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Caras y Caretas

           

Ramón Ayala, el poeta del Litoral

El creador del gualambao, que supo describir las condiciones de vida de los trabajadores rurales del litoral argentino, falleció a los 96 años.

“Algo se mueve en el fondo del Chaco Boreal/ Sombras de bueyes y carro buscando el confín/ Lenta mortaja de luna sobre el cachapé/ Muerto el gigante del monte en su viaje final.” Por el espeso túnel vegetal del monte chaqueño avanzan en silencio cachapé y cachapecero cargando el quebracho, el árbol muerto, el “abuelo centenario”.

Entre las hojas y el sol brutal de la mañana, el cachapecero va alcanzando la picada para que el tronco descienda vertiginoso por la barranca y caiga al río. Allí lo espera el jangadero, que “enlaza el árbol, como se enlaza a un caballo, para que no se le escape con la correntada y van haciendo la jangada que es un vehículo fluvial con el que llevan los árboles a los grandes aserraderos y las grandes factorías de Rosario, de Buenos Aires”.

El poeta que convirtió los funerales del quebracho en un ballet de cuerpos bañados de sudor es Ramón Ayala, poeta mayor del Litoral, que murió el pasado fin de semana a los más jóvenes 96 años que esta cronista haya conocido.

Ayala había nacido en 1927, en un pueblito de Misiones, Guarupá, frente al río Paraná, flanqueado de selva, yerbatales y las leyendas que poblaban de espíritus buenos y malos las siestas de los niños: el Yasy-Yateré, el Pombero, el Karai-Pyhare. Fue el mayor de los cinco hijos del cónsul argentino en San Borja, Brasil, todos iniciados en el arte de la música por una madre culta, compositora y guitarrera.

Todavía un niño, Ayala fue el último que vio vivo a su padre en el hospital Madariaga –”un hospital lindo para morir”. Allí sintió “por última vez el beso vacilante de mi padre, antes de sumergirse en la sombra eterna”. La madre, que apenas cumplía los 30 años, se quedó sin casa y sin recursos. Un tiempo les
prestaron una, que estaba embrujada. Y la vida se llenó de luces y llamitas misteriosas por la noche, de susurros y duendes, contó Ayala. Al final, la familia se mudó a Buenos Aires y Ayala fue un niño trabajador que vivía en un conventillo del Dock Sud, detrás de la Isla Maciel. Con sus primeros pesos, se compró la primera guitarra. Dijo Ayala: “La guitarra fue, entonces, la alfombra mágica”.

Ayala se fue convirtiendo en un músico con el cuerpo tatuado para siempre de selva, soles, ríos y hombres laboriosos. Toda la magnífica obra de Ayala –poeta, escritor, artista plástico, músico e intérprete– está impregnada de la sensualidad de la vegetación misionera, la tierra colorada, los sonidos del monte chaqueño, el implacable sol, el agua, el agua, el agua, el aullido de los yaguareté, los pájaros cantores, el lloro del urutaú, los grandes peces del río, el sol ardiente. Rojo toro, gritará para nombrar la
tierra colorada. “Yo empleo el color hasta en la palabra: verde gris. Verde brillante, rojo toro, sangre adelante, camino y selva”, explica.

En 1958 creó el gualambao, “un ritmo que tenía sinuosidad de río, movimiento del viento por las lomas, el andar balanceado de los hombres, el vuelo de las garzas sobre la selva, el entrar y salir del remo en el agua, el misterio en la maraca y sus sonoridades”.

Enmarcado por esas sonoridades y esos colores rotundos, Ayala les va a cantar al primer amor, a la soledad, a los colores del amanecer. Pero sobre todo va a ser el implacable narrador de las condiciones en las que viven quienes habitan el Litoral. En el centro de ese paisaje deslumbrante, los mil oficios de los
trabajadores. Porque el eje, dirá, siempre es el hombre. Y el hombre, para Ayala, es el hombre trabajador.

