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Caras y Caretas

           

“María Elena fue una gran pionera”

Escritora, traductora y docente, Gabriela Massuh fue también amiga de Walsh. A comienzos de los años 80, ambas mantuvieron una larga serie de conversaciones que se convirtieron en un hermoso libro, donde permanece la voz de la artista.

Gabriela Massuh conoció a María Elena Walsh en una cena que su padre, entonces embajador en París, organizó en “la residencia” de la rue Presbourg. Ya la conocía por su obra: al escucharla por primera vez, escribió años más tarde, sintió que “era la argentinidad lo que estaba allí”. Luego de ese encuentro –del que participaron Sara Facio, María Herminia Avellaneda, Susana Rinaldi, Pepe Fernández, Alicia Dujovne, Marcela Tinayre e Ignacio Viale–, Gabriela quedó deslumbrada. Sabía que María Elena se alojaba con Sara en el Hotel Saint Sulpice, de modo que decidió salir a buscarla, a forzar un encuentro “casual”. “Era como un amor adolescente, alguien que estaba fascinado por un personaje y va a rastrear aunque sea el humo que dejó atrás”, recuerda Massuh en conversación con Caras y Caretas. Finalmente no la encontró, pero a los pocos días recibió un llamado: “¿No querés que demos un paseíto, nena?”. Era María Elena.

Así comenzó una relación marcada por el amor y la literatura. A mediados de 1981, luego de que Gabriela volviera de Europa, le propuso hacer una serie de entrevistas para un libro. El inicio de esas conversaciones coincidió con el diagnóstico de cáncer de María Elena. Las charlas se extendieron durante un par de años y contribuyeron a una recuperación que ningún médico auspiciaba.
“Había, evidentemente, una necesidad de legado. Me había dado un montón de manuscritos que no se publicaron, que conformaban su obra completa. Ella sintió ganas de mostrarse. Evidentemente había, por un lado, una sensación de algo que se terminaba y, por otro, la enorme alegría y generosidad brutal con la que manejó la situación. La intimidad daba algo confesional, eso fue muy lindo”, cuenta Gabriela. El libro se publicó en 2017, seis años después de la muerte de María Elena, con el título Nací para ser breve. Es un texto bellísimo, escrito con una sensibilidad y un amor que solo se logra a partir de vínculos como el que tuvieron.

–Antes de conocer personalmente a María Elena, en el libro dice que al escucharla sintió que era “la argentinidad lo que estaba allí”. ¿Qué argentinidad veía en ella?

–Nací en Tucumán, pasé unos años de chica en Córdoba, después me llevaron a Alemania. Siempre viví con un pie en otro lado, ya fuera durante la infancia en la casa de mis abuelos en Santiago del Estero o Tucumán, ya fuera en Córdoba. Siempre fui, además, muy sensible al paisaje, y Buenos Aires me repelía. Después estuve en Alemania haciendo mi doctorado sobre Borges, y recibí dos o tres puestos para quedarme allá. Al principio había aceptado, pero me dio una especie de burnout, que era el rechazo de mi cuerpo a quedarme. Tampoco quería volver porque en la Argentina gobernaba la dictadura, por otra parte, algo paradójico porque mi padre era embajador de esa dictadura. María Elena con sus canciones tocaba un lenguaje muy íntimo, un lenguaje de infancia, de juego. También adoraba el norte, de donde yo venía. Con ella pude compartir escenas infantiles. Toda escena infantil es en el fondo una escena agraria, es la escena de un pueblo: estás con gallinas, chicos, alambrados. Esa era mi infancia, ella lo entendía y lo expresaba. Y eso me hizo echar raíces. Por eso se la extraña, hay poca gente ahora que exprese eso. Hay mucha destrucción de lo natural, del suelo argentino, de las plazas, mutilación de árboles, destrucción de los barrios. Todo eso nos está quitando raíz. Y eso es lo que me falta.


–¿Cómo era María Elena en sus relaciones? En su libro en algún momento habla del vínculo con Sara como “ese amor que no se desgasta, sino que se transforma en perfecta compañía”.

–Pasamos varios veranos juntas, íbamos a la quinta que tenían mis padres o yo la visitaba. Pero ella necesitaba a Sara porque estuvo realmente muy mal de salud. El primer diagnóstico era que había que amputarle la pierna. Después fue una pelea de ella con ayuda de Sara y amigas. La relación de amparo la tenía con Sara, obviamente. Todo lo que puede tener una buena relación lo
tenían: amor maternal, filial. Ella tenía amores que eran muy sólidos y amores de los cuales no quería oír hablar nunca más. Pero los sólidos los mantenía siempre.


–¿La idea del libro la tuvieron cuando ya estaba enferma?


