Polémico, astuto, agudo, punzante, irónico, Arturo Jauretche tiene bien ganado el título de “padre del pensamiento nacional” junto a Raúl Scalabrini Ortiz. Sus libros –entre ellos El medio pelo, La colonización pedagógica y el Manual de zonceras argentinas– son, quizá, las armas más efectivas para combatir uno de los principales defectos de la creación intelectual y del sentido común de los argentinos: los sedimentos de una mentalidad colonial que todavía hoy operan en el entramado de los debates nacionales.
Nacido en Lincoln, provincia de Buenos Aires, el 13 de noviembre de 1901, Jauretche inició su carrera como político e intelectual en la Unión Cívica Radical yrigoyenista, en la década de 1920, y fue uno de los fundadores de la mítica Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (Forja) que combatió intelectualmente a la Década Infame. Ya en los años del peronismo, adscribió rápidamente al flamante movimiento político y se convirtió en una de sus principales espadas intelectuales.
El medio pelo
Muchas veces sus libros han sido leídos como herramientas puramente coyunturales, pero sus planteos han sido medulares para comprender el desarrollo fallido de la Argentina. Su trabajo El medio pelo merece un fiel desmenuzamiento porque en esas páginas, más allá de las categorizaciones ideológicas, Jauretche define lo que él considera la cuestión política, económica y cultural principal de la cuestión nacional: la ausencia de una clase dirigente con conciencia nacional. En las conclusiones del libro, Jauretche escribe: “Que la alta clase propietaria se aferre al país chico no será patriótico, pero es congruente, como ya se ha dicho. También se ha dicho que es explicable que la imagen de un status seduzca con su jerarquía supuesta a los ‘primos pobres’ y a la alta clase media. Pero que la burguesía desnaturalice su función histórica adoptando las pautas ideológicas de las clases que se oponen a su desarrollo es una aberración, porque su posición antinacional significa una posición antiburguesa, ya que el desarrollo de un capitalismo nacional depende exclusivamente de la modernización de las estructuras. Así, solo la dirección de los trabajadores aparece cumpliendo su función histórica y teniendo que cubrir, además de su tarea en la conducción del proletariado, el claro, la vacante de la función abandonada por la burguesía, en la expansión hacia la Argentina potencia. Desde entonces el país no tiene élite conductora. Pero faltó la élite burguesa correspondiente al momento histórico que la clase obrera por sí sola no podía reemplazar en una sociedad como la nuestra, que necesita la cohesión vertical de las clases de ascenso para vencer al enorme poder de los intereses preexistentes, nacionales y extranjeros, que se oponen a que seamos potencias”.
Jauretche fue, entonces, el encargado de analizar el andamiaje cultural de la situación de “dependencia” de la Argentina. En su libro El medio pelo analizará no las pautas de la clase media, como creen muchos que lo leyeron mal, sino de la burguesía en ascenso que no cumplió su rol de modernizador de las estructuras económicas del país aliándose a sus adversarios “naturales” –la oligarquía agroexportadora– en vez de hacerlo con sus aliados obvios, el Estado intervencionista, protector e industrializador del peronismo y las clases trabajadoras industriales.
Pero para comprender la falta a la cita de la burguesía, Jauretche necesita desmontar esa construcción cultural hegemónica, y para ello debe remontarse al uso de la historia que realizaron los sectores dominantes. En un par de conferencias reunidas en Política nacional y revisionismo histórico, explica con precisión: “Para una política realista la realidad está construida de ayer y de mañana; de fines y de medios, de antecedentes y de consecuentes, de causas y de concausas. Véase entonces la importancia política del conocimiento de una historia auténtica; sin ella no es posible el conocimiento del presente, y el desconocimiento del presente lleva implícita la imposibilidad de calcular el futuro, porque el hecho cotidiano es un complejo amasado con el barro de lo que fue y el fluido de lo que será, que no por difuso es inaccesible e inaprensible. La falsificación ha perseguido precisamente esta finalidad: impedir, a través de la desfiguración del pasado, que los argentinos poseamos la técnica, la aptitud para concebir y realizar una política nacional. Así hemos carecido de realismo político en el sentido señalado por Chesterton, obligándonos a la alternativa de las abstracciones idealistas o la chapucería de los practicones. Se ha querido que ignoremos cómo se construye una nación, y cómo se dificulta su formación auténtica, para que ignoremos cómo se la conduce, cómo se construye una política de fines nacionales, una política nacional”.
