Tenían nombres como Vida, ¡Eh!, Kosmos, Metamorfosis o Bronca (que también es esperanza).
Se imprimían de manera artesanal y bastante precaria, en mimeógrafos caseros o mediante fotoduplicación, y por lo general, se abrochaban manualmente.
Sus responsables eran principalmente jóvenes con inquietudes que no respondían al mandato hegemónico y domesticador de la dictadura. Les interesaba y se identificaban con la poesía, la ecología, la filosofía, y sobre todo, el rock nacional, pero sus revistas no eran de música, ni filosóficas, ni de ecología, ni de poesía, sino de un combo aglutinador y con una impronta propia.
Se vendían en kioscos de la avenida Corrientes, en las colas de los recitales y algunas (pocas) librerías del centro de Buenos Aires. Se las llamaba revistas “subte”, “prensa subterránea” o “alternativa” y constituyeron, silenciosa y casi inadvertidamente, una forma de resistencia en medio de la opresión de aquellos años oscuros.
“Se trataba de publicaciones vinculadas con formaciones o grupos culturales que se constituyeron como espacio de expresión, socialización y construcción de lazos colectivos –esboza la investigadora Evangelina Margiolakis, quien les dedicó su tesis de doctorado, que decantó luego en un profundo trabajo de recopilación y análisis, Constelaciones subte. Prensa contracultural en dictadura y transición 1976-1990.
“La elección de recursos formales o retóricos que realizaron les permitió hacer alusión a un contexto social y político signado por el terror. En algunos casos, las propuestas de estas producciones tuvieron relación con organismos de derechos humanos o partidos políticos, aunque el vínculo fuera indirecto y no orgánico debido al contexto de cruenta represión”, agrega la investigadora.
Sobre este particular, cabe redundar en el origen e identidad de muchos responsables editoriales y colaboradores de las publicaciones “subte”, ajenos por cuestiones generacionales a las luchas políticas que los precedían. En un contexto de partidos políticos y sindicatos prohibidos, recargado con la profusa campaña de despolitización y demonización, existía, al menos, cierta desconfianza, resquemor, o directamente temor, hacia la militancia ideológica.
Ese estado de situación va a mutar a partir de la guerra de Malvinas y la forzada apertura predemocrática, pero todavía faltaba, porque aún “estamos” en plena dictadura, por más que comiencen a crujir sus estructuras, a la par del creciente deterioro económico.
“Con nuestra característica óptica, en este número abarcamos diferentes temas, reiterando el mismo concepto de siempre: respeto por el ser humano”, escribe Eduardo López, a cargo de la dirección de Celeste (“revista de creatividad y nueva cultura”, se manifiesta) en el número 11 de la publicación, fechado en julio de 1981.
Resulta revelador e inusual que en esa entrega aparezca una extensa entrevista al periodista e historiador Héctor Gambini, conocido por sus posturas antiperonistas, que no se priva de reiterar sus puntos de vista: “El triunfo del peronismo significó un atraso para el país”, le dispara a su entrevistador.
“La canción del director de la revista Redacción no me gusta, pero rescato para mi repertorio musical la melodía de los hombres, esa melodía que afirma que, fuera de nuestras ideologías, tenemos grandes cosas en común”, editorializa el interlocutor, con un gesto de gentileza.

El sur también existe
En el interior del país, la prensa subte se manifestó en publicaciones con identidad localista pero con puntos vista en común acerca de la censura y la opresión reinantes, y la necesidad de trascender ese estado de cosas a través de la música y la poesía.
Desde el nombre, Rocksario se mancomunaba con su lugar de origen, en un espacio de tiempo donde se gestaba de manera inorgánica pero solidaria la génesis de lo que se bautizaría poco más adelante con criterio marketinero “la nueva trova rosarina”. Su existencia se extendió durante cinco números (una media más o menos habitual) entre 1980 y 1981, y sirvió de cartelera y manifiesto de lo que estaba pasando.

En Mar del Plata, llegaron a convivir por un breve lapso y casi por la misma época tres revistas independientes. Eran Seminare (dirigida por quien escribe), Estación (singularmente hegemonizada por dos chicas) y Cuentos del mar. Recurriendo a una cita del escritor y cineasta Alejandro Jodorowsky, esta última enarbolaba como consigna “no rebajar el arte al nivel del público, sino elevar al público al nivel del arte”.
Sonaba algo presuntuoso, pero sincero.
Sin embargo, la novedad más relevante provino entonces del mítico y remoto Bolsón, provincia de Río Negro. Se trató de Auquín, con una presentación que destacaba netamente del resto, en formato tabloide y alta calidad gráfica. Su director era el periodista, escritor y editor Alfredo Falabella y el staff se nutría de un grupo de colaboradores afincados, como él, en aquella meca neohippie con la intención de desarrollar una vida conectada con la naturaleza. De ahí que su ideario ecologista estuviese sustentado por la experiencia directa y diera cuenta de la problemática de la zona y las expectativas de sus inmigrantes urbanos.
