El 21 de diciembre de 1901, Buenos Aires amanecía agobiada bajo un calor sofocante. Los paseantes que deambulaban por la zona del puerto en busca de un soplo de aire fijaban su curiosidad en el vigía que ocupaba su puesto en las alturas del “ojo de cuervo” del “Antartic”, el velero de bandera sueca que flotaba en las mansas aguas de la dársena, esperando la señal de partida.
En la proa de la embarcación, un oficial de la Marina de Guerra argentina, el único extranjero entre la tripulación nórdica, seguramente asumía con orgullo su condición de privilegiado. Sería el primero de su estirpe en arribar a ese destino exótico, la Antártida, donde el país quería sentar sus reales, y por el momento, no había encontrado mejor manera que enviar a un representante. Lo que el oficial ignoraba, ni siquiera sospechaba, era que la misión que componía como delegado especial se iba a extender durante veinte meses, casi dos años, durante los que permanecería varado entre los hielos.
Se llamaba José María Sobral, era alférez de Navío y, con el tiempo, se lo homenajearía bautizando escuelas y colegios con su nombre, pero poco perduraría finalmente en el recuerdo su singular condición de pionero en sendos campos, la exploración polar y la geología aplicada.

Nacido en Gualeguaychú el 14 de noviembre de 1880, en el seno de una familia de origen vasco, en las que se hablaban ambos idiomas, Sobral eligió la carrera del mar e ingresó en la Escuela Naval en 1894, de donde egresó como guardiamarina, el primer grado de la oficialidad, cuatro años más tarde.
Ya contaba con cierta experiencia y el grado de alférez cuando la expedición científica dirigida por Otto Nordenskjöld, a bordo del “Antartic”, comandado por Carl Larsen, arribó al Río de la Plata, escala necesaria para su destino último, la Antártida.
El comandante de la misión subvencionada con donaciones privadas era un sabio internacionalista, geólogo de profesión, que veía con buenos ojos la cooperación entre las naciones y aceptó la propuesta argentina, a instancias del perito Francisco P. Moreno, de incorporar a un hombre de su armada. Entre los postulantes, la balanza se inclinó en favor de Sobral, que tenía 21 años y soñaba de chico con conocer el continente blanco.
En los escasos y agitados tres días siguientes, el afortunado elegido tuvo que ingeniárselas por su cuenta para aprovisionarse de lo necesario, sobre todo de abrigo que, en plena canícula porteña, era lo que no existía en las tiendas.
“No fueron pocas las casas en la que dudaban de mi criterio, cuando al mostrarme las prendas que solicitaba, pedía más gruesas, siempre sin encontrarlas”, reseñó en los primeros párrafos de su vívida crónica Dos años entre los hielos (1901-1903).
Las primeras jornadas de travesía fueron especialmente duras para el muchacho, que no podía comunicarse con el resto. Su único camarada de conversación era el estadounidense F. W. Stokes, un artista que plasmaría los primeros bocetos de la tierra prometida, pero abandonaría la expedición antes del largo invierno antártico.
Cuando el barco atracó en Malvinas, Sobral percibió que su presencia no era del todo bienvenida entre sus pares. “Pensar que soy extranjero en mi tierra”, dejó por sentado en su diario. Para más, los temores fundados de una guerra con Chile no contribuían con su tranquilidad de conciencia.
El corazón, al sur
La misión que partió del puerto de Buenos Aires, sobre finales de aquel 1901, arribó a la Antártida el 14 de febrero del año siguiente, e instaló campamento, tal como estaba previsto, en Cerro Nevado.
Ya para entonces, Sobral había dado muestras de su provecho al manejarse como intérprete con el personal militar argentino de la isla Observatorio, que debía facilitar apoyo logístico al grupo polar.
La base científica constaba de tres habitaciones, una cocina, un ambiente central y un altillo. Además, en las cercanías, se levantaron varias casillas para preservar la instrumentación y hasta un observatorio astronómico, que resultó arrasado por un temporal a los pocos días.
Todo ese invierno, tedioso e interminable, se sucedieron las tareas de observación y estudio. Sobral tenía a su cargo las mediciones meteorológicas, que se realizaban durante las 24 horas. También comenzó a incursionar en el campo de la fotografía, que luego agregaría un valor agregado a su crónica.
A pesar de las deficiencias en la vestimenta y calzado, que no respondían a las exigencias climáticas, estaba maravillado por el entorno natural, tan alejado de los cánones clásicos.
“Es imposible describir con precisión los efectos de la luz en el hielo, tanto en la tierra como en los témpanos, pero especialmente en los témpanos. Es cierto que aquí no hay flores, ni plantas, ni árboles –reseñó– pero hay hielo, y tiene colores más hermosos que las flores.”
Atrapados por el frío
Mientras Nordenskjöld y su grupo se dedicaban a las tareas científicas, el capitán del “Antartic”, Larsen, despuntaba el vicio cazando ballenas en los mares australes, hasta el regreso pautado para la primavera, previo reabastecimiento en Suecia.
Pero el barco nunca volvió a Cerro Nevado. Presa del mal tiempo y de la abundancia de masa helada, quedó atascado en un estrecho antártico, lo que empujó al segundo jefe, Johan Andersson, a buscar un camino por tierra en compañía de un par de miembros de la tripulación.
Todo fue de mal en peor. Andersson encontró el paso cerrado por el mar abierto y el barco terminó hundiéndose, aunque el resto de los marineros pudo salvarse y encontrar precario refugio en una isla volcánica.
Así, la misión del “Antartic” quedó partida en tres, sin comunicación entre sí, y con escasos víveres para sobrevivir otro largo invierno.

