Escribir sobre literatura –con la errata a salvo en la intimidad del borrador y el tiempo subordinado al antojo personal– no requiere necesariamente de una pericia superior. Hablar de literatura –y hacerlo, claro, con delicadeza, capacidad y argumentos– es cosa muy, muy diferente. En la profesora y narradora Sylvia Iparraguirre (Junín, 1947) se conjugan valiosamente, no obstante –y con la claridad de la evidencia– ambas facetas. En cuanto a la escritura de ficción, basta con su última novela autobiográfica, Antes que desaparezca, para dar con el talento novelístico de la autora. Y en términos de oratoria, la serenidad de su prosodia y cadencia, profesada en entrevistas, conferencias, clases, ponencias, constituye el signo inequívoco de su seguridad. Iparraguirre explica conceptos alambicados con una claridad que es exclusiva de aquel que comprende a fondo de lo que habla; y que la intelligentsia iniciada y la academicista bufen.

Producto de dos seminarios dictados por la autora en el Malba durante 2014 y 2015, surge el esclarecedor Clases de literatura rusa (Alfaguara), libro que recompone las condiciones epocales que hicieron posible a cinco genios de la narrativa rusa del siglo XIX y comienzos del XX: Pushkin, Gógol, Dostoievski, Tolstoi y Chéjov. El enfoque de Iparraguirre, así, parte de los contextos de producción de las obras para llegar, cuando lo cree conveniente, a la materialidad de los textos. Se vislumbra aquí un primer logro: la facilidad de la autora para resumir, por un lado, y en unas pocas páginas, la densa complejidad de un país como Rusia, y por otro, el modo en que se insertan en ese marco las biografías de los escritores estudiados. Iparraguirre pasa revista de los acontecimientos, circunstancias, personalidades e ideologías que moldearon el imaginario ruso: desde Iván el Terrible hasta Pedro el Grande y el poder de los zares, pasando por la formidable influencia de la Iglesia ortodoxa y la atroz desigualdad socioeconómica: hacia el siglo XIX, Rusia se componía de un diez por ciento de nobleza y un noventa por ciento de campesinado analfabeto. En este escenario desolador, sostiene la autora, “los campesinos y la sociedad tuvieron una sola comprensión y un solo portavoz: sus escritores. Y una sola representación: la que ellos les dieron en sus obras”.
La esencia de los autores rusos

Como si de un refinador exquisito se tratara, Iparraguirre sustrae de cada uno de los autores su elemento característico y esencial: las razones que los hicieron ser lo que fueron y por las que perduran hoy día. El gesto fundacional de Pushkin que, ante el afrancesamiento de la “alta cultura”, adopta el ruso como lengua literaria, legitimando, a su vez, los relatos orales de la cultura popular. La risa carnavalesca de Gógol, que trastorna el acartonamiento de la clase privilegiada, denunciando su mezquindad y codicia. Las psicología laberíntica y afiebrada de los personajes de Dostoievski; la duda religiosa y la interna y demoníaca contradicción del hombre. La microhistoria que propone Tolstoi en Guerra y paz, la perfección compositiva de Ana Karenina y su construcción –la del propio Tolstoi– como personaje bíblico. Y, por último, en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del XX, la poética de Antón Chéjov, interesado menos en la vastedad de sus antecesores que en lo sutil, lo breve, lo mínimo, lo subterráneo.
Iparraguirre abreva en un acotado número de críticos e investigadores, se da el lujo de leer un cuento entero de Chéjov (“El delincuente”) y toma fragmentos de la ficción de los autores para dar mayor espesor literario a las clases. Su tono transpira una confianza serena: no necesita de grandes frases ni gestos ampulosos; no ensaya diatribas, no azuza los fuegos fatuos del escándalo ni se apresta a polémicas vacuas. Es el reverso exacto del enfant terrible –el crítico que se basta a sí mismo porque solo de sus caprichos y exabruptos se nutre–; en este libro se distingue a una mujer que habla con cauta pasión sobre aquello que la constituye de pies a cabeza: el amor por la literatura. Porque es de ella –de la literatura rusa–, y no de sí misma, de quien habla Iparraguirre. Y tal vez allí se refugie, en una época de demandante exhibición personal, la última lección de estas clases hipnóticas.
