En el Congreso Vecinal reunido el 22 de mayo de 1810, en el largo y estrecho corredor exterior del primer piso del Cabildo, protegido por gruesos cortinados del viento y la lluvia que azotaban desde hacía días Buenos Aires, ya se habían escuchado las voces y argumentos del obispo Lué, de los criollos Antonio José Escalada y Juan José Castelli y del fiscal de la Audiencia Manuel Villota, entre otros representantes de la “clase principal”.
Se debatía si la autoridad subrogada del virrey Baltasar de Cisneros había caducado o no, en vistas de la situación en España, a punto de caer completamente bajo el dominio de las tropas napoleónicas, y qué decisión debía adoptarse para asegurar la tranquilidad de los pueblos del Virreinato del Río de la Plata.
Aunque no exenta de rispideces, era una discusión bastante anclada en lo jurídico y, en ese aspecto, los leguleyos españoles llevaban las de ganar, y lo estaban haciendo.
Era valedero que el Virreinato podía designar a un reemplazante del virrey habiendo cesado su autoridad, pero ese Congreso Vecinal reunido en la capital no tenía la potestad de arrogarse toda su representación, y era menester convocar a diputados de las provincias para conformar un Congreso General y, recién entonces, adoptar la mejor decisión.
A pesar de contar con una modesta multitud militando estoicamente en la plaza y las tropas porteñas controlando los accesos, la discusión parecía perdida.
La dilatación en el tiempo de cualquier medida jugaba a favor de mantener el statu quo. No habría Junta ahora, como pedían los exaltados de afuera y de adentro.
Entonces, y a pedido de Castelli que, según dicen, lo empujó literalmente al ruedo, toma la palabra un eminente y hábil letrado. De muy baja estatura, complexión menuda y voz grave, tiene una vaga idea en mente, que va desarrollando lentamente, mientras replica las fórmulas de rigor.
Relegada siempre por la exuberante personalidad y proyección de su par Mariano Moreno, la figura de Juan José Paso merece una reparación. No solo rebatió los argumentos en contra de la instalación de una Junta propia, como le encomendaron los de su bando, y se convirtió en el otro secretario del gobierno provisional, sino que inauguró una extensa foja de servicios en la naciente patria.
Continuó formando parte de la Junta Grande y luego fue sucesivamente integrante del primer Triunvirato y del segundo; secretario del Congreso de Tucumán (1816) y diputado constituyente en 1819 y 1824, para finalizar su actuación como senador consultivo en el gobierno provisional de Juan José Viamonte (1829), apenas tres años antes de su fallecimiento.
De aquí en más, un breve racconto por las labores y los días de Juan José Esteban del Passo.
Nacido el 2 de junio de 1758 en Buenos Aires, hijo de un inmigrante de origen gallego que hizo una módica fortuna con el oficio de panadero, Paso creció frente a la iglesia de San Francisco, que ayudó a levantar junto con sus hermanos mayores.
Quizá ya entonces sintió el llamado de los sacramentos, su frustrada vocación.
Luego de completar estudios en Córdoba, regresó al Río de la Plata para enseñar lo que había estudiado, Filosofía, Teología y Jurisprudencia, y fue entonces cuando solicitó al obispo su ordenación, pero la demanda no prosperó.
Dispuesto a labrarse fortuna por su cuenta, marchó al Perú, donde ejerció como abogado pero también incursionó en el negocio minero, sin demasiada suerte.
Veinte años más tarde y más viejo, estaba de regreso en Buenos Aires, donde consiguió conchabo como letrado en la Real Audiencia, una de las instituciones de aquellos tiempos coloniales.
Vientos de huracán

En esas instancias lo encontraron los sucesos de mayo de 1810, enrolado en el bando de los carlotinos, que abogaban por la entronización de la princesa Carlota, hermana del prisionero rey español Fernando VII y esposa del rey de Portugal, Juan IV, como una salida prolija a la crisis de autoridad.
Aunque Paso no era hombre de acción, sino de ideas. Por eso, en la iconográfica sesión del 22 de mayo, se lo puede ver exponiendo su célebre teoría de la “hermana mayor” (Buenos Aires) que debía acudir en salvaguarda de la tranquilidad de las “hermanas menores” (las provincias), con la que se quedó con los laureles.
Disuelta la Junta Grande (1812), que había integrado a los diputados del interior, y en medio de purgas varias, la “clase principal” de la capital impuso la idea de un Triunvirato para concentrar el poder en pocas y porteñas manos.
Paso fue uno de los elegidos. Lo acompañaban otros dos porteños netos, Feliciano Chiclana y Manuel Sarratea, pero pronto comenzó a brillar en las sombras un monje negro, Bernardino Rivadavia.
El objetivo principal del Triunvirato, además de enfrentar la guerra de la Independencia que seguía su curso en el norte y poner distancia de las exigencias federalistas de Artigas, del otro lado del charco, era la convocatoria de una Asamblea que debía legislar la forma de gobierno. Pero Paso no llegó a concluir su mandato. Entredichos de conventillo con otro triunviro, Chiclana, precipitaron su renuncia y lo alejaron del primer plano.