Jauretche, sin duda, es el mejor publicista del revisionismo histórico. Pero también es un gran analista del andamiaje cultural hegemónico del liberalismo conservador. Su libro Los profetas del odio, pero fundamentalmente La yapa, que es el texto titulado La colonización pedagógica, son una demostración clara de cómo los aparatos ideológicos cristalizan el “sistema colonial” instalado por los vencedores de Caseros y por la historiografía “oficial” encargada –como bien demostró en Política nacional y revisionismo histórico– de justificar un pasado y de imposibilitar el futuro. La colonización pedagógica explica aquel presente de los años 50 y 60.

Contra los intelectuales extranjerizados
Polemista agudo, burlón, heredero del estilo gauchipolítico del siglo XIX que tan bien supo cultivar el fray Francisco de Paula Castañeda, entre otros, Jauretche despliega sus armas contra los hacedores de la “intelligentzia” como denomina chuscamente a los intelectuales extranjerizados o colonizados según la visión del autor de El medio pelo. Caen en su diatriba escritores como Ezequiel Martínez Estrada, Jorge Luis Borges y Julio Irazusta, uno de los hermanos fundadores del diario La Nueva República. Pero La colonización pedagógica es menos divertido y zumbón que Los profetas del odio, pero más estructural en su análisis: “En las naciones coloniales, despojadas del poder político director y sometidas a las fuerzas de ocupación extranjeras, los problemas de la penetración cultural pueden revestir menos importancia para el imperialismo, puesto que sus privilegios económicos están asegurados por la persuasión de su artillería. La formación de una conciencia nacional en ese tipo de países no encuentra obstáculos, sino que, por el contrario, es estimulada por la simple presencia de la potencia extranjera en el suelo natal (…) En la medida que la colonización pedagógica –según la feliz expresión de Spranger, un imperialista alemán– no se ha realizado, solo predomina en la colonia el interés económico fundado en la garantía de las armas. Pero en las semicolonias, que gozan de un status político independiente decorado por la ficción jurídica, aquella “colonización pedagógica” se revela esencial, pues no dispone de otra fuerza para asegurar la perpetuaci6n del dominio imperialista. Así, en la Argentina, el establecimiento de una verdadera cultura lleva necesariamente a combatir la “cultura” ordenada por la dependencia colonial. Implica, por lo pronto, una revisión respecto del pasado nacida de la búsqueda de las propias raíces que obliga a restaurar el prestigio de quienes fueron sumergidos por no ingresar a las jerarquías oficializadas; el impulso que destruye los falsos héroes consagra paralelamente a otros que responden a las exigencias de una verdadera cultura nacional. Solo por la victoria en esta contienda evitaremos que bajo la apariencia de los valores universales se sigan introduciendo como tales los valores relativos correspondientes solo a un momento histórico o lugar geográfico, cuya apariencia de universalidad surge exclusivamente del poder de expansión universal que les dan los centros donde nacen, con la irradiación que surge de su carácter metropolitano. Tomar como absolutos esos valores relativos es un defecto que está en la génesis de nuestra ‘intelligentzia‘ y de ahí su colonialismo”.
Jauretche murió hace cincuenta años, el 25 de mayo de 1974. Pero su legado está allí, forma parte de la tradición nacional del pensamiento argentino que disputa permanentemente con la herencia liberal y cosmopolita. Su trabajo y sus ideas están en sus libros para que podamos analizarlos, deconstruirlos, traducirlos, traicionarlos incluso, como escribí alguna vez. Pero nunca para permitir que queden cristalizados, porque no hay nada peor para un pensamiento que el dogmatismo. Eso lo condena, indefectiblemente, al olvido.
