Esa tarde de domingo de marzo de 1932, River había derrotado (3-1) a Chacarita Juniors, en la primera fecha del campeonato. Todo era entusiasmo y satisfacción por el debut de la flamante adquisición, proveniente de Tigre, y pagada al precio récord de 35.000 pesos. A la salida de la vieja cancha de Alvear y Tagle, un cronista deportivo escuchó el comentario admirativo de un hincha: “No es un hombre, es una fiera”, y así lo hizo constar en su reseña para el diario Crítica, auspiciando el nacimiento de la leyenda.
La “fiera del gol” (había convertido dos) se llamaba Bernabé Ferreyra y era dueño de un remate de media y larga distancia formidable, lo que le ganaría otros tantos apodos, como “Balazo” o el “Mortero de Rufino”, su pueblo de origen en el sur de Santa Fe, al que regresaba luego de cada partido.
La contratación de Bernabé estuvo inscripta en una política institucional de conformar un plantel de lujo, con refuerzos provenientes de otros clubes a un costo total que ascendió a ¡100.000 pesos! (un automóvil 0 kilómetro costaba 7.000). No es extraño que la mentalidad más ingenua de la época le tributara al equipo el mote de “Millonarios”, que perdura hasta hoy.

Pero el Mortero de Rufino pronto devolvió con creces la inversión por su pase, con goles fabulosos y abultadas recaudaciones por la curiosidad creciente de verlo en acción. En la cuarta fecha, River enfrentó a Estudiantes de La Plata y continuando su ininterrumpida racha de goles, Bernabé anotó en dos ocasiones y River cosechó un nuevo y contundente triunfo (5-2).
Recién en la novena fecha, un modesto pero voluntarioso Vélez jugando de local en el Fortín de Villa Luro consiguió quebrarle el puntaje ideal al líder de la tabla, empatando en un tanto… marcado para River por su implacable goleador, que volvió a repetir en la siguiente y la siguiente y la siguiente.
A esa altura de los acontecimientos, el diario Crítica, responsable del emblemático bautismo, resolvió capitalizar el proceso de efervescencia gestado por semejante fenómeno popular, instituyendo como premio una medalla de oro para el arquero que se mantuviese invicto del temible Bernabé. Sobre la fecha 13, River recibió a Huracán, con una asistencia de público tal que desbordó la capacidad de su estadio y ocasionó una larga demora en dar comienzo al partido, por los reparos del árbitro de dirigir en condiciones completamente irregulares, con gran cantidad de espectadores dentro del campo de juego. Empataban 1 a 1 (gol de Peucelle para River), cuando faltando más de cuarto de hora para cumplir el tiempo reglamentario, el partido debió suspenderse por falta de luz, consecuencia de la demora inicial.
La codiciada medalla seguía sin encontrar dueño.
El Superclásico (que todavía no se denominaba así) de la temporada enfrentó a los tradicionales adversarios en situaciones muy disímiles. Mientras el campeón de la temporada anterior había resignado puntos importantes y padecía la deserción de su goleador Pancho Varallo para la gran cita, River llegaba favorito e invicto. Sin embargo, el cuadro de la ribera rescató de visitante un empate en un gol. Bernabé, cuando no, marcó para los de la banda y prolongó la expectativa.
Recién al cierre de la primera rueda, se produjo el hecho inusual y sorprendente.
River cayó sin atenuantes ante Independiente, rival directo por el título, por ¡5 a 0!
El diario Crítica premió por partida doble: al arquero rojo, Sangiovanni, y a su par de Huracán, De Nicola. Entre semana, se había completado el tiempo del partido suspendido contra Huracán, sin registrarse variaciones en el marcador.
Tras una segunda rueda bastante irregular, River igualó en puntaje con Independiente, debiendo jugarse una final en cancha de San Lorenzo (el Viejo Gasómetro era el estadio más grande de su tiempo), donde se coronó campeón en un partido plagado de incidentes que culminó 3 a 0. El ganador abrió el marcador por intermedio de su jugador insignia, con un taponazo desde 40 metros, que venció la resistencia del antiguo premiado.
Ese año inolvidable de 1932, Bernabé terminó al tope de la tabla de goleadores, con 43 anotaciones.
La conmoción generada por su irrupción en los primeros planos se proyectó a la temporada siguiente, cuando todos los equipos aspiraron a reforzarse con delanteros de sus características, inaugurando la era de los “cañoneros”, pero ninguno logró arrimarse a la sensacional campaña del original.

