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Caras y Caretas

           

Mundial 2026: hay un gorila en tu living

Mientras la Copa FIFA acaparará la atención de la mayoría de la población mundial, el autor analiza cómo varió desde 1990 la composición de las fortunas de los hiper ricos.

Era junio de 1990. Diego Maradona llegaba al Mundial de Italia como campeón del mundo. Con el Napoli había puesto el mapa del deporte patas para arriba tras ganar dos Series A, la Copa UEFA y una Copa Italia. Sin embargo, era apenas el deportista número 19 entre los que más ganaban en el planeta. Lionel Messi, que también llega como campeón al Mundial 2026, facturará este año unos 135 millones de dólares, cinco veces más que lo que ganó Mike Tyson, el deportista mejor pagado de aquel primer año de la década del 90. Hoy, los diez deportistas que más ganan superan los 100 millones de dólares cada uno y 1.386 millones de dólares en conjunto. Acaso esos montos puedan explicarse por la digitalización y financiarización del capitalismo, pero también por las narrativas de las redes sociales y la homogeneización de los consumos, que parecen derivar de algoritmos con la capacidad de generar flujos de dinero, desde abajo a arriba, convirtiendo a los ricos en más ricos, y a los pobres en todavía en más pobres, mientras se consume y comparte lo efímero de un partido de fútbol.

Un sueldo promedio en los Estados Unidos es de unos 76 mil dólares anuales, mientras el sueldo mínimo oficial en la Argentina ronda los 1.200 dólares. Así, para lograr la misma suma que en conjunto perciben los diez deportistas mejor pagados del planeta, un trabajador nortemericano debería vivir unos 18 mil años. Y alguien que ganara el sueldo mínimo argentino, unos 460 mil.

Cristiano Ronaldo renovó su contrato con el Al Nassr de Arabia Saudita, equipo en el que jugará al menos hasta 2027. FOTO: (X/Redes@Cristiano)/ NA.

Cristiano Ronaldo, que encabeza el ranking actual, embolsará unos 285 millones de dólares. La cifra es más del doble de lo que ganaban –sumados– los diez deportistas mejor pagados del mundo en 1990.

En aquella lista, encabezada por Mike Tyson, no había futbolistas. El segundo lugar era James “Buster” Douglas, también boxeador y peso pesado, que en una sorpresa mayúscula había derrotado al propio Tyson en la lejana Tokio. El tercer escaño era para una gloria del boxeo en su ocaso: Sugar Ray Leonard. Y el cuarto y quinto lugar lo ocupaban Ayrton Senna y Alain Prost, protagonistas de memorables duelos en la Fórmula 1. Dos golfistas –Jack Nicklaus y Greg Norman– eran sexto y séptimo. Y en el octavo lugar aparecía Michael Jordan, único representante de un deporte de equipos. El líder de los Chicago Bulls percibía por entonces unos 8,1 millones de dólares anuales, lo mismo que Arnold Palmer (golf) y Evander Holyfield (boxeo), que cerraban la tabla. Lejos, muy lejos, quedaba Maradona. Apenas tres puestos arriba de Gabriela Sabatini tras su consagración en el US Open. Gloria y dinero no siempre son sinónimos. Nunca una mujer ocupó un lugar en el top 10.

Tres veces más

Los diez deportistas mejor pagados de 1990 recibieron en sus cuentas bancarias un total de 128,2 millones de dólares. Por entonces, según la Administración de la Seguridad Social de los Estados Unidos (SSA, por su sigla en inglés), un sueldo promedio en el país del norte era de 21.027 dólares anuales. Siguiendo esa cifra, los diez deportistas top recibían lo mismo que 6.096 trabajadores estadounidenses. 46 años después, los diez deportistas de élite perciben, a valores constantes, tres veces más dinero que un trabajador promedio norteamericano. Y casi seis veces más si la referencia es el sueldo mínimo vital y móvil argentino.

El Mundial 1994, jugado en Estados Unidos, trajo uno de los días colectivos más tristes para los argentinos. Boston, una enfermera y dos piernas cortadas. En Chicago Michael Jordan ya no volaba y habían retirado la camiseta 23. De todas maneras, mientras lloraba la muerte de su padre, el hombre que volaba facturó 30 millones de dólares, tres veces más que en el mundial anterior. Era el número 1.

En 1998, con la convertibilidad a punto de explotar, Francia se convirtió en un circo criollo para la televisión argentina. Fue solo eso. Regreso prematuro, otra vez. Otra vez, Jordan encabezaba la lista de mejor pagos. Había regresado al básquet con la camiseta 45. El número de lo que recibía también se había duplicado: 69 millones de dólares por año. Michael Schumacher y Tiger Woods lo seguían. Sergei Fiodorov, cuarto de aquella lista, era el ejemplo del triunfo del capitalismo tras la caída del Muro de Berlín. Ese año ganó unos 30 millones de dólares. Fue goleador histórico de la NHL, la liga norteamericana de hockey sobre hielo. Su condición de extranjero no le impidió abrir una fundación para ayudar a niños de padres desempleados en Detroit. La desterritorialización y la digitalización iban a convertir en desierto las calles de la ciudad del automotor. Por entonces, los top 10 del deporte global ya percibían el doble que diez años antes. Y ese monto era el equivalente a casi 10 mil sueldos promedio de trabajadores estadounidenses.

