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Caras y Caretas

           

El fascismo celular

El filósofo Rocco Carbone reflexiona sobre la conexión entre mafia y fascismo, y destaca que “el celular totaliza la vida, aprisiona la emancipación y coloniza nuestra formas cognitivas”.

Rocco Carbone (Cosenza, 1975) es un filósofo italiano, argentino naturalizado, que reside en Buenos Aires desde 2004. Estudió en la Università degli Studi della Calabria y en la Universität Zürich. Actualmente trabaja en el Conicet.

–”Si yo tuviera que elegir entre el Estado y la mafia prefiero la mafia pues tiene códigos”, dijo Javier Milei. ¿Cuál es tu lectura sobre esa frase?

–Esa frase fue pronunciada antes de la pandemia en un canal chileno y cuando en la Argentina estaba gobernando Mauricio Macri. Si no recuerdo mal fue en 2019, cuando aquí se había elaborado una teoría de gobierno del Estado con lógicas mafiosas y sobre esa teoría se elaboraban políticas y negocios. Cuando escuché esa frase de Milei inmediatamente me pareció sintomática y la leí como una interpelación, una especie de puente tendido y dirigido hacia el poder macrista. Llamar la atención, digamos. Milei entiende muy bien la especificidad del poder mafioso, que consiste en el empalme entre los modos de la legalidad con aquellos de la ilegalidad y ese nudo también es significativo para el poder fascista, que tiende a soldar contrarios, discursiva y políticamente. Lo que estoy tratando de sugerir es que en esa entrevista en el canal chileno, Milei tira una botellita al mar con un mensaje adentro, dirigido al macrismo. Y lo hace desde un país altamente relevante, Chile, en el que la experiencia neoliberal fue de lo más exitoso. Lo que se dice, muchas veces, se potencia en función del lugar en el que se enuncia, sea un diario, un canal de televisión o un territorio geográfico. También vale lo opuesto. Esa botellita arrojada menos al océano Pacífico que al mar andino que conecta Chile y la Argentina estaba dirigida a esa experimentación mafiosa sobre las existencias nacionales. Esa experimentación fue reconocida también e identificada por la Comisión Bicameral de Fiscalización de los Organismos y Actividades de Inteligencia, prevista en la ley 25.520. En abril de 2021, esa bicameral presentó las conclusiones de la investigación referida al espionaje desplegado a lo largo de la experimentación cambiemita. El dictamen de mayoría tenía un título de lo más relevante: “El Estado mafioso”, que sintetiza su tesis principal. Me parece que hoy entendemos bien a quién iba dirigida esa oración del ahora presidente Milei.

–Las mafias se fueron consolidando bajo el régimen fascista. ¿Acá se está dando a la inversa?

–”La mafia ya es fascismo.” Esta idea preciosa no me pertenece. La pergeñó uno de los grandes escritores del Novecento italiano, Leonardo Sciascia, en un articulito que publicó en el Corriere della Sera en 1987. El título del artículo era “I professionisti dell’antimafia“. El fascismo –el arqueológico y el contemporáneo también– es un poder que emana de una plenitud dual contradictoria. ¿Qué quiere decir esto? Que la arremetida de Mussolini contra la mafia siciliana en realidad significó su defensa. Te lo cuento brevemente: Mussolini envía a Sicilia a Cesare Mori, el “prefecto de hierro”, con una consigna: “Luchar contra la mafia”. Mori identifica como blanco a distintas facciones mafiosas que en la isla se habían alineado con el fascismo y su política consistió en discriminar las altas capas mafiosas, la “vieja mafia” (con un perfil criminal-político-empresarial) de las capas más bajas, la “nueva mafia”, que tenía un perfil criminal-militar. Incluso en sus memorias, Mori distingue entre mafia (el estado mayor de la organización) y mala vida (criminales de baja estofa). ¿Qué hace el prefecto? Se ocupa de “perseguir” a la mala vida, la “mafia giovane“, las capas inferiores de una asociación compleja, a través de operaciones de policía espectaculares, con vistas a exhibir el poder del Estado fascista. A esas gestualidades securitarias, le seguían juicios masivos, pensados en clave de propaganda. Paralelamente, Mussolini desde Roma proclama que la mafia había sido derrotada por el prefecto. Se trataba de proclamas retóricas. Y a esas proclamas les siguió una prohibición: la prohibición de uso del término “mafia” en la discusión pública. En este sentido “desapareció” el problema y pareció resolverse. La negativa del gobierno a cualquier debate público sobre la criminalidad mafiosa proporcionó a los mafiosos un escudo para seguir practicando su poder en el territorio, en el Partido Fascista y en el Estado fascista. Mafia y fascismo, además, responden a un mismo principio cognitivo y organizacional: empalman ideas y acciones contradictorias. Responden a pautas de comportamiento y valores relacionados con el ejercicio de la violencia. La mafia, entonces, ya es fascismo. Y hoy en la Argentina esos poderes se han empalmado en el ejercicio del poder dentro del Estado. Cuando digo fascismo me refiero a un poder dual, binario, psicotizante, que dice y hace siempre dos cosas al mismo tiempo que se contradicen entre sí. El fascismo es una revolución reaccionaria. Hoy se manifiesta como un modo del cosplaying. El cosplaying es un acto de ficción. Propone disfrazarse de algo que no se es para constituirse en espectáculo para quien mira. Al mismo tiempo es un acto de encubrimiento de lo que (no) se es. Cuando se lo transfiere de la esfera creativa a la política abandona su condición ficcional y asume un tinte perverso. Tiende a convencer a otro que te mire por lo que no sos, que te acepte y sostenga por algo que no sos. (Lilia) Lemoine se disfrazó de diputada y es sostenida como tal, pero cada vez que habla muestra que no lo es. Ahí está el poder dualista. La mafia es un poder homólogo. Ambos, fascismo y mafia, son poderes funcionales a los derroteros del capitalismo. Son infortunios nihilistas arrojados contra su otredad social y política: la emancipación.