–En 1982, María Elena tenía 52 años y sentía que le hacía falta como un retomar: necesitaba volver atrás. Yo había vuelto de Alemania, había hecho mi doctorado, y le contaba mucho de mi trabajo sobre Borges y sobre Proust, sobre el auto sacramental. Había una forma nuestra de hablar sobre la literatura que era muy íntima: cuando conversábamos de Proust o de Nabokov aparecían las mismas conmociones. Era infernal lo que sabía esa mujer, lo que había leído y lo que había gozado, además de todo su bagaje folklórico. Cuando terminamos las entrevistas yo tenía treinta años. Sentía que lo que había hecho no estaba a la altura de ella, de semejante personaje. La idealizaba muchísimo. Era Maradona, Messi, alguien que me había sellado toda la infancia con
las canciones, después con sus poemas, su teatro, su televisión y sus canciones para adultos. Sentía que no iba a poder transmitir lo que era ella y le di el texto para que lo mirara. Ella era muy parca en las respuestas, y me dijo “está muy bien”. Pero yo, que siempre me tiro a matar, y más en esa época, lo dejé por esa especie de complejo. María Elena murió en 2011. Entonces empecé a decirme “tendría que publicar el libro”. Lo leí y vi los garabatos de ella corrigiendo cositas mínimas. Entonces pensé: “Lo aceptó totalmente”.

–¿Qué le pasó cuando volvió a leer el texto tantos años después?

–Me sorprendió muchísimo lo que le saqué, lo que pude expresar. Se nota una enorme generosidad de ella, que solía tener mucho resquemor con los reportajes. Pero el hecho de volver de ese modo a su infancia, a sus miedos, a su pubertad, a su adolescencia, a su viaje a Francia y su estadía en París es muestra de ello. Después me di cuenta de todo lo que había vertido, logré lo que me había propuesto, que en el momento no había advertido: mostrar cómo y por qué una persona, una artista como ella, puede ejercer tantos oficios distintos y tan bien.


–¿La enfermedad tuvo que ver con sus ganas de hacer el libro?

–Antes de que se le encontrara el cáncer, le preguntaba mucho a ella, era como una avispa, todo el tiempo queriendo saber cosas de
su vida. Eso de alguna manera la estimuló. Le propuse hacer un reportaje y me dijo que sí. Después se le declaró el cáncer muy
rápido. Yo recién había llegado de Europa, haría tres meses. Habíamos ido a San Antonio de Areco, salíamos mucho, pero el cáncer bloqueó toda salida. Las épocas del tratamiento, del “acelerador lineal”, después la quimioterapia, la tuvieron encerrada. Todos los días salía de trabajar e iba a su casa, charlábamos ratos largos, hasta que un día le pregunté: “¿Vamos a hacer ese libro?”. De entrada se negó, pero al mes me lo confirmó: “Vamos a hacer ese libro”. Y fue genial porque se lo tomó en serio.

–¿Fue difícil el momento de hacer las preguntas, de ponerse en el lugar de entrevistadora?

–Había mucha confianza. Si me quedaba sin respuesta con algo, insistía porque sabía dónde quería ir. Cada vez que prendía el grabador se hacía una distancia: nos convertíamos en algo mucho más profesional. Podían ser entrevistas de veinte minutos o de dos horas, según cómo se sintiera, pero en ese momento ella se concentraba. Hablaba como escribía, el reportaje es u voz, no cambié nada. El lenguaje está muy cuidado porque ella cuidaba mucho el lenguaje en su forma de hablar. Hacia el final de las entrevistas fue la elección de Raúl Alfonsín, que fue una apertura muy importante, una época muy liberadora y coincidió exactamente con su recuperación. Ella fue a votar con los bastones. Salió del cascarón con la votación, en octubre.

–¿Cómo era la escucha de ella en relación con los distintos lenguajes, por ejemplo, el lenguaje empresarial?

–Ella se reía mucho de eso. Lo hizo en su época con “Los ejecutivos”: “La sartén por el mango y el mango también”. Eso era muy de la época, de los años 60 y 70. Creo que ella hubiera aceptado el lenguaje inclusivo. Se habría reído, pero con ternura. No habría adoptado la actitud de Beatriz Sarlo, por ejemplo. Habría jugado muchísimo con el lenguaje inclusivo, estaría en su salsa. Nos
habríamos muerto de risa.

–¿Qué importancia tenía para ella el feminismo?

–Ella tuvo una formación feminista absolutamente clásica. Leía muchísimo a Simone de Beauvoir, que para ella era la Biblia, también a Doris Lessing, a María Luisa Bemberg, todas en algún sentido pioneras del feminismo. Para María Elena fue una especie de descubrimiento de la prepotencia machista en muchos lugares, que no estaba tan claro en la época. En la Argentina, María Elena fue una gran pionera, y no se la reconoce como tal porque el feminismo dio varias vueltas y ahora se renovó radicalmente. Escribió muchas canciones que son cantos feministas. La “Canción de caminantes”: “Si por delicadeza perdí mi vida, quiero ganar la tuya por decidida”, está dirigiéndose a una mujer genérica; o “Dame la mano y vamos ya”; lo mismo “La cigarra”: estuve bajo la tierra porque me oprimieron los hombres. Toda su vida está guardada con eso, pero con mucha cautela y delicadeza.

Escrito por
Juan Funes
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