Brevemente, como ya veremos.
Según pasan los años
Paso no era tampoco hombre de conspiraciones ni de logias, dos recursos muy en boga en aquella época.
El desembarco de San Martín, Alvear y los suyos, procedentes de España, había incorporado otro actor al inestable escenario político. Los enmarañados vínculos de la Logia Lautaro con la masonería británica decantaron en un emplazamiento del desprestigiado Triunvirato hegemonizado por Rivadavia.
La madrugada en que los granaderos apuntaron sus cañones contra el Fuerte, sede de gobierno heredado de los virreyes, sus horas quedaron contadas.
El Cabildo tomó las riendas y convocó nuevamente a los vecinos de la “clase principal” para que ungieran representantes mediante una curiosa elección por rayas (positivos) y ceros (negativos) que arrojó los nombres de Álvarez Jonte, Rodríguez Peña y… Juan José Paso, a pesar de los muchos ceros cosechados en contra, quizá porque muchos electores ya lo tenían entre ceja y ceja.
En todo caso, Paso estaba convencido de la urgencia de declarar de una vez por todas la Independencia, para ganarse un lugar en el mundo de las naciones, y sus hermanos Francisco e Idelfonso comenzaron a complotar en esa dirección, intentando reclutar adeptos entre orilleros y militares.
Los Paso fueron denunciados y sumariados, y resultaron confinados a la Guardia de Luján. El antiguo secretario de la Junta quedó marginado, aunque sin condena oficial, y fue reemplazado poco después por José Julián Pérez, cuando entraron en funcionamiento la Asamblea Constituyente (1813) y el Directorio (1814), una forma de gobierno personalista.
Volvemos a encontrar a Paso trajinando las veintantas jornadas de carreta para llegar a Tucumán, con el cargo de secretario en el Congreso, que si las cosas salían como estaban planeadas, debía proclamar la demorada ruptura con España, cuando el conflicto ya llevaba seis años.
Finalmente, el día 8 de julio comenzó a tratarse el tema, que encontraría cauce al día siguiente. Según ilustra El Redactor, órgano oficial, “los señores representantes ordenaron al secretario (Paso) presentase la propuesta para el voto. Y al acabar de pronunciarla, puestos de pie los señores diputados en sala plena aclamaron la independencia de las Provincias Unidas del Sud de la dominación de los reyes de España y su metrópolis, resonando en la barra la voz de un aplauso universal con repetidas vivas y felicitaciones al Soberano Congreso”.
Es menos sabido que el Congreso se trasladó a Buenos Aires, donde siguió sesionando, ahora con la premisa de labrar un reglamento para ordenar políticamente al nuevo Estado. En el interín, la representación porteña sufrió modificaciones que no alteraron la permanencia del inoxidable amanuense.
Leyes y debates
Pero los desvelos de Paso no prosperaron ni entraron en vigor. Mientras San Martín desobedecía órdenes y lanzaba su cruzada libertadora por océanos y montañas, la autoridad nacional dejaba de existir y se abría el capítulo de la Anarquía del Año XX.
Algunas (pocas) cosas habían cambiado cuatro años después, cuando el Congreso volvió a abrir sesiones en la capital del Plata. Las provincias tenían autonomía, pero desde Buenos Aires volvió a ponerse de manifiesto la voluntad de sancionar una Constitución centralista, unitaria y oligárquica.
Cuando se discutía la prohibición del voto “a los criados a sueldo, peones jornaleros y soldados de línea”, por “estar bajo la influencia del patrón”, se levantó la voz de Manuel Dorrego (futuro gobernador), que cuestionó: “¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las elecciones?”.
El veterano Paso le dio la derecha. “En este país, donde los peones tienen poco menos libertad e independencia que los amos, conocimiento, alcances, poco más los amos que los peones (…), en donde el jornalero cobra el jornal con el derecho que él lo exige, con imperio, en haciendo su trabajo, no hallo dependencia que induzca servilidad.”
Ya era un personaje para el bronce, que repartía su tiempo entre la secretaría del Congreso y el Café de Marcos, habitual paradero de operadores y funcionarios, donde capturaba la atención de los habitués con su ácida lectura de la actualidad y su frondoso anecdotario histórico.
Una vez más, también, la Constitución, sancionada a espaldas de la provincias, era letra muerta, que fue devuelta a tapas cerradas a su lugar de origen.
Para más, estábamos en guerra con Brasil y Rivadavia era presidente sin legitimidad.
Alejado de la política, lo fueron a buscar cuando se intentaba reordenar la legalidad, luego del primer golpe cívico-militar de la historia argentina, con el fusilamiento del gobernador Manuel Dorrego y la instalación de la dictadura del general Juan Lavalle.
Asomaba en el horizonte la figura del nuevo hombre fuerte, Juan Manuel Rosas, y el gobernador provisional Juan José Viamonte lo convocó como senador consultivo.
Fue su última actuación pública.
Tres años más tarde, el 10 de septiembre de 1833, el doctor Juan José Paso fallecía en el pueblo de Flores, del que fue uno de los primeros vecinos, e ingresaba en la posteridad de los libros de historia y la estampita escolar. El que siempre estuvo.
