos artistas o instituciones haciendo cosas distintas, atractivas y que dan ganas de leer y seguir.
–¿La comunicación vira hacia una formación meramente profesional que ya no tiene en cuenta el factor humanístico?
–No. O al menos como la entiendo y práctico. Hacer tutoriales o usar IA te puede servir para aprender algunas cosas básicas. O resolver rápidamente algunas tareas de una campaña, pero la formación en ciencias sociales, la experiencia y los contactos te dan un diferencial a la hora leer escenarios, plantear estrategias, mapear actores o proponer alianzas originales. Para mí, el equipo de trabajo y el proyecto siguen siendo lo más importante a la hora de elegir una propuesta. Y el cliente o empleador enseguida detecta si sabés y conocés tu trabajo o vendés humo o cosas que leíste por ahí, pero que no están alineadas a los objetivos y metas que necesitás.
–¿Cómo se piensa hoy la cultura y el teatro independiente en un contexto donde no hay impulso público y crece la estigmatización de lo artístico?
–En una sociedad cada vez más desigual, empobrecida y embrutecida, la cultura y el teatro siguen siendo espacios de pensamiento, encuentro, aprendizaje, transformación y creación de imaginarios y mundos. Lo comunitario y colectivo en parte pasan y se encuentran allí. No es casual que el campo cultural y el sistema científico universitario sean los principales objetivos a romper por este gobierno. Y que a la desigualdad cada vez más grande se la combata con más cámaras y punitivismo, en lugar de con una distribución más justa de la riqueza. La reforma y la orientación que se está dando a la escuela media borra de los programas el arte, la historia y las ciencias sociales. No quieren pibes que piensen, sino chicos dóciles entrenados como meros “recursos” para el dios mercado, la reina empresa y para el sálvese quien pueda en la mayoría de los casos. El teatro y lo cultural, como ya lo han hecho en otros momentos históricos, encontrarán nuevas formas de financiamiento, de trabajo asociativas y de recursos para no detener el hacer y seguir estrenando. Es un momento interesante para repensar y revisar un montón de cosas. Desde qué es el Estado, para qué sirve el Estado, el rol del agente estatal. El para qué de las políticas públicas. El federalismo. ¿Qué entendemos por desarrollo? ¿Hay un solo modelo de desarrollo? ¿Cómo y con qué países o regiones hago alianzas? ¿Cómo debe ser la matriz impositiva del país? ¿Qué tipo de Justicia y Poder Judicial necesitamos? ¿Qué queremos hacer con nuestros recursos naturales? Y sobre todo empezar a mirar, escuchar y conocer las diversas realidades y necesidades de nuestra hermosa y desigual Argentina.