–¿Podemos decir que se está desarrollando una nueva antropología del fascismo? Teniendo en cuenta que el celular constituye una forma de pensar y de decir homólogo de un sistema que reduce y aplana el pensamiento.

–Fascismo nombra un poder con una operatividad muy específica, que podría calificarse de psicotizante o apelando al mecanismo del doble vínculo, que implica una interacción entre dos o más sujetos que se enlazan a través de mensajes y conductas que simultáneamente se excluyen. Es una especie de tenaza lógica. El poder fascista es sostenido por una estructura elemental de pensamiento: esto o aquello; o sea, elementos opositivos, que se autoexcluyen, empalmados por la fuerza, por el poder en cuestión. Se trata del pensamiento dualista o dilemático. El poder fascista se basa en la creencia de que el sí se forma en oposición con otro que debe ser negado. Ese otro es la emancipación. Siempre. Ahora, mirá esto: el celular se constituye sobre la racionalidad de un código binario. Sobre una lengua mínima constituida por dos dígitos: 0 y 1. El sistema numérico binario es la metáfora de una estructura elemental de pensamiento, comunicación y operatividad de poder. Sobre esa racionalidad mínima se constituyen también las redes antisociales: no me gusta (0) y me gusta (1). En las redes no es necesario elaborar un argumento para expresar una “idea”: basta apretar el ícono de un corazoncito o un like. La estructura elemental del fascismo es homóloga al código binario de las redes y del celular porque es un movimiento contradictorio, de negación (0) y afirmación (1) simultánea. En este sentido, esos poderes concurrentes estimulan el desarrollo de una nueva antropología.

–Estamos en un momento de homologación total, de recolonización. En ese sentido el celular es un arma de control muy poderosa.

–La lengua del fascismo habla por nosotros y se expande hasta la inhumanidad y el inhumanismo de la inteligencia artificial, que ni es inteligencia ni es artificial. Ese viaje desde la colonización, el capitalismo, la globalización termina en un celular. Desde el celular te pueden imponer una lengua y un deseo. Somos capaces de poner “me gusta” cuando vemos imágenes de crímenes de guerra. Lo que estoy tratando de sugerir es que la lengua de las redes sociales es una lengua colonial. En tu libro La tempestad de William Shakespeare explicás muy bien la dialéctica entre Próspero y Calibán y lo que Próspero hace con Calibán. Hoy Próspero es el celular y Calibán somos nosotros y nosotras. Próspero llega a la isla y la transforma en una colonia, luego agarra a la “bruja”, a Sycorax, a la madre de Calibán y la encierra en un árbol. Encierra y enmudece a la disidencia que es concurrente con la historia. En esa línea tenemos a Gerardo Morales encerrando a Milagro Sala en Jujuy. Se encarcela un cuerpo y también una lengua, una experiencia, una politicidad. Hoy el celular totaliza la vida, aprisiona la emancipación y coloniza nuestra formas cognitivas. Pero, recordémoslo, la emancipación también es una latencia.

Escrito por
Silvina Pachelo
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