Canciones para el trabajador

Tal vez su canción más conocida, de 1957, es “El mensú”, que cuenta las tristezas de los obreros casi esclavos de los yerbatales misioneros: “Neike, neike, neike, el grito del capanga va resonando/ ¡Neike! ¡Neike!/ Fantasma de la noche que no acabó./ Noche mala que camina hacia el alba de la esperanza,/ día bueno que forjarán los hombres de corazón”. En un festival de la canción de protesta en La Habana, el mismísimo Che Guevara le dijo a Ayala que la cantaba en los fogones de Sierra Maestra.

Describe con la exageración, el grandilocuente barroquismo tropical del habla litoraleña, la potencia de la naturaleza. Admira los capullos blancos del algodón pero su poesía denuncia que “el alba pesa en el cuerpo del cosechero dormido/ Y el algodón de sus sueños le va tejiendo el destino”.

Se deslumbra con el mar verde de los yerbatales pero su héroe es el mensú martirizado por los capataces que espera huir y esconderse en la inmensidad de la selva “para descansar y en tus hojas frescas encontrar la miel que mitigue el surco del látigo cruel”.

“A veces digo la puta cuando me acogota el yugo y se desata el rencor/ Otros se toman el jugo/ Yo me tomo mi sudor”, canta Pilincho Pernera, el muchacho de los naranjales que fue “hijo de un arroyo y mi mamá fue una estrella”.

La tierra, el agua, los animales son el refugio de los trabajadores. El soberbio dorado que ilumina con sus saltos la superficie del río va a ser “el pan del agua” que brinda a los pescadores “su amigo, el río Paraná”. “Pescador del río bravo/ Canoero, canoero/ Nacido entre los sauzales/ A orillitas del Paraná/ Tomador de mate amargo/ A la lumbre del lucero/ Hace noche sobre el agua/ Y defiende su libertad”. Una y otra vez, el Paraná.

Canoeros, pescadores, hacheros, cachapeceros, jangaderos, mensúes, los mil oficios de los obreros del Litoral, curtidos por el sol y el trabajo, están en su canto. Ayala escribió en versos inolvidables el paisaje glorioso del Litoral, pero para él no hay paisaje más conmocionante que el de los hombres que trabajan.

“Habría que hacer una canción que refleje el trabajador de Misiones. Cómo es posible que el mensú no haya tenido una canción, cuando era la explotación feroz del hombre. Hasta que vinimos nosotros y la hicimos. Mejor que no la hayan tenido, porque nos dieron la oportunidad de mostrar, con una mirada y
un latido especial ese drama del hombre”, dirá décadas después en un documental multipremiado que realizó Marcos López.

Cuando ya había compuesto unas trescientas canciones, muchas de ellas parte indisoluble del cancionero popular, Ayala decidió convertirse en intérprete de su propia obra. En 2009 subió por primera vez al escenario de Cosquín. “No he estado nunca en protagonista en primerísimo plano en ese breve tiempo del Festival. Y ahora se van a dar cuenta de que Ramón Ayala es ese hombre que tiene voz, que tiene rostro, que tiene alma, que tiene sueños, que aparece de pronto ante el gran público del mundo”, explicó.

En agosto de 2013, la Universidad Nacional de Misiones le otorgó el título de Doctor Honoris Causa. “He sido toda mi vida un sacerdote misionero, he oficiado la misa misionera todos los días de mi vida, creciendo en los oficios para no ser un turista jamás, ni de la vida, ni del amor”, dijo.

En septiembre, Ayala anunció que se lanzaría la versión digital del primer disco solista que grabó, en 1960: La vuelta de Ramón Ayala El Mensú. “Su versión original fue editada en vinilo cuando regresé de un largo viaje por Europa, Asia y África. Puedo decir con admiración que conocí el mundo a caballo de mis
canciones, dibujos y escritos. El pasado ha sido fascinante, los recuerdos de tantas historias están contados en mis libros, pero yo, como la música, resueno siempre en el instante sagrado del presente”.

El “instante sagrado del presente” vibra en su obra y en la memoria de un pueblo que se apropió de sus canciones, antes de saber siquiera quién las había escrito.

Escrito por
Olga Viglieca
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