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Caras y Caretas

           

Borges según Canto

Escritora, periodista y traductora vinculada con el grupo Sur, Estela Canto enamoró al autor de “El Aleph” y fue su musa durante años. En esta biografía con visos de ensayo da cuenta de aspectos íntimos que solo el trato cotidiano y la relación afectiva permiten conocer.

Casi remedando los ademanes del maestro –las fintas elegantes y oblicuas–, exégetas y partidarios de Borges, sanctus patrōnus de las letras vernáculas, han procurado enaltecer la obra sin recurrir a las argucias de la biografía. Estela Canto, quizá por haber formado parte de ambas, desconfiaba de esas divisiones tajantes y, en su Borges a contraluz (Emecé), hace algo que pocos hicieron: dedicar admiración sin rendir pleitesía.   

En aquel entonces muchacha sin pergaminos en los que ampararse –las novelas y traducciones vendrían luego–, aunque ya lectora atenta, Canto se presenta como curiosa infiltrada en una clase social cuya fanfarria la tenía sin cuidado, pero con la que se codeaba, de vez en vez, porque congregaba algunas personalidades afines a su sensibilidad, como Silvina Ocampo (no así su hermana Victoria). En una de esas tertulias, en 1944, se encontraron o, mejor dicho, comenzaron a desencontrarse Estela Canto y Jorge Luis Borges.  

Las prologadas caminatas hacia el sur; las conversaciones sobre Bernard Shaw; el inglés como segunda lengua, tanto para la cita literaria como para el flirteo pudoroso; los bares y el sempiterno pedido: whisky con hielo para la dama, vaso con leche para el caballero. Así, la amistad y el paulatino enamoramiento, difícil deslindarlos en este caso, se irán cimentando sobre este pedestal de trato cotidiano y rutina persistente.  

El vínculo, con sus idas y venidas, se prolongaría hasta 1985, meses antes de la muerte de “Georgie”; época en que, según Bioy Cásares dijera años más tarde, María Kodama había secuestrado a su amigo, y de la que Canto da otra versión: Borges era, al fin, un hombre libre.  

Un vínculo asfixiante

¿Libre de qué? De una sombra (unánime, diría Borges) en su vida: la presencia asfixiante de Leonor Acevedo, su madre. Probablemente las estocadas de Canto a su casi suegra expliquen por qué este libro no volvió a editarse hasta poco después del fallecimiento de Kodama.  

Canto refiere que luego de realizar el pedido de rigor en algún bar o confitería, Borges, de manera indefectible, se levantaba y dirigía presuroso al teléfono público del local a realizar una misteriosa llamada. Con el tiempo, Canto averiguaría que la otra voz en el teléfono era la madre, y su hijo cumplía cabalmente en avisarle dónde y con quién se encontraba. Lo que en principio se figura como un vínculo de sumisión, donde Borges lleva la peor parte, con el correr del tiempo se revela, más bien, como un pacto implícito. Muchas de las mejores páginas del libro están dedicadas a analizar esta peculiar relación, y dicho análisis cobra vuelo cuando Canto realiza una lectura de impronta psicoanalítica del cuento “La intrusa”. Es la historia de dos hermanos que comparten la misma mujer, se la pasan de uno a otro como si de un juguete se tratara, hasta que deciden venderla a un prostíbulo para no avivar la rivalidad entre ambos. El caso es que, cada uno, a su vez, hace trampa y visita a escondidas a la mujer. Viendo que el acuerdo no camina, la vuelven a traer consigo; a la postre, uno de ellos, no importa cuál, la mata. Todo sea para seguir sosteniendo el lazo de sangre. 

Estela Canto lee en ese breve cuento de Borges el vínculo viril entre madre e hijo, el pacto mudo y pletórico de sobrentendidos a fin de mantener afuera a toda mujer que pretenda romper la alianza. Con la muerte de su madre, Borges se habría liberado y vivido una dicha de la que nunca se había creído digno.  

Este episodio no deja de estar asociado con la supuesta impotencia de Borges y la desopilante consulta con un psicoanalista, a la que Canto asiste, con la venia de Borges, en calidad de prometida. El doctor Cohen Miller le sugiere a Canto casarse para que el escritor pueda alivianar la culpa de tener sexo, un trauma que habría adquirido cuando su padre lo instó a ir a un prostíbulo. El remate del pedido es digno de una cita: “Piense en su patria, piense en la literatura argentina. Se lo aseguro: no tendrá que arrepentirse”.    

Quizá Borges habría tolerado algunas revelaciones bochornosas, pero no ya que mancillaran el honor de su madre. De cualquier manera, Estela Canto tuvo la deferencia de publicar el libro una vez muerto el autor de “El Aleph”, y María Kodama, el deber de actuar en su nombre.        

Esta biografía con visos de ensayo –que no solo se ocupa del hombre de letras sino de su tiempo, en particular del diálogo de sordos que mantuvo con el peronismo– estuvo tanto tiempo fuera de bateas que su reedición es no tanto un acontecimiento, sino, como se dice en jerga cinematográfica, una “reposición con honores de estreno”. 

Escrito por
Juan F. Comperatore
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