“Boludovich.” Esa palabra, con la que retaba cariñosamente a sus nietos, sintetizaba lo porteño, lo judío y el humor, tres dimensiones que marcaron al artista León Poch, a las que dedicó su enorme talento entre las décadas del 30 y principios de este siglo, poco antes de fallecer, en 2005, a los 92 años.
Y es que, en efecto, resulta asombroso que en un mismo artista pudiera hallarse alguien capaz de transmitir la cultura milenaria del judaísmo y, paralelamente, la actualidad de Buenos Aires como el más porteño. Tanto es así que Moshe Korin, quien durante décadas dirigió el Departamento de Cultura de la Amia, afirmó que “la obra de Poch es tan judía como el Talmud y tan argentina como Patoruzú”.
Si bien Poch había comenzado a plasmar su arte con solo siete años, como ayudante de pintor de letreros de comercios y de escenarios de teatros de su pueblo natal, Sosnowiec, en Polonia, en un escrito autobiográfico sostuvo que su vida comenzó a los 15 años, en 1928, cuando llegó Buenos Aires. De hecho, jamás quiso hacer referencia a su infancia polaca, marcada por la pobreza y el antisemitismo, hasta la publicación, cuatro décadas después de su llegada a este país, de Judíos de mi infancia (1967), un álbum con una serie de grabados sobre la niñez de aquellos años.
Una carrera en ascenso
En Buenos Aires, logró cursar la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde se recibió con medalla de oro guiado por el célebre artista boquense Pio Collivadino. Al poco tiempo, formó pareja con Clara Turjanski, a quien había conocido en la sede argentina del movimiento juvenil sionista socialista polaco Hashomer Hatzair, y para 1929 consiguió un precario empleo en la agencia de publicidad Cosmos.

Como muchos inmigrantes a los que la vieja y desaparecida Argentina de la inclusión y el ascenso social abrió generosamente sus puertas, Poch se integró rápidamente a esta sociedad, sin necesidad de renunciar a sus raíces. Por eso, una tradición diaria durante toda su vida fue leer el diario Di Idishe Tzaitung al mediodía, sobre la actualidad judía porteña, y La Prensa o La Razón por la tarde.
Ya para mediados de la década del 30, Poch logró ingresar al célebre diario Crítica, de Natalio Botana, y poco tiempo más tarde, en 1936, comenzó a editar la página “Temas porteños” de la revista Patoruzú, de Dante Quinterno, donde por más de cuatro décadas y bajo el género grotesco, tematizaría sobre los anhelos, deseos, logros, frustraciones y desdichas de los porteños de aquellos años.
Pero ni sus ingresos, ni sus anhelos, parecían cubrirse solo con esta mirada porteña. Y es por eso que también ilustró en las revistas comunitarias Alef, Raíces y La Luz; en esta última, con la célebre sección “Soñar no cuesta nada”, una especie de “tema porteño” de los judíos argentinos. También, tuvo un destacado rol como escenógrafo del teatro idish en obras como El judío de los salmos, en 1942; El judío y su canción, en 1945; La voz de Israel, en 1948; Iosele Solovei, en 1949; En las estepas del Neguev, en 1950, y Un casamiento en el shtetl, en 1975. Y brilló como muralista sobre escenas de la historia y la tradición judía en las escuelas Scholem Aleijem, de Villa Crespo, y Bet Am Medinat Israel, de Montecastro, y el Centro Marc Chagall, del barrio de Once, donde también llevó adelante una serie de grabados sobre el naciente Estado de Israel, al que viajó en 1950, a solo dos años de su fundación.
Aun así, cuando le preguntaban cuáles eran sus mejores obras, no dudaba en responder que sus tres hijas. Ninguna de ellas, sin embargo, continuó sus pasos, pues Shoshana egresó de Filosofía y Letras, Ruth emigró a Israel y Dina obtuvo el título de magister en Educación musical.

La familia y el perfil bajo
En rigor, esto no fue casualidad, si se tienen en cuenta las palabras de Dina, para quien Poch fue un excelente padre, pero imposible de conmoverse frente al pedido de sus hijas por usar sus atriles y pinturas, que siempre se encontraron en un rincón del living familiar y frente a una ventana, inicialmente en Juan Bautista Alberdi y Senillosa y luego frente al Parque Centenario, una vez que tuvo mayor holgura económica luego de abrir su propia agencia de publicidad Sur Propaganda, a inicios de los años 60, que creció luego como Poch-Frankord y Poch-Müller Publicidad para fines de esa década. Con todo, sus ingresos nunca fueron proporcionales a su talento, con lo que Poch llevó siempre una vida austera.
De hecho, si es al leer esta nota que muchos comienzan a conocer su nombre y obra, resulta evidente que no tiene que ver con la calidad de su arte, que lo sitúa en la línea de los mejores ilustradores y artistas plásticos del mundo, sino con un bajísimo perfil que lo alejaba de las exposiciones, diplomas, concursos y premios.
Uno de los pocos que aceptó recibir fue por su trayectoria de parte del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en 1999, y entre el puñado de exposiciones realizadas, se destacaron la citada “Judíos de mi infancia”, en 1967, en la Galería Nexo, sobre la que donó el total de las ventas al Estado de Israel, una serie de dibujos sobre textos de Leopoldo Marechal a fines de 1976, así como una producción especial de cuadros con figuras de máscaras, en la Galería Lagard, en junio de 1992, donde demostraba que ya adulto podía innovar en géneros, estilos, y temáticas, para finalizar con y una sobre los “temas porteños” en el Centro Cultural Recoleta, en marzo de 2001.
Sucede que antes que en los agasajos, reuniones sociales y homenajes, Poch parecía sentirse cómodo con su arte y su familia. En vacaciones, por caso, guionaba y dibujaba revistas especiales para cada uno de sus nietos, con una edición que nada tenía que envidiarles a sus trabajos profesionales.

Su último trabajo fue el libro Casos y cosas judías, publicado por la Amia, donde a su talento como dibujante le adosó una desconocida capacidad como investigador sobre grandes y pequeñas anécdotas poco conocidas del pueblo judío a lo largo del mundo. Solo el epílogo del libro no fue de su autoría. Allí, prefirió incluir la historieta El octavo macabeo, sobre el célebre combatiente ruso sionista Iosef Trumpeldor, realizada por el dibujante italiano Bruno Premiani, a quien, luego de un amplio elogio por su arte y su búsqueda por conocer historias de todos los confines y religiones, señalaba haberlo conocido en el diario Crítica en 1934, medio en el que se publicó originalmente aquella historieta.
También en aquel libro volvía sobre el final a unir sus pasiones judía, argentina y artística, poco de antes de morir, el 27 de junio de 2005.