El primer futbolista

Golfistas, basquetbolistas y pilotos de carreras dominaron por años el ránking de los diez mejor pagados. El primer futbolista en integrar el selecto grupo fue el inglés David Beckham. Su paso por el Real Madrid y luego el Milan, su noviazgo con una Spice Girl y su porte de actor de Hollywood lo llevaron al puesto siete en 2004. Fue efímero, durante el Mundial de Alemania 2006 no hubo futbolistas en la lista. Para ser parte había que ganar más de 29 millones de dólares (lo mismo que Mike Tyson en Italia 90). En total, los diez deportistas top facturaron por entonces 431 millones de dólares. Unos 11.100 sueldos de estadounidenses medios y unos 121 mil salarios mínimos argentinos. Messi esperaba en el banco de suplentes.

David Beckham. AFP PHOTO/OWEN HUMPHREYS

El mundial de Sudáfrica encontró a Beckham casi en condición de exjugador. Su cuenta bancaria seguía creciendo. Único futbolista en la lista de los diez, 43 millones lo dejaban en el puesto siete. Juntos, el top 10 se llevaba 100 millones de dólares más que cuatro años antes. Y Tiger Woods, que se mantenía arriba de ese ranking, superaba los 105 millones.

Brasil 2014 y la competencia personal entre Cristiano Ronaldo y Lionel Messi como eje parecieron imponer definitivamente sueldos siderales. Mientras la digitalización de lo cotidiano los confundía cada vez más con sus avatars de Playstation, Ronaldo se había convertido en el segundo deportista mejor pago del planeta y Messi en el cuarto. Ganaban 80 y 65 millones de dólares, respectivamente.

Durante el Mundial de Rusia, Messi no pudo. Los 111 millones de dólares que ganó lo ubicaron segundo, detrás de Floyd Mayweather. Ronaldo los seguía con 108. El listado de top 10 ya superaba, en conjunto, los 1.062 millones de dólares, el equivalente de 20.300 salarios medios norteamericanos por año o unos 350 mil salarios mínimos anuales de la Argentina.

La idea de deportistas hiper ricos y trabajadores cada vez más pobres se retrajo con la pandemia, pues clubes y sponsors volvieron a pactar sueldos con la excusa de los estadios vacíos. Con todo, Qatar encontró a Messi en la cima. Ganó 130 millones. Cristiano Ronaldo 115, Neymar 95. Tres futbolistas habían arrebatado el lugar de golfistas, boxeadores y basquetbolistas. Desde la narrativa tecnoliberal y sus redes sociales, ser futbolista, rico y famoso era, para millones, el único camino posible para salir de la oscuridad. Esa ilusión generaba (y genera) flujos constantes de dinero. Juntos, los tres, se llevaron una cifra similar a la que ganaban tres millones y medio de bangladesíes. Allí se desviven por Messi. Y los acosa el hambre.

Los verdaderos diez

Pero si alguien vio reflejado el crecimiento de sus cuentas bancarias desde el Mundial de Italia 90 hasta ahora, esos fueron los hiper ricos. La lista de las diez personas adineradas del mundo sumaba por entonces una fortuna total de 103.000 millones de dólares. En 2026, todos juntos, ocuparían el puesto 20 del ranking.

Durante Italia 90, en el ranking de hiper ricos mandaban empresarios japoneses, inmersos en una burbuja inmobiliaria. El hombre que encabezaba la lista se llamaba Yoshiaki Tsutsumi. Ponía toda su pasión en diseñar canchas de golf. Tsutsumi las creaba para su cadena hotelera. Su fortuna era de 16 mil millones de dólares.

Un vistazo a la lista de los 90 daba cuenta de que aún el dinero fluía desde la economía real. Sin computadoras personales ni smartphones, el segundo lugar de los más ricos lo ocupaba Samuel Walton. El hombre, dueño de Walmart, había repartido la fortuna entre sus cinco hijos. Y si bien seguía siendo el verdadero dueño, el ranking Forbes elegía nombrarlo como Walton Family. Los Dupont, desde la química y las semillas, los seguían. Los suecos Hans y Gad Rausing, que se hicieron ricos inventando el tetrabrik, ocupaban el quinto lugar. Shin Kyuk-ho, que poseía la novena fortuna global, se dedicaba a fabricar chicles.

