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Caras y Caretas

           

El destino de las palabras

Ilustración: Emiliano Raspante
Ilustración: Emiliano Raspante

En Jorge Luis Borges hay un desprecio por lo gauchesco que solo puede explicarse en el amor. Como Sarmiento con su Facundo, en su obra hay un doble sentimiento con el trágico final del Martín Fierro.

Jorge Luis Borges solía llegar a las cosas luego de atravesar los libros en el silencio de una biblioteca. Es en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)” cuando se entrega a dilucidar la historia de un hombre que percibe la revelación de su ser y su destino al asistir al encuentro con otro hombre. El 12 de julio de 1870 por la noche, Cruz va a cruzarse con el prófugo, y es ahí donde se revela su destino. El asesino sale de su escondite rodeado por los hombres de Cruz. Está dispuesto a dar su vida y pelear porque no va a entregarse, pero en ese instante, Cruz entiende que allí se le revela su propio destino. Su deber, colige, no es capturar al asesino porque ocurre un imprevisto, descubre que el hombre que va a capturar o matar es él mismo. Por eso, se arranca el uniforme y grita que no va a aceptar que se mate a un valiente, y cambia todo, pasa al lado del desertor porque ha visto en su cara la misma máscara con que sobrelleva la vida. Borges lo narrará de este modo: “Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro”.

EL LIBRO PROHIBIDO

Borges había leído el Martín Fierro a hurtadillas porque, en cierto modo, algunas lecturas lo obligaron a “desertar” para acudir a su curiosidad sin límites. Como él mismo lo contó en algunos relatos autobiográficos, Leonor Acevedo, su madre, le prohibía leerlo sin más. “El sentir de mi madre se basaba en el hecho de que Hernández había sido un partidario de Rosas, y por lo tanto, enemigo de nuestros ancestros unitarios.” Su abuelo, el uruguayo (colorado, no oriental, muerto en la batalla de “La Verde” el 26 de noviembre de 1874) Francisco Isidro Borges Lafinur, sintetizaba ese rechazo. Y su lectura fue, en cierto modo, un encuentro consigo mismo como si hubiese descubierto su rostro en aquello que parecía ser su lado antagónico, y lo sería al menos a la hora de acudir a la palabra como lugar de una contienda.

En El último lector, Ricardo Piglia sostiene que en la obra de Borges existe un lector creado por su imaginería, que alcanza a hallar y completar los lugares oscuros o de escasa visibilidad. Y apela a un sentimiento que lo hace libre, con lo cual abre campos de ideas en la literatura, de tal manera que podría afirmarse que allí se asienta el concepto de intertextualidad. Todo escritor debe saber desde sus primeros pasos que el universo de sus búsquedas estará siempre sobrecargado de palabras ajenas y sentidos esquivos, ante los cuales deberá actuar al modo de un falso domador que puede arribar a la confusión o la revelación.

El nombre del desertor al que alude Borges es Martín Fierro, y remite al protagonista de la obra histórica de José Hernández como si en la literatura pudiera reproducirse ese giro que lleva a que un hombre se reconozca en otro, cara a cara, en un registro del destino. Julia Kristeva escribió que “todo texto se construye como mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto”, en un juego permanente que hace al conjunto de la acción literaria, y en eso estaría dada la universalidad de Borges, que urde su decir, escribir, en un ejercicio permanente de reescritura, como camino de acción y transformación de la palabra. Y en ello hay un fenómeno que acaso lo une a Sarmiento, que, en su rencor hacia el gaucho, va a encontrar su rostro en un Borges que, en su rechazo relativo al gaucho, parece expresar un raro fenómeno, por momentos inexplicable, y que consiste en amar lo que se odia. O, al menos, aquello que se repudia. Y se busca texto sobre texto, una y otra vez, el instante cuando estalla el suceso que expresa al destino, que se define en un rostro a descubrir en el propio en un desandar la existencia y sobrelleva encuentros inesperados pero inevitables. Y en eso reside una capacidad de sorpresa que el escritor puede retratar, y como no le pertenece, tanto como otras literaturas o su ejercicio, puede ser capaz de repetir bajo otros influjos y otros derroteros para hacer de ella una expresión del mundo imposible de no percibir, sobre el estrecho espacio de una biblioteca que al callar expone acaso su propia versión de los sucesos.

También es posible ensayar que un texto, como reescritura en movimiento, sea también la negación del anterior. Borges era un artesano en la construcción laboriosa de su oficio que al trazar la silueta oscura de una palabra rezagaba a la previa porque construir un mundo precisa de esa aptitud, dado que a cada acción le cabe esa negación. Su Cruz era reescritura del que recreó Hernández, y su sustitución por el de Borges aportaría ese encuentro de máscaras que llevaba al hallazgo del destino de un hombre.

¿Se podrá decir entonces que ante el Martín Fierro (que lo acechaba desde sus años juveniles), Borges se hizo persona en ese vínculo con un otro que fue el libro, en una rara amalgama de vivencias humanas y literarias que por momentos se confundían, como que “Borges y el otro” pudieran ser también él mismo y su sombra en un inexplicable encuentro detrás de las ánimas? Alguien dirá, no sin razón, que para dar con ese punto en común es necesario el amor. Borges, como Cruz, pudo haber sentido ese llamado a la hora de encontrar a su otro, aunque el odio se cruzara en su camino, en un lugar innominado y olvidable.

Escrito por
Alejandro Tarruella
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