El diario Crítica, precursor del periodismo de masas en la Argentina, mostró un interés recurrente por la mafia. Y lo hizo incluso mucho antes que varios de sus competidores. Las primeras alusiones se inscribían en el modo faccioso, típico del modelo periodístico decimonónico, que el vespertino tenía en sus inicios, de intervenir en el debate público. Como los memes, la sátira política vehiculizaba a través de dibujos, viñetas y caricaturas un doble sentido: hacia afuera, una crítica a la moral política de los opositores; hacia adentro, un mecanismo de identificación dentro del propio colectivo.
Nacido en Uruguay en 1888, Natalio Botana –su fundador– era miembro de una familia de origen gallego. Admirador de Garibaldi, estudió en un colegio jesuita y no llegó a recibirse de abogado. Arribó a Buenos Aires hacia 1911, donde fue cronista de El Diario, La Razón, Última Hora y PBT, que en 1908 había publicado una elocuente viñeta titulada “Maffia (sic) política”, protagonizada por dos hombres que se daban a la fuga luego de atacar a “Corrientes” y “Buenos Aires” por la espalda. También colaboró con la revista Sherlock Holmes, que ya en 1911 informaba sobre la mafia en Rosario.
Crítica fue uno de los primeros diarios que utilizó el retrato policial como prueba de “verdad” en el marco de un relato periodístico apoyado en el discurso médico-legal que buscaba las causas de la criminalidad en el rostro del delincuente. Cualquier similitud con el tratamiento de Pequeño J en los medios de comunicación actuales no puede ser interpretada como una mera coincidencia. Pero si en el siglo pasado los principales postulados de la criminología antropológica positivista eran aplicados solo a los delincuentes comunes para persuadir al lectorado sobre sus presuntos atributos (a)morales y (psico)patológicos –curiosamente los numerosos retratos de mafiosos que poblaban las páginas del diario durante sus primeras décadas de existencia quedaban afuera de la interpretación lombrosiana–, hoy la situación es otra. Sobre esta base se construye todavía la esencialización de la diferencia con un “otro”, que solo parece haber cambiado de nacionalidad.
De La Boca a Rosario
Hacia fines de la década de 1910, la publicación adoptó una línea editorial según la cual el origen de la mafia en la Argentina debía hallarse en el barrio porteño de La Boca a principios del siglo XX. Según se decía, la “sociedad onorata” era una asociación étnica y jerárquica que reunía en su seno a 529 meridionales de diversas regiones, estaba dotada de un reglamento propio y organizada en cinco rangos. La pertenencia a la asociación era tatuada en el pulso izquierdo y con cada ascenso se agregaba una nueva marca. Esta visión resulta adelantada para su época, ya que propone la idea de la mafia como una organización criminal, antes que mera expresión de un modo vetusto de entender la justicia.
En la década del 20, el entretenimiento de las noticias sobre crímenes mafiosos fue potenciado a través de la imagen, desbordando la crónica policial dentro de la exitosa, masiva y sensacionalista estrategia editorial que Crítica adoptó, para expandirse a otras secciones del diario, como la de espectáculos. Más recientemente, abundan los ejemplos de ese mismo desborde: desde Emilia y su “Novio gangsta” hasta la cumbia 420 de L-Gante, por no mencionar los sketchs humorísticos de Casero y Francella y un puñado de telenovelas de época. Otra de las innovaciones aludía al dominio de la escena informativa a partir de 1923 por titulares que tematizaban el accionar de la mafia italiana en Rosario, cuya identificación como la “Chicago argentina” sigue intacta.
Por entonces, comenzó también a observarse la proliferación de italianismos alusivos al campo semántico de la mafia. Basta darse una vuelta por la web para apreciar la cantidad de marcas comerciales, sobre todo en el rubro gastronómico, textil y de estética, asociados prevalentemente con el made in Italy, que extendieron hasta nuestros días la vigencia de dichos préstamos lexicales. Esta creciente identificación de la mafia como producto italiano, que presentaría rasgos distintos según el contexto en cuestión, fue mitigada, al menos en parte, por su incipiente reconocimiento como un actor social cuyo origen era también situado en otras culturas, tanto orientales como occidentales.
Si dentro de la economía visual del diario de Botana para visibilizar a la mafia, el lujo, el oro, el whisky y hasta el emblemático cigarro, inspirados en la figura de Alphonse “Al” Capone, permanecían, al menos hasta fines de la década del 20, completamente ausentes, los términos se invirtieron a partir de la consolidación de la denominada “narcocultura” en las últimas décadas. Si la figura del mafioso pobre y de origen rural debió convivir desde el inicio con la imagen de un actor urbano que, a pesar de presentar un aspecto más sofisticado, carecía del brillo propio de los modelos cinematográficos, el narco encandila precisamente por la capacidad de consumo que ostenta.
Mafia y poder
La imagen secular del mafioso con ocasionales conexiones con el poder, impulsado por valores culturales atávicos, como la venganza, cedió inexorablemente ante la exacerbación del afán de lucro, que otrora se imaginaba, acaso ingenuamente, ajeno al mercado local de estupefacientes. Reforzada visualmente mediante la yuxtaposición –azarosa– de íconos de la violencia y del progreso, la virilidad del mafioso no parece haber sido objeto de grandes mutaciones, aunque el juego y la cantina como ámbitos sociales de pertenencia hayan sido resignificados. A diferencia de la inoxidable imaginación de la mafia como un dominio exclusivamente masculino, dentro del relato mafioso de Crítica ya se contaban algunas mujeres, generalmente cómplices, movidas por la lealtad, declinada familiarmente, y/o el deseo de superar una situación socioeconómica desfavorable.
En un clima enrarecido por la conspiración, la censura y el fraude, el argumento de la mafia volvió a configurarse como arma política a principios de los años 30. Pero a diferencia de décadas anteriores, su denuncia no fue proyectada solo sobre los adversarios políticos, sino también sobre la otredad religiosa. En el marco de la creciente preocupación por la pureza de la lengua, en la grafía etimológica persistía cierta actitud de extrañeza frente al fenómeno mafioso, concebido como ajeno a la nación. Todavía hay quien sostiene que en la Argentina la mafia nunca existió. Idéntica actitud era reconocible en la deportación, reclamada dicho sea de paso por un órgano informativo de propiedad de un extranjero, como solución. Solo el hecho de que las víctimas de los crímenes atribuidos a la mafia fueran cada vez con mayor frecuencia miembros de las clases dirigentes locales echó definitivamente por tierra la idea de la mafia como una cuestión “entre italianos”.
La evolución de los titulares de Crítica sobre la mafia en las primeras décadas del siglo XX da cuenta de los intereses políticos, comerciales y étnicos en pugna que la incipiente configuración de un discurso periodístico local sobre la criminalidad organizada de tipo mafioso puso en juego. ¿Quién dijo que el pasado no tiene nada para decir sobre el presente?