Nace una estrella
Tras iniciarse en el Jorge Newbery de su ciudad natal, un paso por el club Pacífico, de Junín (trabajaba en la empresa del ferrocarril) y una frustrada prueba en Talleres de Escalada, desembarcó en Tigre. Fue cedido a préstamo para una gira con Huracán por Brasil y otra gira con Vélez por América. Entonces comenzó a hacer de las suyas. En un partido contra un equipo peruano, desmayó al arquero de un pelotazo. Cuando fue a visitarlo al hospital, escuchó una solicitud que sonaba a ruego: “Si nos volvemos a enfrentar, avise antes de patear”.
A la vuelta de la gira, se volvieron a ver las caras y Bernabé tuvo la deferencia de anticiparle el remate, pero igual convirtió el gol.
En otra ocasión, un árbitro le hizo repetir un penal cuatro veces y él le advirtió con sorna: “Siga, que puedo meterla adentro una semana entera”.
Llevaba cuatro fechas como titular en el equipo de Victoria que disputaba el primer campeonato profesional de la historia (1931), cuando le tocó enfrentar a San Lorenzo, en cancha de Boca. Tigre caía 2 a 0 y restaba escaso cuarto de hora para el pitazo final. Solo un milagro podía evitar la derrota, y ese milagro tomó forma humana. Con tres impactos demoledores (a los 75, 78 y 81 minutos), dio vuelta el marcador y consagró una actuación de antología.
A los siete meses de su debut en River, ya tenía un tango compuesto en su honor: “La fiera” (“En el foot-ball nacional se destaca un jugador/ de lo más fenomenal por ser un gran goleador”), grabado por la orquesta top de Francisco Canaro.
Celebridades y personajes históricos acudían a verlo. Una tarde, el presidente Agustín P. Justo se apersonó en el vestuario para saludarlo. En otra oportunidad, según una versión, jugando en Rosario, recibió otra visita inesperada. “Así que vos sos la fiera… Vine porque quería conocerte”, le dijo. “Maestro, la fiera es usted cuando canta”, replicó Bernabé a Carlos Gardel.
Aunque el hombre de tango que lo definió mejor fue su amigo Aníbal Troilo. Dijo el entrañable Pichuco: “Nunca va a haber otro Bernabé. Puede que haya habido mejores jugadores, pero ídolos como él, no habrá. ¡Mataba! ¡Asesinaba! Fue único. Gente que no había pisado nunca una cancha iba solamente para verlo a él. En un momento en que el fútbol estaba bastante bajo, lo levantó él solo”.
Secretos verdaderos
No impresionaba por su físico. Media 1,75 y su peso en estado era de 76 kilos. Más aun, era delgado de piernas y calzaba 40 de botines, confeccionados especialmente en fina cabritilla para sentir mejor el dominio del balón.
Cuando River jugaba de local, se preparaba una pelota con dos cámaras (eran épocas de pelota sin tiento), y se la remojaba en agua durante el día previo. Al momento del partido, era poco menos que un arma mortífera, que Bernabé empleaba con criterio y dirección. Pero nadie podía explicarse la fuerza descomunal de su remate, que descargaba por sorpresa después de superar en pique y velocidad a sus custodios.

La potencia y guapeza que exhibía encontraron dura prueba en el juego brusco de los defensores que buscaban frenarlo de cualquier manera. En ese fútbol de pierna fuerte, Bernabé nunca protestaba, y si lo hacía, era con un dejo de humor.
En una oportunidad, le pidió a un rival especialmente ensañado con él: “Viejo, por favor, repartí. Todas a mí no, che”.
En otra ocasión, se percató de que el zaguero que lo castigaba llevaba colgada una medalla de la virgen de Luján y lo increpó en broma: “Pegá si querés, pero por lo menos, sacate la medallita”.
Su única asignatura pendiente fue la selección nacional. Quedó afuera de la convocatoria para el Mundial de 1930 y jugó apenas un tiempo suplementario en el Sudamericano de 1937, que ganó la Argentina. En River, brilló hasta el primer bicampeonato conseguido en las temporadas 1936-37. Al año siguiente, convalesciente de una lesión a la que no prestó debida atención, jugó pocos partidos y en 1939, apenas dos.
Se retiró ostentando un insólito récord de más goles convertidos (202) que partidos jugados de manera profesional (197).
“El forward (delantero) debe tener ojos pegados al arco y estar atento a sus insiders (volantes ofensivos). Yo siempre pido rapidez porque cuando menos tiempo se pierde en una jugada, más probabilidad de éxito.”
Palabra de Bernabé.
Sentencia de goleador.