Un anuncio de lo que vendría se dejaba ver en el nombre de Kenkichi Nakajima. El hombre se convirtió en magnate gracias a su capacidad para distraer a los japoneses. Construyó su imperio con el Pachinko, una cadena de casas de juego cuyos premios son pequeños objetos como encendedores o peines. Jugar, distraerse, olvidarse del tiempo. Para eso, el pachinko. Las pantallas estaban llegando.

Redes y condenas

Cuatro décadas después, la lista de los empresarios más ricos del mundo refleja un cambio en los consumos. Ya no se requieren chicles ni artilugios mecánicos, acaso hayan perdido importancia los inmuebles e incluso la necesidad de ir en busca de comida a un supermercado. Los cinco principales hiper ricos de 2026 son empresarios ligados a las redes sociales, y desde allí extienden sus tentáculos a otro tipo de empresas. X, Google, YouTube, Facebook, Instagram, Amazon están representados en los nombres de Elon Musk, Larry Page, Sergey Brin, Jeff Bezzos, Mark Zuckerberg (los cinco primeros). El sexto hombre es Lawrence Ellison, dueño de Oracle, empresa que, en la práctica, oficia de soporte del andamiaje digital global. Y en un mundo dominado por la exhibición de los cuerpos en las redes sociales, no sorprende que el séptimo lugar lo ocupe el líder del imperio de los consumos superfluos: Bernard Arnault es el CEO de LVMH. Tiffany, Louis Vuitton y Christian Dior son algunas de sus marcas.

Pero además, mientras en 1990 los diez empresarios más ricos del mundo sumaban una fortuna equivalente a cinco millones de salarios medios norteamericanos, en la actualidad las diez fortunas más importantes reúnen 2.679.billones de dólares capaces de comprar unos 35 millones de salarios medios en los Estados Unidos, calculados en unos 77 mil dólares. O 893 millones de sueldos mínimos argentinos, de alrededor de 3.000 dólares. Con todo, esos diez hombres son, juntos, la octava potencia mundial, pues igualan el PBI de Rusia o de Brasil, y están apenas por debajo del organizador del Mundial 90, Italia.

Sin embargo, aquella foto de los diez empresarios más ricos de 1990 no anticipaba que cuatro terminarían tras las rejas por ocultar ingresos, falsificar balances u “omitir” el pago de impuestos.

Por estos tiempos, el listado de hiper ricos vinculados a las redes sociales acaso se encuentre a las puertas de procesos judiciales en cadena tales como los que enfrentaron sus pares japoneses en los 90. En marzo, Meta y Google fueron condenados en dos causas por la Justicia estadounidense. Por primera vez, los jurados los consideraron negligentes por de la creación de algoritmos capaces de generar adicción o de exponer a niños jóvenes a contenidos de sexo explícito. Solo por uno de los casos debieron pagar alrededor de 375 millones de dólares. Miles de juicios similares aguardan resolución. Los especialistas esperan una andanada de condenas similares a las que vivió la industria tabacalera en los 90.

Otra razón capaz de explicar la concentración de la riqueza tiene que ver con un cambio en la percepción de impuestos en los países centrales. Tax Foundation, una ONG dedicada al lobby impositivo en Estados Unidos y Europa, elabora un ranking de sistemas tributarios a nivel global. El informe 2025 valora aquellas economías que cobran menos impuestos a los ricos y prefieren impuestos regresivos y masivos como el IVA. Algunas de las empresas que asisten a la gala anual de la Fundación, que se celebra en Washington, son a su vez patrocinadores de la FIFA. Ante la consulta sobre cuáles son sus principales aportantes, Sarah Wilbur, Communications Manager de Tax Foundation, se excusó de dar nombres. “Nuestras investigaciones se guían por nuestros valores fundamentales y las personas que apoyan nuestro trabajo lo hacen porque comparten ese compromiso”, escribió en el mail de respuesta. En 1990, doce países de la zona OCDE cobraban impuestos a la riqueza. Hoy, apenas tres los mantienen.

Así las cosas, 6.000 millones de personas, más de dos tercios de la humanidad, mirará el Mundial 2026 a través de las pantallas. Será el summum de lo que Eric Sadin llama el “capitalismo de la fijación de los cuerpos”. Los jugadores mejor pagos se ofrecerán a manera de bufones catódicos para recrear la escena del estudio de Christopher Chabris y Daniel Simons, donde se les pedía a los participantes contar el número de pases que se daban durante una secuencia de un partido de básquet. La mitad de las personas fue incapaz de ver pasar al gorila en el fondo de la escena. Es posible que, durante este mundial y en medio de una realidad inmersiva y digitalizada, el gorila esté junto a cada espectador. En cada living. En cada bar. Y que, para cuando el último partido termine, haya huido, dejando millones de bolsillos vacíos.

Los datos consignados en esta nota se deducen de cálculos propios sobre la base de los rankings anuales de la revista Forbes, el National Average Wage Index de los Estados Unidos, el Consejo Nacional del Empleo, la Productividad y el Salario Mínimo, Vital y Móvil.

Escrito por
Roy Rodríguez Nazer
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