1918. Ese 25 de junio, en la polvorienta localidad de Icaño, Santiago del Estero, hacia las márgenes del río Salado, una comisión policial ingresaba a una modesta casilla para certificar la infausta noticia del fallecimiento de don Gómez, como era conocido aquel personaje empobrecido y lisiado, pero aun de atildado trato. Quedaba para llorarlo su viuda, una mujer bastante más joven, aunque de quebrantada salud, heredera testamentaria de tan magras posesiones.
A pesar de más de una década de convivencia en la lejana llanura pampeana, es probable que ni ella misma se creyese del todo la ajetreada biografía jalonada de caprichos, placeres y despilfarros descomunales de quien había sido en vida Fabián Tomás Gómez y Anchorena, millonario y patricio por ascendencia, y conde del Castaño por obra y gracia de Alfonso XII, rey de España y compañero de juergas.
La novelesca historia de semejante personaje comienza con una doble pérdida. Nacido en Buenos Aires en 1850, era hijo de Fabián Gómez y Mercedes Ignacia de Anchorena, quien falleció apenas dos años después. Aunque su padre nombró tutor a su hermano Manuel, fue la absorbente abuela Estanislada Arana de Anchorena quien se hizo cargo del huérfano, tras el temprano deceso de su padre, y se dedicó a criarlo o, más vale, a malcriarlo.
Resultado de lo cual, a los 19 años, el muchacho era un conspicuo integrante de la juventud adinerada de la Gran Aldea, habitué de caravanas nocturnas por salones líricos, vaudevilles y piringundines de toda laya, gran seductor de compañías femeninas por dotes naturales y de billetera.
Fue justamente en una función en el viejo Teatro Colón donde Fabián quedó prendado de la rubicunda figura sobre el escenario que le revelaban sus prismáticos en la presentación de la ópera Los hugonotes. Se trataba de una actriz y cantante italiana, Josefina Gavotti, que ya andaba en sus treinta y no tardó nada en acceder a los galanteos de su enamorado.
Relaciones de este tipo estaban tácitamente consentidas para los jóvenes y no tanto de los círculos privilegiados, pero el affaire se salió de cauce cuando el impulsivo muchacho quiso consagrar su amor como Dios manda.
Así, una mañana, en horas de la primera misa, se apersonó con su amante y secundado por dos guardaespaldas en la Iglesia de La Merced, y solicitó al cura párroco que les dispensara el sacramento matrimonial. Desconcertado primero, enérgico después, el religioso se negó de plano, pese a los ruegos y urgencias de la pareja, que se juró amor eterno en el altar, aun sin recibir la bendición correspondiente.
En todo caso, en algún momento, Fabián extrajo una pistola del saco y amenazó al sacerdote, pero fue desarmado por los feligreses que atendían a la escena como espectadores de un drama bizarro.
El episodio concluyó con los novios huyendo en el mismo carruaje que los había conducido a la iglesia, pero las pesquisas policiales no tardaron en ubicarlos y arrestarlos en dependencias del Hotel Argentino, donde se alojaba la pareja.
Mientras se lo mantenía preventivamente preso por agresión, se incubaba un juicio de anulación de matrimonio planteado por la abuela Estanislada, que reclamaba la tutoría del menor de edad.
A estas alturas, el escandalete era tema de polémicas en la prensa de la época, donde se debatía si la Justicia debía intervenir en asuntos sentimentales. La causa de Fabián despertó la simpatía de numerosos ciudadanos, que firmaron un petitorio en reclamo de la libertad del reo.
Finalmente, se llevó a cabo una audiencia de partes en la sala principal del histórico Cabildo (sede de los Tribunales civiles), donde se expusieron ambas tesituras. El jurado se terminó expidiendo en noviembre de ese año, 1869, considerando que la potestad de la tutora solo tendría lugar si la curia determinaba la validez de la unión. Ese tecnicismo legal le otorgaba la victoria a Fabián, que salió de la cárcel para vivir su gran amor en libertad.
La pareja se trasladó a pasar la luna de miel a San Fernando y poco después partió rumbo a Europa, donde se instaló en un palacete en Florencia.
Si allí fueron felices y hasta comieron codornices, solo era cuestión de tiempo para que saltaran las desavenencias y salieran a la luz ciertos incómodos secretos.

Perfidia
La desairada abuela no se dio tan fácilmente por vencida y movió sus influencias políticas para obtener información respecto de aquella mujer que le robaba al heredero de fortuna y apellido, para quien ciertamente tendría otros planes.
Por intermedio del Ministerio de Relaciones Exteriores y desde el consulado en Génova, llegaron datos escabrosos sobre el pasado de Gavotti, expuestos en los diarios como primicias exclusivas. Se revelaba que la mujer, nacida en Alessandria en el seno de una humilde familia piamontesa, había contraído temprano matrimonio a los 16 años con un carpintero de apellido Capro. Sin embargo, en Tribunales de Turín, la muchacha demandó la nulidad del vínculo por cuanto el consorte no había podido consumar el casamiento. También en Turín, donde su padre se desempeñaba como portero en el teatro Vittorio Emanuele, Gavotti aprendió canto. Pero al poco tiempo, se mandó a mudar con un ujier de Florencia llamado Fiori, con quien tuvo dos hijas.
Con los rudimentos artísticos adquiridos en su juventud, se incorporó a elencos teatrales y en esas circunstancias desembarcó en Buenos Aires.
Cuando el incauto Fabián tomó conciencia de semejante curriculum, no vaciló en recurrir a los oficios de un abogado con llegada a la Santa Sede hasta conseguir la anulación papal. Según algunas crónicas, ofreció una recompensa de un millón de pesos a quien aportase datos fidedignos del paradero de Fiori, para desembarazarse legalmente de Josefina.
Herido en su orgullo pero íntimamente aliviado por el desenlace, malquistado con su familia, el flamante veinteañero resolvió quedarse y difrutar de la vida en Europa y, como primer paso, reclamó el control directo sobre su fortuna. Ni siquiera la mediación de un pariente logró vencer la terquedad, que era un rasgo evidente de su carácter. La muerte de abuela Estanislada en Buenos Aires lo afirmó en su actitud e inició pleito por la partición de la herencia. El complejo entramado testamentario se resolvió, una vez más, con los buenos oficios de su abogado, Miguel Pirán. No sería la última ocasión en que tuviera algo que agradecerle.
Peregrinos del placer

