“Los fallos del mercado no existen.” Ese fue uno de los conceptos centrales de Milei en su discurso del Foro de Davos, en enero pasado, cuando anadió: “Si las transacciones son voluntarias, el único contexto en el que puede haber un fallo de mercado es si hay coacción. Y el único con la capacidad de coaccionar de manera generalizada es el Estado, que tiene el monopolio de la violencia”.
Estas ideas se basan en las formulaciones teóricas de la Escuela Austríaca, concebidas un siglo y medio atrás, cuando, por caso, existía una sociedad que solo contaba con un limitado números con telégrafos y teléfonos para comunicarse remotamente. Más cercano y en nuestro país, poco tiempo atrás, millones de argentinos estaban dispuestos a pagar los precios fijados, y aún mucho más, por empresas fabricantes de repelentes cuyo objetivo era maximizar su venta al precio fijado. Pero ni unos ni otros podían hacer ese intercambio voluntariamente, mientras que unos días más tarde, el Estado del propio Milei obligaba a las prepagas a reducir sus costos, pese a la voluntad de esas empresas de aumentar sus cuotas a la de algunos usuarios por abonarlas.
Estas dos pruebas empíricas, entre otras millones, que plantean que las fallas de mercado sí existen –al punto de que tienen también en uno de sus aspectos una definición técnica como “externalidades negativas”– no implican su reversa, que es que los fallos del Estado tampoco existen. Fueron, de hecho, una gran cantidad de estos los que llevaron a los argentinos a votar en dirección opuesta a como lo habían hecho cuatro años atrás, luego de un gobierno que puso al Estado en el centro de la escena pero que no logró que reducir la pobreza y la caída salarial.
Con todo, el debate dista de ser novedoso. Ya en 1958 el socialdemócrata alcalde de Berlín Willy Brandt planteó la fórmula “tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”, que de todas formas dejaba librada a la subjetividad la cantidad de cada componente.

Un balance histórico
Sin embargo, la metodología científica aplicada a la Argentina, por lo menos desde la creación del Indec en 1968, permite dar una atisbo de respuesta respecto de los resultados de gobiernos intervencionistas, que han sido más efectivos que los liberales en los tres principales aspectos económicos que la mayor parte de los argentinos considera virtuosos: el crecimiento económico, el desendeudamiento en función del PBI y la distribución de la riqueza junto a la disminución de la pobreza.
Y es que si bien todos los gobiernos tienen aspectos intervencionistas, resulta claro que los programas neoliberales implementados por la dictadura cívico-militar, el menemismo, Cambiemos y el actual gobierno libertario pueden diferenciarse fuertemente del período relevado por el Indec en la segunda etapa de industrialización por sustitución de importaciones (ISI, 1957-1975) y durante el kirchnerismo. Por fuera de este análisis, quedan dos breves gobiernos que no pudieron cumplir su mandato, como el liberal de la Alianza (1998-2001), el intervencionista de Duhalde (2002-2003), así como el propio de Alberto Fernández, que sufrió un elemento sin antecedentes y totalmente disruptivo como una pandemia, pese a lo cual tuvo un leve crecimiento económico. También se excluye el gobierno de Raúl Alfonsín, pues se inició con una política intervencionista para finalizar con un cambio de rumbo hacia un programa liberal de estabilización en conjunto con el FMI, por lo que combinó ambas direcciones en su interior.
Así, durante por lo menos un segmento de la segunda ISI, se cumplieron dos de estos tres elementos, al experimentarse tanto crecimiento como redistribución de la riqueza, mas allá de una suba del endeudamiento, mientras que en el período kirchnerista se alcanzaron los tres aspectos: crecimiento, redistribución y desendeudamiento.
En los gobiernos liberales, por el contrario, solo se cumplió el elemento del crecimiento durante el menemismo, mientras que la dictadura solo logró que la actividad no cayera. En los otros dos puntos, ambos gobiernos tuvieron resultados negativos, mientras que la gestión de Cambiemos generó endeudamiento, caída de la actividad económica y distribución regresiva del ingreso.
Como en cualquier análisis económico, las objeciones estarán a la orden del día. Una de ellas será la herencia recibida por cada gobierno, así como también la idea de un desarrollo de las variables recién en el largo plazo. Respecto de la primera, es posible afirmar que la alternancia entre gobiernos liberales e intervencionistas marca que herencias no óptimas hayan sido provocadas y recibidas por ambos. Y en relación con la segunda, esta objeción podría ser utilizada por ambos modelos, aunque ya John Maynard Keynes había profetizado que “en el largo plazo todos estaremos muertos”.
Las fallas de mercado existen tanto como las del Estado. Pero por lo menos en la Argentina, las segundas parecen ser menos dañinas.