En tanto, en Buenos Aires, ya cundía la alarma por la ausencia de noticias y se decidió armar una expedición de rescate. Lo mismo hicieron otros países firmantes de tratados internacionales como Estados Unidos, Francia y Suecia.
La responsabilidad recayó en la corbeta “Uruguay”, que tardó meses en ser acondicionada (eran otros tiempos, en todo sentido), y al mando del capitán Julián Irizar, zarpó de Buenos Aires en octubre de 1903.
Los aislados de Cerro Nevado vieron llegar las velas de la “Uruguay” un mes más tarde. A Sobral la silueta le era familiar. En sus compartimentos había transcurrido parte de su instrucción naval.
El regreso a casa no estuvo exento de riesgos y complicaciones. A la altura de Santa Cruz, una violenta tormenta partió los palos de la nave, pero las noticias del rescate ya corrían en Buenos Aires, donde se organizó una bienvenida acorde. Una multitud de cien mil personas aguardaba la llegada de los héroes, especialmente del alférez devenido ídolo popular.
Volver a empezar
En todo ese tiempo, Sobral no solo había dispuesto de tiempo para aprender sueco (su primera inquietud apenas embarcado en el “Antartic”), sino también para profundizar en los conocimientos científicos: así volcó su principal interés en la geología, la especialidad de su protector Nordenskjöld.
Convencido de la importancia de la materia en el desarrollo de proyectos soberanos, propuso a los altos mandos del arma una licencia sin goce de sueldo para cursar estudios superiores en la Universidad de Upsala, principal enclave universitario sueco, que fue rechazada, como tantos otros proyectos.
Con despectiva miopía, la Armada no consideraba de “utilidad” contar con un geólogo entre sus filas, y así se le hizo saber.
Relegando una promisoria carrera militar, Sobral pidió la baja y viajó a Suecia. Volvió al país en 1914, geólogo y casado con una ciudadana de aquel país, Elna Whilermina Klingstrom, un amor de facultad con la que crio nueve hijos: cinco argentinos y cuatro suecos.
Algunas cosas habían cambiado en la Argentina para entonces, y el flamante geólogo encontró su lugar. Incorporado en la Dirección de Minas, Geología e Hidrología, se le encargó el relevamiento de superficies en busca de cursos de agua subterráneos. También se abocó a misiones de campo en Misiones, Catamarca, La Rioja y Mendoza de orden petrográfico, sobre la base de su experiencia en las tierras australes. En 1922, fue designado titular del organismo, pero tras el primer golpe de Estado del siglo XX, se lo exoneró bajo acusaciones de “alcoholismo”, aun cuando se sabía que Sobral era abstemio.
“Papá tenía muchos enemigos. Era un fabricante de enemigos y un –apenas– recolector de amigos”, lo retrata Alvar, uno de sus hijos. “Era de carácter fuerte, enérgico y se rebelaba contra todo lo que no respondía a la verdad, a la lógica y a la ciencia. Y cuando no podía hacerse entender con las palabras, trataba de hacerlo por los hechos.”
Afortunadamente, en 1932, ya de vuelta, se desempeñaba en YPF y relevaba áreas geológicas del oeste del país.

Legado y olvido
Con esa misión sobre sus espaldas, se puso de nuevo el buzo de explorador, ahora en tierras desérticas, con referencias topográficas. Sus conclusiones quedaron reflejadas en un pormenorizado informe, con abundancia de hallazgos y perspectivas a futuro, donde confeccionó mapas que aún son de consulta en ámbitos específicos.
Jubilado de la empresa estatal, Sobral dedicó sus energías al rol de conferencista en el que había debutado tempranamente tras su aventura antártica.
“El hombre nunca debe contentarse con la victoria adquirida; el éxito no solo no debe ofuscarle, sino que debe darle nuevo aliento para atacar lo más difícil, porque precisamente en eso se encuentra el placer de la vida”, proclamaba, ya en los estrados, ya en sus escritos.
Es cierto que el reconocimiento lo encontró en vida. Fue nombrado miembro honorario de numerosas asociaciones científicas. Caballero de la Orden de la Estrella Polar, y de las Espadas, por el reino de Suecia. Se le concedió la Medalla del Centenario David Livingstone, entro otras distinciones.
Ironías del destino, falleció en paz el mismo día que celebraba su cumpleaños número 81, el 14 de abril de 1961, en Buenos Aires.
Con los años, la Armada bautizó “ARA José María Sobral” un barco de origen estadounidense que participó de la Guerra de Malvinas, donde sufrió graves daños, y todavía continúa operando.
Aunque tal vez el mejor y más perdurable tributo se refleje en el premiado documental Atrapados en el fin del mundo, dirigido por Eduardo Sánchez y con locaciones en la Antártida, Argentina, Suecia y Noruega.
Proyectada en festivales, museos y eventos en cuanto aniversario lo disponga, su testimonio de soberanía en los confines de la patria hace rato se extraña en la programación repetitiva y desfinanciada de la TV Pública y Canal Encuentro.
Algo habrá hecho.