Instalado en París, adquirió una suntuosa mansión que había sido refugio de la condesa de Montijo, y la hizo escenario de fiestas y banquetes. También era un compulsivo gastador en restaurantes de moda, cabarets de lujo, hipódromos y casinos. Ya era todo un dandy, como se conocía en Buenos Aires a los bon vivants de la época. En su caso, de exportación.
El non plus ultra de sofisticación y derroche lo constituyó su yate “Enriqueta”, fondeado en el Sena, con tripulación preparada para soltar las velas cuando a su propietario se le ocurriera salir a navegar por los puertos del mundo en busca de diversiones exóticas.
Una corte de adulones y vividores lo secundaba en sus locuras y excentricidades: los autodenominados “Peregrinos del placer”.
Si se caía por el Río de la Plata, las familias aristocráticas, consternadas por semejante grado de derroche, les advertían a sus vástagos: “Muchachos, no sean Fabianes”, que se impuso casi como una sentencia ejemplificadora.
En España, su ostentación lo introdujo en el ambiente de la nobleza desterrada que conoció en Francia, entre la que se contaba un futuro rey, a ser coronado como Alfonso XII.
Desbordado por sus atenciones y agradecido por los cheques en blanco que le costearon un acomodado exilio, el flamante monarca no encontró mejor manera de retribuir gentilezas que un título nobiliario creado a su medida, “conde del Castaño”, que le fue conferido al argentino, forzando caprichosamente cierta raigambre paterna.
Entre tanto desorden y abundancia de placeres de todo tipo (incluyendo los sexuales), Fabián creyó encontrar finalmente el amor y algo de sosiego en el matrimonio con una noble de linaje más comprobable, María Luisa Fernández de Henestrosa y Pérez de Barradas, cuyas prerrogativas se remontaban a los designios de Carlos III (1771).
La pareja cruzó el Atlántico rumbo a la cuna americana del novio, trasladando también una mansión construida en Francia, montada como residencia con portón de ingreso sobre Plaza San Martín.
Aunque la felicidad no duró mucho en estas costas. Una añeja lesión en una pierna producida por un accidente ecuestre comenzó a perturbar insistentemente a María Luisa, como consecuencia de lo cual decidieron el regreso apresurado a Europa.
El desenlace fue particularmente cruel. La esposa de Fabián perdió la pierna y trascartón, la vida.
El desolado viudo consideró la posibilidad de recluirse en un monasterio, pero la idea se extinguió pronto y, una vez más, nuestro personaje regresó a la rumbosa existencia que era su sino.
Anclao en la pampa
Claro que ni todas las fortunas de la Belle Époque juntas podían soportar semejante drenaje de recursos. En vísperas de la crisis de 1890, Fabián estaba de regreso en Buenos Aires, donde comprobó que sus millones se habían evaporado y la mayoría de sus propiedades habían corrido el mismo destino, vendidas para remitir los giros de dinero al extranjero.
Volvió a entablar pleito contra sus familiares por una diferencia en la liquidación de la herencia, pero la Justicia le negó la razón.
Ya era un hombre maduro de cuarenta años que había vivido con desenfreno y alegre despreocupación su primera y segunda juventud y se encontraba súbitamente sin medios para subsistir. Hasta que apareció una mano salvadora: se la tendió su antiguo abogado, que lo alojó en una parcela de la estancia que había sido de Gómez y Anchorena, recibida como pago por el juicio testamentario.
En ese ámbito semi rural y sencillo, en las adyacencias de la localidad de General Pirán, el antiguo bon vivant se convirtió en un vecino popular y todavía con capacidad de seducción. Fue jurado en concursos de belleza y formó pareja con una vecina del pueblo, joven viuda, veintitantos años menor. La reconciliación con la familia le proporcionó una renta para vivir modestamente y en paz.
Hasta que la desgracia volvió a manifestarse, en una gangrena en una pierna que lo obligó a someterse a una intervención quirúrgica en Buenos Aires.

Regresó a Pirán con muletas, y formalizó la relación al casarse en la iglesia local.
Pero todavía falta el episodio postrero de tan novelesca historia. La deteriorada salud de su mujer obligó a la pareja a buscar un clima más benigno, por lo que partieron a Santiago del Estero (de ahí era oriundo su padre) y con unos pocos ahorros compró una humilde casa que sería la última morada de Fabián Gómez y Anchorena, conde del Castaño.
O simplemente don Gómez, para el pueblo de Icaño, donde reposan sus restos.