Auquín volvió a dar la nota mucho tiempo después y en un contexto completamente distinto. A fines del siglo XX, Falabella resolvió retomar el proyecto y relanzarlo con el mismo formato y una distribución con base en Buenos Aires. Entre sus colaboradores estrella contó con las firmas de Miguel Cantilo (otro enamorado y eventual residente de El Bolsón) y la bella Katja Aleman, con la que vivió un romance patagónico.
“Nos preocupan los residuos tóxicos, los derrames de petróleo, la desertificación, las tradiciones nativas y la integración cultural”, manifestaba el soñador empedernido en el primer número de la nueva etapa. Parecía estar hablando desde el ayer. O desde el mañana.
Génesis y revelación
La primera revista “subte” o “alternativa” no llegó a aparecer.
Se iba a llamar La mano y era un proyecto compartido entre el periodista Pipo Lernoud y el músico Mauricio Birabent, más conocido como Moris, en los albores del rock nacional, promediando los años 60. Sus textos fundacionales quedaron cajoneados en algún armario. Aunque el nombre fue adoptado por otra publicación, financiada por el inefable Roberto Pettinato, cuatro décadas más tarde.
Durante aquel turbulento y parteaguas de 1972, una ignota aspirante a periodista llamada Gloria Guerrero produjo una singular revista bautizada Primero Confluir, que se distribuía en el circuito de Parque Centenario y Parque Rivadavia, además de las colas de los recitales. Estaba impresa en esténcil e invitaba a los interesados a adjuntar sus propias colaboraciones y sumarse a la propuesta. También se pedía una contribución voluntaria. Algunos aportaban sus pulseritas trenzadas como una forma de trueque.
Ya en dictadura, la sección respectiva del mítico pero real Expreso Imaginario se convirtió en una especie de cartelera publicitaria. La aparición en sus páginas implicaba un certificado de reconocimiento y una gratificación ingenua pero necesaria para sus remitentes. “Salimos en el Expreso, por lo tanto, existimos”, podía resumirse.
“El rincón de las publicaciones subterráneas” apilaba a veces hasta una veintena de breves reseñas, en las que refería el nivel gráfico, las características y el contenido de las ediciones recibidas en el transcurso del mes, lo que da una idea del dinamismo y efervescencia de la movida “subte” en aquellos tiempos difíciles.
Finalmente, para conectar lectores y publicaciones de todo el país, estaba el viejo y querido Correo Argentino (estatal). Al calor de su reducido costo y su extendida conectividad, viajaban los sobres de papel madera con ejemplares abrochados a mano que reportaban distintas realidades locales, pero siempre con el trasfondo ominoso de lo que se coreaba en la anónima oscuridad de los recitales de rock. “Se va a acabar, se va a acabar…”.
Mi mundo privado
Gestada originalmente como órgano de difusión del Sui Generis Fan Club, Vida fue de las pocas, poquísimas, publicaciones que evolucionó y aspiró a consolidarse como un medio gráfico de superficie. En esta etapa ulterior, llegó a los kioscos con tapa a todo color y papel ilustración, pero fue la forma que adoptó la despedida.
En un universo gráfico hegemonizado por el formato A4 de las resmas de papel obra (lo que permitía optimizar costos), Planeta Gnomo, a la par de su simpático nombre, destacaba por su presentación apaisada.
“Tratamos de que esto sea una revista de arte”, pregonaban en la página donde se desplegaba el “emponderado” staff que constaba de una directora y dos subdirectores.
Los “gnomos” también quisieron llevar adelante una labor comunitaria y organizaron un concierto solidario con un jardín de infantes. La falta de expertise les jugó en contra. “Hubiera sido más práctico comprar los juguetes y donarlos”, recordaban con humor e ironía.
Hubo sendas experiencias de aunar voluntades y conformar colectivos de gestión, como la Asociación de Revistas Culturales Argentinas (ARCA) y la Agrupación de Revistas Alternativas (ARA), aunque no siempre prosperaron en los objetivos.
La democracia, con su ampliación de los parámetros expresivos, representó un desafío abordado con distintos criterios e intereses.
“En la posdictadura, estas experiencias mutaron en algunos aspectos: se multiplicaron otras propuestas en el espacio público y sus integrantes pasaron a otros espacios”, apunta Margiolakis en una entrevista con el diario Página/12.
“En ese momento comenzaron a tener un lugar relevante, en la contracultura, los fanzines, las revistas de humor, de historieta y de ciencia ficción –reflexiona la autora de Constelaciones subte–. Y las revistas que subsistieron dedicaron sus páginas a hacerse eco de los reclamos de los organismos de derechos humanos pensaron en los nuevos desafíos de la democracia, denunciaron la persistencia de mecanismos represivos, hablaron de los derechos sexuales, entre otras cosas. Esto quiere decir que, frente a nuevos contextos, las revistas ensayan también sus modos de seguir interpelando al lector, que en el caso de estas publicaciones, siempre participó en sus propuestas de distintas maneras, como asistir a sus eventos o actividades, colaborar en su difusión y compartir su visión del mundo.”
